Últimamente K se angustiaba por todo, y es que no encontraba su lugar en la vida pese a que M le insistía mucho en lo que debía hacer. Permanecía, no obstante, con esa angustia existencial nacida de su conciencia.
Permanecía decíamos, y lo cierto es que esa permanencia, que a veces lo llevaba a un estado angustioso nada agradable, no era del todo mala, pues le permitía escribir en un estado de ánimo que él definía como muy literario y, por tanto, muy apropiado para su creación, que tenía como base la palabra escrita.
M se preocupaba al verlo con ese desánimo que atribuía a una melancolía mal curada de sus tiempos de estudiante, pero que resultaba muy inadecuada en la adultez de su marido, lleno de compromisos de vida como estaba.
¿Qué hacía la mujer de K para remediar la angustia de él? Lo cierto es que hacía poca cosa: solo estaba allí paseándose en la habitación, haciéndole notar su presencia. Con eso creía que era suficiente y la mayoría de las veces lo era, pero no en aquella ocasión en que el grado de angustia en que estaba sumido su marido era tan grande.
Estaba, pues, él al borde del pánico trascendental y se acurrucaba a sí mismo, como una madeja de hilo, en una almohada que había sacado con premuera del armario. Eso no lo aliviaba pero tampoco empeoraba el estado pésimo en que se encontraba.
Volaba su pensamiento en pos de zonas agradables donde distraerse, pero su memoria se negaba a transmitirle los placebos que tanto necesitaba y que se esforzaba en obtener con una concentración absoluta que, sin embargo, solo lograba oscuridad dentro de sí.
Estaba angustiado y se reconocía como tal en un silencio que no osaba romper ni el murmullo del aire viciado que entraba en la habitación desde la ciudad desierta a aquellas horas del anochecer que empezó a llamar: “de su tormento”.
Exasperado se levantó y abrió la ventana de par en par, ya que entraba el aire turbio que lo hiciera a raudales inundándolo todo, que lo inundara a él que permanecía tan exasperado como la propia negrura de la noche más oscura.
Sonaron en su cabeza las últimas lágrimas que derramó M. De ahí procedía toda esa angustia, todo ese tormento de la conciencia que lo estaba derribando. Solo esas lágrimas permanecían en su recuerdo, la memoria las repetía una y otra vez hasta dejarlo en ese estado de ánimo.
Pensó que mañana sería otro día, que sería un día bueno y espléndido porque todo habría pasado y el mal sueño habría terminado. La vida volvería a ser feliz, volvería a sonreírle con la sonrisa de M a su lado. ¿Qué más podría pedir?

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