Está K que se lo lleva el viento, cualquier viento de cualquier parte. El caso es que de repente y sin previo aviso, con la alevosía necesaria para estos casos, se han acordado de él como máquina multitareas que sirve tanto para un cosido como para un descosido.
Lo anterior lo trae a mal traer; o sea, que lo imbuye de un nervio subido que bebe de los malos aires de las ocupaciones que destrozan la retina y convierten la piel en un agujero verde oscuro que algunos llaman palidez nerviosa.
¿Cómo resistirá aquella avalancha que le va llenando la mesa de más y más miserias de arbolitos de Navidad sin adornos?, ¡más pelados que nada! La última expresión le gusta mucho; pues le permite comprender, de alguna forma imprecisa, las tribulaciones ocupacionales que tanta desazón le producen, y que en una de esas le llevarán al síncope.
Mira a su mujer, que tan tranquila parece y que, sin embargo, le dice que está en el ácido. Lanza un grito agudo que estalla la lámpara del comedor y las copas de champán del aparador, permaneciendo el cristal del mismo, incomprensiblemente, intacto. Misterios de la voz de M.
Lleva varias horas en el ordenador y aún le quedan otras cuantas. Debe seguir rellenando informes en sistemas de cuadrícula múltiple, buscar papeles y más papeles para acumularlos “ordenadamente” en carpetas de color azul cielo nublado, que nomás verlas se convierten en sus ojos en rayos y centellas carbonizantes.
¡A qué quejarse!, como dice M: “¡Mejor te ocupas que te preocupas!” Frase solemne y absolutoria que se convierte en carne propia a flor de piel, piel sudorosa y fría apesadumbrada por la fatiga.
Se está dispersando, cualquier excusa es buena para no atender a lo que hacen sus dedos, que mecánicamente teclean cualquier frase del pasado que ya no tiene presente, ha quedado como girón lejano y roto. “¡A qué volver, entonces, a ella como número cuando ha sido ilusión!”, se dice.
Cuenta, ya pasan de 100 y siguen. Se juntan las de ayer y las de anteayer, las de hoy y las de mañana. Se unen todas componiendo un caos fenomenal que le produce dolor de cabeza. Mira por la ventana y se tranquiliza, se tranquiliza y pasea por la habitación con pasos largos y contados.
Las miradas miden las imaginadas imágenes del cuadro de M colgado en el dormitorio vecino. La mesa llena de papeles de colores es una llamada de sirena. Las manos flojas descorren las cortinas, los rayos débiles del Sol entran por la ventana. La luz mortecina de la lámpara blanquea el escritorio.
Respira, le duele. Trabaja. “Uno, dos, tres…”, cuenta y clasifica; mide y sombrea de amarillo una fecha y un lugar, es decir, un pasado desechable. M, gentil, lo llama a comer. La mañana, entonces, ha pasado a vuelapluma, ignota en una duda paralizante que ronronea y araña. Comen en silencio y sin mirarse, demasiado deprisa y distanciados.
K, de nuevo, frente al ordenado desorden que lo condena. Aún quedan muchas horas, muchos días, muchos años para levantarse del duelo que lo acongoja. Se toma el pulso, está acelerado. El marcador entre los dedos sigue con su tarea. Otra fecha, otro lugar, otra desmemoria encerrada en el calabozo de la sombra amarilla.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.