La BBC y la MSN han dejado de existir. Con la cesión de Gareth Bale al Tottenham y la marcha de Luis Suárez al Atlético de Madrid, solo Leo Messi y Karim Benzema mantienen vivo el recuerdo de dos frentes antagónicos que aportaron casi mil goles a sus respectivos clubes.

Cristiano Ronaldo, Bale y Benzema tuvieron más tiempo para conocerse, pero la sinergia entre Messi, Suárez y Neymar Jr fue casi instantánea. Los blancos jugaron 293 partidos juntos y anotaron 442 dianas, mientras que los blaugranas coincidieron en el campo en 181 ocasiones y mandaron el balón a las redes 519 veces.

Obviando la titánica influencia de Leo y CR7, la presencia de los elementos restantes compenetró los sistemas de cada club a la perfección. El despegue de Bale por la banda derecha y el dinamismo del francés en el centro del ataque promovían un juego a contragolpe letal y fugaz. Del otro lado, el sacrificio de Lucho y la creatividad del brasileño propiciaban un juego de posesión y ofensiva en bloque.

Con solo mencionar las cifras podría pensarse que esos seis gladiadores merecerían un trato privilegiado que los pondría a la altura de los semidioses. Pero no es así. Todos ellos han recibido espaldarazos por parte de sus equipos, lo que evidencia la fragilidad institucional propia del poder oligárquico, especialmente cuando este es codiciado tanto por jugadores como por directivos.

Bale fue el más rebelde. Abnegado a jugar, autoexiliado en campos de golf y forzando su salida por meses, el británico respondió con anarquía al entorno que le recriminó la baja de juego y las lesiones. Igual de excéntrico, Neymar se divorció del Barcelona e insinuó su regreso una y otra vez desde París; eso sí, con demanda millonaria de por medio.

Ya en condición de leyendas, ni Ronaldo ni Suárez se despidieron como tal. Sus respectivas salidas, lejos de celebrar una brillante trayectoria, culminaron en eventos frívolos para la prensa morbosa.

Los dos restantes no han sido sujetos del indulto. Karim fue el hombre gol de la temporada pasada, pero también fue abucheado en múltiples ocasiones por su gente, tanto en Francia como en Madrid. Y ni hablar de la tensión entre Messi y la directiva barcelonista… Nadie tiene comprado su boleto al paraíso futbolístico, ni siquiera estos superhombres. Los clubes españoles han sacrificado la ética por la institucionalidad y han perdido mucho más que plusvalía en el ingrato mercado de piernas: han transformado a sus leyendas en perfectos desconocidos.

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