En aquella modesta, derruida y antigua villa de argento del real de Pachuca, en aquellas calles y callejas chuecas cubiertas de hoyancos, piedras sueltas, tierras, basuras y mugres, sobre el añejo lecho del arroyo de La Concordia, arroyo de Las Avenidas, con viento frío, en aquella tarde las sombras iban invadiendo la antigua cañada y predisponían el ánimo de la anciana en su memoria, en sus recuerdos, desfilando en su mirada el pasado, el origen del surgimiento del real de plata, breve como una pesadilla, en panorama de imágenes, estampas de costumbres, un cúmulo de hábitos de la población. “Son tantos y vertiginosos los recuerdos”, murmuró, sin acertar ya a ver lo que tenía enfrente, toda atolondrada tomó directo de un frasquito gotas de éter para consolarse, luego aspiró profundamente esos olores de la salvigracia de un reducido depósito de hoja de lata para calmar sus ímpetus.
En un suspiro, ya en confort, detalló “en ella, en La Abastecedora de la calle de Morelos número 100, se resguarda en la añeja finca historia y testimonio de los acontecimientos de la vieja villa del mineral por ser testigo, conocer de labores y aconteceres políticos, actos religiosos, paso del tranvía, las desavenencias por apoderarse del gobierno ubicado a solo pocas varas de la puerta de este negocio, estuvo ahí para celebrar esa fiesta centenaria de la Independencia mexicana conociendo de la intensidad del desfile, del alboroto de inauguraciones e iluminaciones”. La negociación dejó la calle de Patoni que ocupó desde 1895, recién ubicada en su lugar formal en 1902, desde ahí se vio el primer automóvil que llegó a la villa, frente a ella pasaban cientos de personas del quehacer diario del real minero.
Sí, por el frente de la hermosa puerta de madera entablerada de dos hojas de La Abastecedora apareció en el chueco, pedregoso y agujerado empedrado “¡un coche de tracción mecánica, un automóvil se vio desde la jarciería de los Ugalde!”, llegó de la Ciudad de México traído por don Pedro Méndez y el señor H Menel, recorriendo el virreinal camino real desde la capital de la República, pasando por la población de Tizayuca y Tezontepec, la gran expectación y novedad hizo que los pobladores del real de minas se impactaran y maravillaran de gran manera al escuchar el impresionante y extraño sonido de la máquina, el mismo ruido del coche rodando con sus cuatro llantas de hule macizo y rines de rayos bellamente labrados en madera, tocando a su paso el claxon de la corneta en perilla de aire causando aún mayor sobresalto en innumerables jaurías de perros callejeros que crearon una sinfonía de aullidos.
Como vigía de la historia y del patrimonio sin cuerpo, de la vida y modernidad de finales del siglo XIX y de los primeros años del siglo XX, la sombrerería, huarachería, petatería y cestería mexicana, la centenaria finca que contiene a La Abastecedora ubicada en la vieja calle de tranvías de Morelos, esquina con la virreinal plaza de Mercaderes, plaza Mayor, jardín Constitución, es una construcción levantada a finales del siglo XIX de gruesas y altas paredes, de anchos adobes y piedras, pegados, junteados con lodo, viejos y encofrados aplanados con cal y arena, salpicados, pintados
con los tradicionales y ya desaparecidos chulos o brochas gordas, con pinturas de mezclas de cal viva fijados con sal los pigmentos naturales de tierra y agua, pisos centenarios de cemento, hermosos frescos, placenteros y elevados techos de artesanal e ingeniosa bóveda plana, llamada guastavina conocida como bóveda catalana, fabricada con resistentes vigas de madera, en separación menor a una vara, centro a centro, cubierta de petatillo, una primera capa de ladrillo delgado junteada con yeso puro en los cantos y la segunda capa conocida como dobleteada se coloca con mezcla rica en cemento cal y arena.
La Abastecedora jarciería pachuqueña continúa vendiendo de forma costumbrista sus mercaderías elaboradas artesanalmente, algunas son la misma oferta desde finales del siglo XIX. Muestra una evocadora de tiempos y cautivadora variedad artesanal utilitaria de modas de décadas atrás de la sombrerería, la huarachería y zapatería, la petatería, cestería y productos de ixtle y henequén como fuertes costales y mecapales. Los arrieros adquirían para sus atados de burros, caballos y mulas reatas y lazos, apapaches y diversos arreos, ofreció bellos ayates tejidos armoniosamente, morrales huastecos y serranos, cestería delicada de palma de raíz de mijo, petacas para las tlaxcalis-tortillas, pequeños cestos y canastas de palma. Estuvo surtida de imprescindibles petates grandes, chicos y medianos, gruesos y delgados tejidos en palma, hábilmente elaborados por huastecos, serranos, poblanos, otomites y xochimilcas, que además de lechos de reposo fueron utilizados para la última mortaja de la clase minera más olvidada y desamparada, portadas en tapeste.
Para sus primeros tiempos las mercaderías de La Abastecedora cubrían la necesidad de imposiciones del vestir. Los huaraches que se hicieron indispensables a finales del siglo XIX por orden presidencial; los gobiernos obligaron a la población indígena y labradores a dejar sus atuendos de manta camisa y calzón, así como a usar calzado que fue inicialmente de suela delgada de cuero tejida con resistentes y agradables cintas del mismo material, pasando al uso común del siglo XX a la utilización de gruesa suela de hule tipo llanta, en agradables y diversos colores, con tapas, tejidos, sujetados con alambre y clavo, adornados con muescas de navaja, los traían para su venta de la Huasteca con garbancillo y estoperoles serranos, otomites, queretanos, del norte de Puebla y norte de Veracruz, Huayacocotla. Luciendo y enarbolando orgullosa en sus anaqueles y tendidos de lazos de ixtle sus hermosas mercancías que al paso de 122 años la mayoría ha quedado en desuso, ella sigue ahí, esperando le repongan su perdido rótulo “La Abastecedora desde 1895”.

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