“¡Ya han pasado tantos años!”, murmuró en sollozos ahogados sostenidos desde sus entripadas entrañas en esa mañana de 1962, en compañía de sus pollinos pelones estaba parada firmemente en el entierrado pavimento luciendo sus bellos huaraches verdes tipo Querétaro de suela de llanta con tapa ingeniosamente armados con clavos retorcidos sujetados fuertemente con alambre, alardeando remaches plateados. Continuó, “aquí en esta torcida empedrada y polvosa calleja de Patoni, barranca de Santa Apolonia, en los últimos años de los 1800 y unos pocos trastumbando de estos 1900, se miró el puesto improvisado de maderas de jonote propiedad del queretano don Pedro Ugalde ayudado por doña Soledad, su esposa”.
Contó la anciana que las pocas calles del real minero de Pachuca en esos primeros años del siglo XX eran callejas chuecas y plazuelas, sobresaliendo la virreinal e histórica plaza de Mercaderes-Constitución, advirtió que “este mineral es parte de una localidad mayor, antigua e importante formada por más villas que hacen la región de los cuatro reales, en donde floreció el legado, la herencia de ese progreso de la industria y el trabajo minero siendo lo principal de toda la región el centro de Pachuca que albergó la alcaldía mayor de la corona española en la segunda mitad del siglo XVI y hasta 1810”.
Las costumbres traídas y nacidas de esas actividades mineras son la heredad de esos lugares porque han trascendido y embebido la vida de la población, han determinado las formas de la villa y a los otros reales. Esas costumbres y maneras son la tradición, el sello, la estampa, la marca de lo valioso en el centro del mineral de argento, es un signo que representó su fundación y traza, la actividad barretera y el comercio de esta villa cogollo de los reales mineros, corazón de su legado y patrimonio de gran valía para los que sí lo miran.
“Las actividades de la vieja villa de plata están ligadas firmemente a la herencia, hilan su historia y las puntadas que le dio el comercio son una de las grandes características y tradiciones del centro que caminan junto con el progreso de la industria y la población, dejando pruebas, constancias señas que están ahí”, en los pocos negocios con más de 100 años que trascienden hasta el día de hoy. Los compradores y marchantes eran mujeres y hombres de ascendencia mestiza, indígena, jóvenes, los varones de no más de 35 años aparentaban más de 50 por la labor en los oscuros, fríos y húmedos socavones; los grupos indígenas casi en harapos con vestimenta calzón y camisa de manta shaqueta y cuecueyitl, con sombreros de palma, raíz o jarano, descalzos con gruesos callos en las plantas y alardeando mucha mugre.
“Ramas completas con naranjas con todo y hojas, racimos de plátanos en penca, deslumbrantes chicozapotes, verdes y olorosos limones, suculentos aguacates criollos chiquitos de la barranca, de cascara delgada, amarillos, perfumados y agradables mangos, limas, piñas con todo y rabo, deleitosas granadas rosadas, carminadas” veíanse en esas mercaderías; recordó la anciana salivando, pasando trago prosiguió “en agradables montones sobre costales de ixtle mostraban jícamas con raíz, zapote amarillo, calabazas medianas y chicas en pequeñas porciones, en el piso delicadamente separadas por petates manzanas, peras, ciruelos, melocotones, chabacanos propios de estas laderas de tierra fría”.
En las principales calles mirábanse esas escenas pintorescas de la cotidianidad comercial del mineral parecidas a pinturas reales magníficamente pinceladas, trazados de costumbres que desaparecieron poco a poco, hasta en las pláticas orales y en las mentes de cronistas oficialistas de nuestros días. De los más longevos y añejos negocios, quizá el segundo es La Abastecedora, iniciada en 1895, como dijo en la calleja de Patoni por la familia Ugalde.
En ese comercio de sombrerería-sonecahuali también ofrecía todo tipo de cestería y productos elaborados de ixtle de fibra de maguey-mexkali, canastos-chiquihuitl, apapaches, arreos para el chinchorro de burros, mulas y caballos de reata y lazo-pepetli y recuas-netatamillaquiquinagualica y cacahuallo, mecapales para arrieros y cargadores, petates- petlat de todos tamaños y grosores de palma, huastecos, serranos, y otomites. Lo más pedido que alardeaba para su venta a finales del siglo XIX fueron los esplendidos sombreros de palma de ala ancha, de copa corta, ribeteados, algunos en cuero o en sállate con palma, utilizados mayormente por la población indígena.
A la par que se desarrollaba el comercio y la minería en la villa, en 1895 se celebraban los portentosos festejos con castillos, toritos, cucañas y baile popular, con particular besamanos por motivo del santo o cumpleaños del gobernador arriero Cravioto en sus grandes casonas. En esas correrías y dispensas andaban, cuando dos años después, en 1897 llegó al mineral de Pachuca don Porfirio presidente invitado a elegante y escandaloso convite en casa de su compadre don Pancho Rule situada en la añeja plazuela de la Santa Veracruz–Morelos, en el solar que perteneció a la familia Meneses. Se conoció para el común que don Porfis asistió a la fiesta para bautizar al hijo de don Rule, pero la viejilla que sabía de mucho notó que fue ese el pretexto para tener ocasión de enterar al presidente y en discreto, por la puerta de atrás, en confianza se plantea y hurguen la salida, sacar, correr, desterrar a los arrieros poblanos craviotos que se habían apropiado del poder del estado por más de 20 años haciendo y deshaciendo, por innumerables raterías acatarrando a don Porfis.

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