La realidad de la cuarta transformación cada vez se parece más a aquella novela extraordinaria de George Orwell titulada Rebelión en la granja. Una fábula aplicable a muchos procesos “transformadores” en la historia de la humanidad que señala las peores miserias humanas, como la traición, la cobardía, el cinismo, la mentira, el autoritarismo y la ambición, y en el que el gobierno de la 4T comienza a encajar poquito a poco en muchos aspectos y hasta pareciera que se supera la ficción.

En esta realidad paralela, en la que ahora viven el presidente y un séquito de lacayos que siguen traicionando lo prometido en campaña y sin entender que el poder y la soberanía radican en el pueblo y no en ellos, los especialistas ya también encontraron la manera de medirnos la felicidad a los mexicanos llegando a la conclusión que somos “requete felices”.

Y digo realidad alterna porque en la que vivimos la mayoría la incertidumbre de salir de casa es un común denominador, nadie tiene la certeza de regresar con vida, sano y salvo. Y la culpa la tendrán los gobiernos anteriores porque ese se convirtió en el pretexto del gobierno para justificar todas sus ineptitudes. Pero somos felices, felices, muy felices.

Como ejemplo y para abonar a toda la debacle que ha propiciado la impresentable Marquesa de Tlaxcala, Alejandra Frausto, secretaria de Cultura, con la complicidad de funcionarios y legisladores ignorantes y hasta de uno que otro artista salamero, la política cultural de este país se sigue imponiendo pese a los distintos señalamientos que ha hecho todo el sector, desde los pueblos originarios hasta trabajadores de la cultura que estamos enfrentando, ya no solamente un discurso necio, sino discriminatorio e impositivo que desde la simulación hacen parecer como el necesario para México y diseñado por tecnócratas y mercachifles culturales.

En esta granja, la comunidad cultural dio su voto de confianza al gobierno de la 4T y la primera acción fue recortar el presupuesto, señalar a los artistas como parásitos y pretender dar dádivas a los pueblos originarios como desvalidos culturales e intelectualmente, paradójicamente engrandeciéndolos como la fuerza cultural de este país.

Hoy, pese a todos los señalamientos, el presupuesto que se asignará al sector sigue siendo el más bajo, a los pueblos originarios se les sigue despojando de los territorios y se simula un apoyo en cultura sin entender que sin territorio no hay cultura, y encima le recortan el 40 por ciento de presupuesto al mal logrado Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI).

Solo hay que ver el escueto y lamentable informe sobre cultura que presentó el presidente de la República hace unos días, un informe en el que mienten.

En la granja que construye la 4T, la cultura no tiene un papel transformador, sino manipulador, cumple a cabalidad y hasta con manual la construcción de un nuevo imaginario colectivo sobre el bienestar, democracia, justicia, honestidad, entre muchas otras cosas, para justificar y legitimar el ejercicio del poder de una supuesta transformación. Una política cultural que busca el alineamiento de los oprimidos al poder.

En ese sentido, el papel del artista se vuelve fundamental, pero primero hay que meter al corral a los artistas para que esa parte de la granja funcione, ¿y cómo? Con el garrote y la zanahoria de los presupuestos y los espacios.

Así, lejos de cumplir esas promesas con las que tanto se desgarran las vestiduras diciendo que sí las cumplen, se están violando derechos constitucionales, tratados y convenios internacionales y polarizando al sector. Y simulando desde la abominable sociedad del espectáculo que la 4T “apoya” al arte y la cultura.

Quien no se alinee a esas políticas culturales, queda fuera de la granja, plagiando su proyecto si es que lo tenía y señalado como “conservador” o “fifí”, y en peores condiciones de las que ya se encontraba, encima tendrá que poner una sonrisa para también simular que es imbécilmente feliz.

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