Hablaba por horas ensimismada, ahí frente al artístico quiosco-pérgola de formas de las artes decorativas de 1938, bajo la sombra de altos árboles que deleitaban e invitaban al descanso en el virreinal jardín Constitución, al lado de esplendorosas palmeras cargadas de dátiles, suculento manjar para las aves, fue verdadera delicia para los habitantes y visitantes de la vieja villa del mineral de argento, cabecera de los reales mineros. La abuela con insistencia se dirigía a sus cerriles y alcornoques Pelones en 1962, a la perorata se acercaban intrigadas con suma expectación gentes venidas de los vecindarios, cuarterías, callejones y callejas, señalaba estirando su dedo índice de la diestra “aquí recurrentemente ha sido el centro escenario de los acontecimientos importantes por más de 400 años”.
Decía la anciana mujer “estamos hechos de los sucesos y acontecimientos diarios, empobrecidos y distorsionados por exageraciones, infamias, versiones falsas, perversas y aduladoras, pero la memoria de una población, de una sociedad, de una región, está ahí, la manera de saberla es escuchando, divisando, husmeando las vidas y recopilando objetos, papeles y notas de los dichos verdaderos y puntuales de estos lugares, no importa que hayan nacido de la ‘perdición y vicio’, del alcoholismo y prostitución”.
El desarrollo económico, político y social del mineral de Pachuca marcha con la minería desde su fundación y auge de los cuatro reales mineros en el virreinato con la explotación de la famosa y rica veta de La Vizcaína, en el siglo XVIII. En 1823, con la formación de la Compañía Británica del Real del Monte, que se convierte en la de los Aventureros Ingleses, vigente de 1824 a 1849, al concluir la explotación de los europeos los empresarios de los dineros en México, esos de las familias de Manuel y Juan Antonio Escandón, la familia Beistegui y la casa Barrón Forbes, extrañamente desembuchan la riqueza, la abundancia de plata, en la mina de El Rosario. Esos intereses mineros son determinantes para lograr la erección del estado de Hidalgo el 16 de enero 1869 y consolidar la argucia de dejar a Pachuca como su capital, contubernio derivado de la presión de políticos, hacendados pulqueros y empresarios mineros, falseando en exageración los salarios e ingresos de la población trabajadora del mineral de argento.
Ella dijo que en 1906 los gringos bolillos de la United States Smelting Refining and Mining Company compraron todos los derechos de la Compañía Real del Monte y Pachuca fue testigo de que en poco más de 40 años cambian las técnicas de prospección, explotación y el sistema de beneficio o extracción, logrando que la Hacienda de Loreto ocupara el más alto nivel del mundo como beneficiadora, la mina de San Juan Pachuca contó con miles de trabajadores hasta 1947 que fue vendida al gobierno de la nación mexicana. En ese auge de la villa minera se vivió la intensa actividad en las minas de El Lobo, El Álamo, Alsacia, Paricutín y El Diamante, El Bordo, San Rafael, Camelia, Paraíso, Guatimotzin, Maravillas, El Rosario, Santa Ana, San Juan, Guadalupe Hidalgo, San Guillermo, Dos Carlos y otras que se le fueron de la memoria a la viejilla, junto con las haciendas de beneficio.
Este incremento en las actividades de extracción de argento hizo que la población en el año de1930 llegara a alrededor de 40 mil habitantes, en 1940 a más de 50 mil y ya para 1960 a 65 mil habitantes. Ese auge demográfico y laboral se vio pronto reflejado en la proliferación de cantinas, en el segundo tercio del siglo XX, se vieron muchas “casas de asignación” o “lugares de citas para el abandono del cuerpo” en el centro de la ciudad en las cercanías de la casa de Los Rules, sede del Ejecutivo de 1941 a 1970, luego ocupada por el Tribunal Superior de Justicia hasta 1985 que se muda la presidencia municipal.
La abuela repetía coloquialmente “los lugares del vicio empezaron a escalar hacia las alturas de la falda del cerro de Las Coronas o de El Lobo”, por la torcida y empedrada calle de Gómez Farías, que muy pronto y durante casi 50 años se vio, se vivió y sintió el reflejo del florecimiento económico, el contubernio del chantaje y la corrupción de autoridades estatales y municipales, llenándose de tugurios, cantinas, desveladeros, desplumaderos, enviciaderos, encueraderos y cientos de cuarterías propias para el amor fugas. “Ahí no había mujeres de dudosa reputación, todas eran y ejercían el oficio de meretrices, prostitutas, perdidas, mujeres de la noche, güilas, niñas, suripantas y todas esas menciones pronunciadas en voz baja, sobre todo por los santularios, picaros y monaguillos de doña Asunción” de quienes se sabía que “antes de ascender, no al cielo, al cerro, en el bolsillo derecho se guardaban el crucifijo, en el izquierdo el rosario, sin olvidarse de echarse el escapulario para atrás y al término darse sus golpes de pecho y flagelaciones”.
Siendo un verdadero acervo el conocimiento de la viejilla de esa zona de placeres y perdición, los mentaba en rezo en orden alfabético precisando el giro, el propietario, el tabernero, las madrotas y padrotes o cinturitas, “a ellas por nombre”. Le daba más gusto poderlos señalar como se iba ascendiendo a las alturas del gozo y depravación, tarareando las notas y letras de danzones, boleros, guarachas, sones, salidas de las sinfonolas que sonaban “de ocho de la noche a ocho de la mañana”, todas propiedad de Don Salomé, dueño del cabaret El Montecarlo. Podía escucharse, en los salones con las mejores encuratrices y variedad, música en vivo “…siento una pena muy onda y quiero ahogarla con vino y caricias de amor, mi vida no tiene remedio perdido ya estoy en este medio maldito de amargura y dolor…”

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