Alessandra Grácio**

1 –¿Algún día voy a conocer todas las calles como tú?– –No conozco todas… Pero tú conocerás más calles que yo.

– –¿En serio?– –Claro.

– –¿Cómo lo sabes?– –Así nomás.

– Un guiño. El guiño. El que te dedicaba al mismo tiempo en que abría “la sonrisa más blanca del planeta”. Cada que decía “así nomás” te hacía ese gesto y sabías que todo estaba bien. La vida tenía los colores de los crayones que usabas en tus dibujos de la escuela. Tu mundo era posible gracias a ese guiño. Mariposas gigantes y rosas, el Sol sonriente, un arcoíris de juguete. Una casita roja y amarilla. En la ventana, mamá y él. En los columpios que colgaban chuecos del árbol de hojas moradas, tú y Elisa. Ustedes cuatro vivían risueños en esa hoja y en muchas otras.

Suspiras. Debes abrir los ojos. No quieres.

2 –¡Estoy harta!– Así te recibe Elisa: con ojos de bestia, exhalando su última burbuja de paciencia que explota solemne en el aire después de describir una trayectoria de su boca al espacio que la separa de ti. –¡Te lo dije!– Vuelves a cerrar los ojos. Ahí está él otra vez. La sonrisa, las palabras y los parpadeos te saludan en cámara lenta. El recuerdo se te atora en la garganta y te lo pasas sin agua. Abres los ojos y ahí sigue “tu Elisa”, la mayor. La que se fue de casa a los 20 porque encontró al “amor verdadero” en la butaca de al lado del curso de inglés. Tú le creíste y por un tiempo incluso fantaseaste con una historia parecida. Mamá se había ido al cielo un año atrás y en ese entonces Elisa tenía 19. Tú, 10. Te acuerdas bien de ese día porque papá fue por ti a la escuela antes del horario de la salida. Te llevaron a dirección y allí estaba él. Por primera vez viste los faroles que alumbraban tu mundo cubiertos por un vidrio tembloroso. Se subieron a un taxi rumbo al hospital donde mamá llevaba ya dos meses desde que empezó a toser todo el tiempo. Te tomó la mano. No le preguntaste nada, ahora sí. Nada. Él solito te miró. Y por primera vez su sonrisa era una línea muda, nada más. Sin dientes. Los ojos de vidrio brillaron y del guiño se escurrió una certeza gruesa, transparente. Mamá ya no estaba. Ahora eran tres. Ustedes tres.

Elisa, como descubriste más tarde, no se había ido por amor. Papá no quería que se fuera. Ella se enojó. Papá solo trataba de hacer lo mejor que podía pero ella ya lo había decidido. Era mayor de edad. No entendías por qué le decían niña… niña eras tú. Ahora lo entiendes. Y un día ella se fue. Entonces se quedaron ustedes. Los dos.

3 Antes de que puedas decir cualquier cosa, Elisa sigue: –Él ya no puede seguir aquí. Me voy a volver loca. No tuve hijos porque no quiero cuidar a nadie–. Aguantas la respiración porque sabes la verdad. La “niña” sigue hablando y tú ya no la escuchas. –Blablablá–.

Justo detrás de ella, ves su enorme retrato de quinceañera colgado en la pared. La sonrisa metálica, el vestido turquesa.

–¡Ya, Laura! Hoy es el último día que paso por esto. ¡El último! Papá es un demente–. Tu mirada se vuelve a ella. El molote que tenía en lo alto de la cabeza se deshace con sus manoteos. Es la primera vez que la observas con atención desde que volvió. Ahora es rubia y sus dientes se alinearon, dientes blancos como los de él. El “demente”. Ella se parece más a él que tú. Al menos físicamente. De todos modos, no se ve de 40 años. Se ve de más. –¿Me oyes, Laura?– No le dices nada, y no porque no te importe. En realidad podrías decirle muchas cosas. Podrías decirle que viste a papá llorar a escondidas cada que ella no daba noticias, o quizá podrías contarle de la primera Navidad que pasaron tú y él. Cuatro platos en la mesa por si ella decidía llegar con “su nueva familia”. O tal vez podrías hablarle de la alegría triste que sentías cada que disfrutabas del espacio de la habitación que había quedado solo para ti… Pero no. No le dices nada. La miras bien a los ojos. Le avientas tu silencio en la cara… Que se aguante. Respiras profundo, sientes cómo aprietas los dientes y sales sin cerrar la puerta. Que la cierre ella.

Bajas las escaleras del edificio, tus piernas son los dedos de una mano inquieta que tamborilean manchando de impaciencia a alguna superficie. Accionas el botón que desbloquea la puerta principal. La calle te recibe oscura. Suspira en tu cara… Te odias por no saber manejar, por no haberle hecho caso a papá cuando te lo quiso enseñar. “Luego, pa’”. Esperas un taxi. No viene ninguno. Sacas el celular del bolsillo y marcas ese número que ofrece rapidez y seguridad. No tienes saldo. Piensas subir y marcarle a Diego, pero desistes porque sabes que esa es una tarea que tendrás que realizar sola. Además, no quieres ver a Elisa.


Diego. Papá quería a Diego. “Hacen buena pareja”. Papá no sabe nada. Diego no te quiere. Te puso el cuerno otra vez. Sufres. Sufres por la ingenuidad de tu padre. Sufres por eso que ya sabes. Aquí afuera puedes llorar. Y lloras. Aprovechas y lloras por todo de una vez. ¿Dónde estás, papá?

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