En mi artículo anterior describí la aspiración de los jóvenes mexicanos en el sentido de inscribirse en la universidad y graduarse en una profesión que les permita alcanzar una mejor posición económica y un mayor prestigio y reconocimiento social y de sus familias. Hice también referencia al hecho de que únicamente 50 por ciento de aquellos que se inscriben logra terminar el programa de estudios al que ingresan, y muchos de estos nunca obtienen el título correspondiente, que les permite ejercer legalmente la profesión.
En el mismo artículo comenté que en muchos países las personas alcanzan un nivel económico bastante bueno, acompañado de reconocimiento social, sin necesariamente haber pasado por las aulas universitarias, pues perfeccionan sus habilidades en alguna clase de trabajo u oficio y logran destacar en el ejercicio del trabajo que han seleccionado. Ejemplos muy característicos son el del técnico radiólogo o el del anestesista que, sin haber cursado la carrera de medicina, son especialistas que cumplen una función fundamental para la salud y, en ocasiones, reciben una paga superior al de muchos médicos titulados.
Me parece interesante abundar en el tema con una breve reseña del funcionamiento del sistema de educación dual, de amplio uso en Alemania. El sistema de educación alemán se caracteriza por el acompañamiento que las autoridades educativas de todos los niveles confieren al estudiante. El sistema permite detectar desde los primeros años las habilidades notables de cada estudiante y fomentar el que el propio estudiante vaya tomando gusto por aquellas actividades que le permitirán destacar durante su vida productiva. No se trata de inducir a cada uno a orientarse o decidirse por una carrera profesional, sino simplemente de que cada quien descubra lo que le gusta hacer y, sobre todo, lo que puede hacer mejor y con mayor gusto, para brindarle las oportunidades educativas correspondientes.
Con base en lo anterior, el sistema está planeado para ofrecer alternativas de salida muy atractivas a los estudiantes en los diferentes niveles educativos, propiciando su incorporación efectiva, inmediata y satisfactoria al sector productivo, con la coordinación y supervisión de todas las autoridades y entidades participantes en el proceso. Esto permite que no proliferen (no he dicho que no existan) los ninis (ni estudian ni trabajan), pues cada quien va encontrando acomodo productivo en alguna actividad que le es fácil o que le interesa realizar.
Evidentemente estas alternativas de salida no consisten simplemente en “abandonar” el sistema educativo, sino en recibir la preparación adecuada (en muchas ocasiones técnica) y la certificación de competencias laborales correspondiente, que le permita al individuo acreditarse como alguien capaz de realizar una actividad con excelencia, en beneficio de la sociedad, y a cambio de recibir una adecuada remuneración pecuniaria.
En particular, en el nivel medio superior, muchos estudiantes descubren sus habilidades y su vocación por realizar trabajos que no necesariamente requieren de muchos años más de trabajo teórico en las aulas universitarias, e ingresan en el sistema dual, que los coloca como aprendices en el sector productivo, bajo la supervisión y conforme a programas elaborados por las autoridades educativas. Así, una vez que ya se encuentran inmersos en el ámbito laboral de su preferencia, aprendiendo en el trabajo, reciben la oportunidad de complementar ese entrenamiento con la teoría necesaria para su mejor desempeño y, posteriormente (previo examen práctico de competencias) reciben un certificado técnico-educativo que muestra su adecuada preparación para el trabajo que les permitirá desarrollarse oportunamente en la empresa y en el empleo.
Un ejemplo interesante del impacto del sistema consiste en analizar las carreras paralelas de una alemana, quien se desempeñó 30 años como personal de mostrador de Lufthansa, con la debida capacitación e incentivos para la posición obtenidos del sistema dual alemán, y quien se jubiló muy feliz de los éxitos obtenidos en su carrera dentro de la empresa, en donde siempre se le incentivó, en contraste con una española, quien terminó siete semestres de la carrera de leyes en una universidad de su país, quien se desempeñó los mismos 30 años como personal de mostrador de Delta, pero que nunca estuvo debidamente capacitada para la posición y que se jubiló sintiendo la frustración de no haber sido ni personal con competencias certificadas ni abogada.
En mi próxima entrega comentaré algunas ideas que pueden ser aplicables a nuestro sistema educativo.

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