Esa ocasión caminando en la histórica y virreinal plaza de Mercaderes con su atado de burros eloteros pelones, en 1962 como pajarillo la vieja abuela a pequeños saltos caminó con los brazos extendidos, altiva, airosa, ligera, dibujando al viento sus más insignificantes movimientos, dando a sus palabras pausadas un seductor énfasis para que poco a poco como fantasmas vinieran, fluyeran sus recuerdos a la memoria emergiendo de ella con una suave entonación mágica que sin disimulo absorbía la atención de su atado y de la gente que andaba.
En esos movimientos estaba, quedando de repente petrificada, quieta, estática, abismada mirando a la lonja de comercios de la plaza de Mercaderes-Plaza Mayor-jardín Constitución que dan la espalda al sur, que miran al norte, a la vieja cañada y al cerro de San Cristóbal, a la parroquia de doña Asunción y al monumento a don Hidalgo, se le escuchó “la primigenia plaza de la villa del real de minas de Pachuca por dichos de sus viejos y en consulta de amarillentos documentos es el primer núcleo de comercios que la corona peninsular asignó en este poblado de argento, inicialmente nada más para los gachupines puros de teta y nalga”. Con tal concesión se dieron los negocios formales en la bucólica población minera, en arreglo con los arcos centrales que bajo los soportales alojó a las autoridades del Virrey; al escribano, al recaudador de diezmos, al alcalde mayor y a la alhóndiga del mineral de los cuatro reales de argento, vistos consolidados en el siglo XVIII.
La mercancía, todos los géneros, hasta finales del siglo XIX, llegaban a este real por caminos de herradura, se veían conducidas por arrieros docenas de mulas y burros flacos y huesudos, a los que se les dibujaba y traslucían las costillas, llenos de mataduras en lomo y espinazo hasta el nacimiento del rabo, doliente la viejilla susurró “nada más de mirarlas se llora por pura pena ajena”. Las mercaderías o productos transportados en costales, canastos, cestos, mantas, ayates gruesos y tiesos petates sobre las recuas adornadas algunas y luciendo trenzas, cascabeles, listones, campanas y cencerros. Para las jarcerías de La Abastecedora don Pedro Ugalde recorría el camino real en la Sierra Gorda pasando pequeñas poblaciones, cruzando por La Cañada del Valle del Mezquital, encontrándose con innumerables garitas en donde se pagaban contribuciones al régimen porfiriano para poder circular se le fijaban una cuota por el número de burros, mulas y el grueso de la recua de los que andaban comerciando, fuera de la garita apoquinaban a bandidos y asaltantes.
Los arrieros “traían para el camino morrales con pinole, tostaditas, pesadas gordas de maíz quebrado prieto o amarillo, lentamente cocidas en doble comal, rellenas de habas, alverjones o elote, aderezadas con basto chile colorado, algunas dulces de piloncillo. En las noches se recogían en los mesones para descanso y alimento de hombres, eran construcciones con viejas paredes y paredones altos, de adobes descascarados blanqueados de cal, casi en ruinas, los suelos siempre de tierra bien apisonada, con muy pocos elementos contaban como la endeble mesita, piedras para sentarse, petates todos despalmados, tenían largos jacalones y cobertizos para los semovientes. Estas guaridas o anidaciones llamadas mesones a orillas del camino real de paredes desechas, los cuartos sin puertas, otras con los techos de ramas caídos, fueron únicamente refugios para pasar la noche al abrigo, rincones miserables llenos de chinches y pulgas”, esencialmente la viejilla recordaba “los hachones humeantes de cebo prieto o aceite rancio que alumbraban solo a las penumbras”.
Ya para terminar el siglo XIX en algunas rutas el tren sustituye a las recuas de carga. En la villa el comercio continuó su progreso avanzando en diversos espacios, en los primeros años del siglo XX, en 1902, fueron fincas levantadas, de gruesos y elevados muros de piedra y adobes, con techos entablerados y terrados sostenidos por gordas vigas de madera, puertas altas y estrechas de gruesos tablones entablerados, de herrajes de forja, elegantemente claveteados, locales oscuros, húmedos, sin ventilación.
De esos crecientes negocios la abuela entusiasmada, viendo hacia la esquina de la empedrada calle de Hidalgo, asentó: “existió la añeja abarrotera propiedad del gachupin don Jacinto González, conocida como La Antigua Sevillana, seguida al oriente de la ferretería y tlapalería El Girasol, que a su lado izquierdo daba a la deliciosa y vieja dulcería La Fuente, colindante con la zapatería y alpargatería de piel fina, seguía ya la esquina de la entierrada y llena de rieles de fierros de tranvía calle Morelos, ahí estuvo la tienda más surtida de ultramarinos finos importados del viejo continente, reconocida por la ciudad y propiedad de don Fernando Pontigo, toda esa finca va de la esquina con algunos locales al sur sobre Morelos, su dueño el gachupin don Calleja. En uno de esos establecimientos se alojó ya formalmente La Abastecedora en 1902, al abandonar su improvisado lugar que le dio origen sobre maderas de jonote en la chueca calleja de El Caballito, hoy Patoni.
A La Abastecedora se le debe reconocer como testigo del devenir del centro de Pachuca a la que ve pasar silenciosa y pacientemente por su puerta, dio a sus propietarios don Pedro Ugalde y doña Soledad la manera de sobrevivir y crecer con su negocio, avivaron el comercio y la villa misma. Dijo de ellos la viejilla que “son engrandecedores, forjadores del real de Pachuca, ¡cómo no, si procrearon nueve hijos! Vitoria, María de Jesús, Rodolfo, Pedro, Altagracia, Salvador, Consuelo, María de los Ángeles y Clemente”. ¡Sigue ahí en Morelos número 100 D, ahora sin su nombre, sin su rótulo, perdido en las mordaces rehechuras que han servido para empobrecer su rostro y justificar
los dineros públicos!

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