Cuando vi en Facebook la foto de mi abuelo al lado de la tumba de mi abuela intenté escribir un comentario, tras varios minutos con el cursor parpadeando no supe qué decir. Traía puesta la camisa que le regalé unas semanas antes, el día de su cumpleaños. Esa imagen me perturbó. Él estaba en cuclillas al lado de la tumba, sus manos apoyadas sobre el nombre.
Marqué el teléfono de mi madre, necesitaba una explicación.
— ¿Viste que fue el abuelo al panteón? —le dije a manera de saludo.
— ¿Y? —contestó cortante.
— Fue hace poco, ¿quién le tomó la foto?
— No sé, ¿qué importa?
— Pues es raro, ¿no? Que vaya al panteón tan arreglado y esa foto la subió a las redes, o sea, es como si quisiera la viéramos. No sé, tal vez el abuelo está senil y debemos contratar una enfermera…
— Gordita, creo que debes meterte en tus asuntos, por eso te dejó Fernando, por entrometida. No hagas preguntas.
— No tiene nada que ver Fernando. Mamá, ¿no te molesta que esté solo?
— No está solo, se acompaña de Lola. Y ya me voy a terminar la comida.
Cuando colgué con mi madre me di cuenta que no sabía mucho de mi abuela, murió cuando yo era pequeña. Todos mis recuerdos se reducen a fotografías. Supe que había muerto de un ataque. Un ataque a qué. Nunca hice preguntas y esa mañana deseaba saber.
Decidí visitar a la Tía Lola, la hermana menor de mi abuelo.
***
— Verás, hija, tu papá Chuy amó mucho a su esposa.
— ¿Desde cuándo la visita?
— Desde que salió de su casa hacia el panteón. Él va a verla cuando puede, al principio iba diario, después cada semana…
— Pero está muerta, que bueno que no la olvide, pero está muerta, él era joven, pudo haber encontrado a otra mujer.
— Es difícil suplir a tu mamá Paz.
La tía Lola fue una de las mejores amigas de mi abuela, estuvieron juntas en el colegio. Por esta amistad la relación entre mis abuelos creció. La tía Lola describió a mi abuela como una mujer hermosa, tranquila, inteligente, creativa, una madre amorosa, una esposa ejemplar y un gran listado de clichés dignos de la época, en realidad no es de extrañarse, la muerte le sienta bien a cualquiera, la mejor versión de nosotros será la que tendrán los demás a partir del día en que moriremos.
— ¿De qué murió?
— De un ataque.
— ¿Ataqué al corazón, ataque terrorista?, deben ser más claros.
— Mira mi cielo, tu mamá Paz tuvo todo, todo menos lo que su nombre describía: paz. Se volvió muy frágil, cuando mi hermano se iba a trabajar ella pasaba el día sentada al lado de la puerta, lloraba tanto que la cara se le llenaba de manchas rojizas. Lo intentamos todo: tés, inyecciones, caminatas, pero lo único que la calmaba era ver a su marido. Perdió a dos bebés antes de tu madre. Estuvo en cama y exigió que le colocáramos una habitación cerca de la entrada.
La tía Lola me pidió que le preparara un té de valeriana, ella misma comenzaba a agitarse con la historia. Cuando nació mi madre, todo empeoró, mamá Paz rechazó a la bebé, fue la tía Lola quien alimentó a la niña mientras la abuela languidecía en la silla cercana a la puerta, se apagaba de a poco.
El abuelo trasladó su oficina a la casa, porque la agitación de la abuela la había enviado un par de veces al hospital con crisis nerviosas. Es posible que esos hayan sido los mejores años del matrimonio, ella parecía ser una extensión de él, podía opinar, sentir y pensar lo mismo. Una mañana, sin embargo, el abuelo tuvo que arreglar un asunto en el banco. Salió temprano, antes de que mamá Paz despertara, cuando él volvió —un par de horas después—, fue muy tarde, ella había tenido un ataque nervioso, el último, el contundente.
— Mira hija, tu abuelo salió de la habitación siendo otro —narró la tía Lola entre sorbo y sorbo de té—, no solo el color del pelo, sus ojos se habían ido a otro lado, era como si mirara hacia adentro. Iba con tu madre al panteón como quien va al parque. Ahora va cada mes.
— ¿Tú vas con él?
— A veces.
— ¿Tú le tomaste la foto?
— Sí, él me la pidió. Es la primera vez.
— Es horrible, parece una foto en pareja.
— Debes entender que esa pareja es diferente, que ellos son uno a su manera. Es como si Paz, lejos de morir, hubiera encontrado la forma de vivir con tu abuelo… ya estamos viejos para preocuparnos de eso, el amor es así de simple.
— ¿Tú crees que eso es amor?
— Espero que lo sepas pronto — dijo la tía Lola y guardó silencio el resto de la tarde.

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Estudió la maestría en subjetividad y violencia. Es editora independiente y se ocupa de la gestión de proyectos culturales en la revista binacional Literal Latin American Voices. Estudió en la escuela dinámica de escritores que dirigió Mario Bellatín. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas y del Foecah. Realizó una residencia artística en Colombia donde escribió un libro de cuentos basados en el I-Ching, editado por el Cecultah. Ganadora del concurso de cuento Ricardo Garibay.