En nuestro país el acceso de los jóvenes a la universidad se ha considerado como un factor fundamental de permeabilidad social. Así como en otros países existen los títulos de nobleza y la gente de mayor prestigio se distingue por ostentar el título nobiliario de sir o lord en Inglaterra o caballero y barón en España, en nuestra cultura nos distinguimos por el título que nos otorga la universidad.
Así, en México los individuos son llamados “el ingeniero” o “el licenciado” o “el arquitecto” para demostrar sus logros y empeño y distinguirse de aquellos que no alcanzaron a asistir a las aulas universitarias.
Esa situación implica que asistir a la universidad es una de las más altas aspiraciones para cualquier integrante de la sociedad mexicana y, en consecuencia, se registra una gran demanda a servicios de educación superior anualmente en nuestras universidades.
Sin embargo, la aspiración por sí misma no es elemento que asegure el tránsito y graduación del estudiante por la universidad. En general, estudiar una carrera universitaria implica un enorme sacrificio y dedicación para el alumno, quien alternativamente puede optar por dejar de estudiar y contribuir a la manutención de su familia o fundar una propia y mantenerla.
Adicionalmente, no todos los individuos tienen las mismas habilidades para el estudio, y posiblemente muchos tengan mayor habilidad para realizar actividades alternativas a estudiar. Es por esto que los índices de eficiencia terminal de la educación superior en México son solo cercanos a 50 por ciento, con las aspiraciones de la mitad de los estudiantes que se van por la borda, pues nunca alcanzan el título anhelado.
El sistema educativo mexicano ha intentado de muchas maneras solucionar ese problema, creando alternativas técnicas de salida intermedia como las que han ofrecido el Conalep o las universidades tecnológicas, e inclusive las propias universidades mayores al crear programas de “técnico superior universitario”.
Sin embargo, esas iniciativas no han sido del todo exitosas porque la aspiración social de las familias siempre se finca en que el estudiante pueda ostentarse como profesionista, y las alternativas técnicas intermedias son consideradas de menor prestigio.
Es aquí en donde resulta muy importante cambiar el paradigma social y mostrar como una persona con competencias laborales certificadas, como por ejemplo podría ser un radiólogo o un técnico en crónica deportiva, entre otros, puede ser mucho más exitoso que un profesionista, y por supuesto que esto resulta aplicable –con mayor razón– si se compara a los individuos con competencias laborales certificadas con los profesionistas inconclusos, es decir a aquellos que pertenecen al 50 por ciento que se retira de la universidad sin terminar.
Aunque el sistema educativo mexicano ha planteado las alternativas señaladas anteriormente y otras, es claro que no se ha logrado que los estudiantes universitarios que se retiran sin concluir se inserten efectivamente en el mercado laboral relacionado con la profesión que no alcanzaron. De hecho, muchos de ellos terminan en oficios como el de chofer o mesero, para los que no están debidamente capacitados.
Por estas razones, en la UAEH nos estamos dando a la tarea de repensar los modelos tradicionales y plantear una alternativa que permita cumplir varios propósitos, como son preservar el espíritu aspiracional del estudiante mexicano y de su familia, pero darle forma, de tal manera que si es necesaria la salida inconclusa del alumno de la universidad tenga de todas maneras las competencias certificadas que le permitan insertarse en el mercado laboral de la profesión que escogió o alguna relacionada con su vocación.
En la medida que avancemos en esa tarea seguiremos compartiendo las ideas con los amables lectores de Libre por convicción Independiente de Hidalgo. Por supuesto que nos dará mucho gusto complementar nuestro modelo con las innovaciones que ustedes nos puedan aportar.

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