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vigilaba el no sueño de M desde su propio sueño, que era como una vigilia dormida pero anhelante. La verdad es que siempre soñaba con ella y que en ese trance su relación era perfecta, sin mácula alguna que enturbiara su felicidad.
Variaban las imágenes y las sensaciones. A veces su mujer estaba en la playa, debajo de un cocotero, con los pies desnudos jugando con la arena y mirando a un mar más que azul; otras estaba jugando con el agua de una fuente que lucía plateada bajo un cielo oscuro con Luna.
Hoy el sueño era distinto a los anteriores y también más real. M pastoreaba inquieta un dormir que no llegaba y que él sentía en las vueltas y revueltas, en el sentido de las agujas del reloj, que su mujer daba en la cama; encogiéndose y recogiéndose una y otra vez, tan próxima y lejana a él en aquel tiempo de ignorancias mutuas.
Observaba como se doblaba la columna hasta quedar sentada en un movimiento rápido y preciso. Ella respiraba profundamente antes de encajarse las zapatillas en los pies y dar dos pasos, alzaba las manos y recogía una manta de la silla, se envolvía con ella los hombros y la espalda.
K sentía su frío y veía claramente: su figura amada en el balcón sentada en una silla y mirando el cielo negro cubierto por nubes espesas, las luces de la ciudad que apenas se entreveían a lo lejos, al fondo de lo que podía ser un cuadro; el temblor de su cuerpo mientras su espíritu ardía en las llamas del descubrimiento.
Veía con los ojos de ella la estrella solitaria que aparecía por un instante en un horizonte impreciso recién abierto y a punto de cerrarse. Estaba en el pensamiento de M, en las palabras propias que ella se decía sobre su ojo, el ojo de la estrella y el Universo de años luz que las identificaban recíprocamente.
Le dolió enterarse de que pensara que él podía ser ajeno a aquella poesía recién inventada, pero sobre todo lo que le produjo más daño fue que lo excluyera de su oración, que se la guardara para ella como un territorio propio que solo podían ollar sus pies descalzos.
¿Hasta qué punto el aprendizaje recién adquirido de la conformación de M le llevaba a su propio ser? Era algo que no sabía explicarse muy bien y que lejos de calmarlo lo ponía extremadamente nervioso, a pesar de que sabía de la esterilidad de dar respuesta a semejante interrogante.
Su exterioridad racional es la que había dado lugar a que su esposa lo hubiera apartado de aquel juego de miradas-espejo con la estrella que en aquellos instantes conformaba un todo con ella misma y su posibilidad de existencia, la de él también.
El sueño de K se prolongaba en tiempo real y sucedía física y mentalmente tal cual era en realidad para M, quien desde su mirador miraba el cielo encapotado a punto de estallar en una tormenta de aguas gruesas y turbias.
La nube tapaba la estrella y él sentía el dolor de su mujer en su propio cuerpo y mente. Desaparecía el astro pero quedaba su influjo, que en forma permanente decidiría, sin ser ellos conscientes, algunos de los términos más importantes de su relación.
El rayo deslumbró los ojos cerrados de K, el trueno retumbó en sus oídos como una amenaza de tiempos remostos. Despertó sin memoria y temblando, no de frío sino de miedo. Sus ojos se acostumbraron poco a poco a la oscuridad y al sonido de la lluvia que empezaba a caer. Todavía aturdido por el sueño se puso las zapatillas y caminó hasta el balcón.
M estaba de espaldas y esperando. Sus pasos se confundieron con el agua que caía con fuerza formando burbujas en el suelo. La abrazó y acarició su cabello mientras se mojaban. Eran felices.
El amanecer los agarró conformando una figura que cualquier escultor hubiese querido esculpir como símbolo del amor; que cualquier pintor hubiese retratado para enseñar ese sentimiento a los observadores de un cuadro, que resultaría ser emblemático del romanticismo.
No sería hasta muchos años después que se darían cuenta de que aquel momento mágico e irrepetible había sido un parteaguas en sus vidas. Aunque cabe decir que K siempre lo tomó como un sueño, hermoso sí pero perteneciente a lo onírico.
¿Qué quedaba, pues?, quedaba el abrazo, la caricia, el beso, la oración compartida, la mirada en la mirada, en la mirada, en la mirada…

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.