Los Contemporáneos, también llamados el grupo sin grupo, fue uno de los movimientos literarios de disidencia –estilística y política– más comentados de nuestra historia. Aun cuando la rebeldía de ese grupo ha sido puesta en duda por muchos, por ciertos límites evidentes como su adscripción a las líneas ideológicas, burocráticas y diplomáticas de su tiempo, no podemos negar que fincaron un precedente universal en la poesía, literatura y en ciertas formas de pensamiento. Quiere decir, en última instancia, que de algún modo, o que en muchos sentidos, ampliaron con su obra el retrato histórico del paradigma mexicano actual.

En 1933, uno de los contemporáneos, Jorge Cuesta –como también lo hicieron algunos de sus colegas como Torres Bodet, así como muchos antes y después que él, grupos enteros y movimientos históricos de llamados grandes pensadores, como el propio Justo Sierra, autor de la iniciativa a partir de la cual se creó la universidad misma– escribió un ensayo para El Universal en donde apuntó con mucha pasión sus preocupaciones en torno a la autonomía universitaria, poco después de haberse declarado esta oficial por decreto para la Universidad Nacional de México –desde entonces, UNAM, en 1929–.

¿Por qué a un intelectual de tal corte le apuraría ese concepto, tan discutido en nuestros días de transformación?, ¿qué interés tiene a la tectónica literaria y del pensamiento los procesos históricos de la autonomía en la educación superior?
En dicho artículo, dice Cuesta: “Por fortuna, la universidad encuentra ahora una oportunidad de atender a sus propios fines y dar a la sociedad lo que la sociedad pide realmente, a pesar del interés de unos cuantos particulares.

Pero es preciso que afronte con absoluta autonomía moral la necesidad y el problema que le entregan su autonomía política y su asfixia económica.

Es interesante entreverar los dos pilares fundamentales que se apuntan aquí: la posibilidad de establecer un destino propio y la emancipación del interés de “unos cuantos particulares”.

En efecto, la autonomía significa que los universitarios toman las riendas de sus asuntos. ¿Quién mejor que los académicos e intelectuales para decidir el rumbo del pensamiento y la búsqueda del saber, el arte y la ciencia mexicana?
En este momento, la dimensión epistemológica que atañe a la pregunta por el conocimiento, se politiza. Pensar, como tal, es decir, el pensamiento que en tanto que piensa es a la vez pensante en sentido hegeliano, o lo que es lo mismo, la consciencia, se advierte en Cuesta como un hecho atravesado por la condición económico-política e ideológica.

Aun cuando se sostenga la creencia en una causa superior, como el desarrollo del estado, la intervención de un aparato ajeno al ambiente propio de la comunidad dedicada a la cuestión, a la investigación y la inquietud por el conocimiento, impone por ello una cierta forma de conocer.

Si la ideología del Estado nos educa, lo hará siempre atravesado por sus fines, in exempla: desarrollo económico, educación para el sector laboral, productividad, etcétera.

La libertad del pensamiento queda en ello reducida a una única opción disponible: la ideología hegemónica gubernamental vigente.

Ahí es donde la autonomía se vuelve fundamental, incluso vital. Determina la libertad más amplia y plena de decir: “No, otras alternativas quedan por construir, otras formas de pensar son posibles”.

Aquí en verdad podemos decir que, así como ostenta etimológicamente el título de “universidad”, la unidad se conforma consustancialmente por la diversidad: unidad en la diversidad. Personalmente prefiero decir que esa organización está más bien cohesionada a través de la unión –la interacción de múltiples eventos y elementos– con el propósito de evitar confundir unidad con cualquier sustrato último, de esos que pretenden explicarlo todo, in exempla de nuevo, el Estado, como sucede en los pueblos exacerbadamente nacionalistas.

Pero esa solo es una nota al pie, porque la idea de “unidad en la diversidad” tiene el perfecto potencial significativo ante lo que atañe a la autonomía universitaria, o lo que es lo mismo –siguiendo el orden de ideas– el pensamiento autónomo, libre por sí y para sí.

No obstante, persiguiendo la cita de Cuesta, debe ser precisado además el contexto financiero con que nacen las universidades a su autonomía. Para muchos, la dependencia económica de las instituciones educativas públicas a los recursos estatales, significa una contradicción.

Si aceptamos que el pensamiento y la conciencia son las principales facultades a través de las cuales hacemos, representamos y habitamos el mundo, aceptamos también que constituyen la dimensión más particular de la vida propiamente humana.

Proteger el pensamiento autónomo significa a la vez procurar la verdadera vida, la vida en libertad, la circunstancia en donde los ciudadanos –seres humanos, no hay que olvidarlo– construyen sus propios fines, anhelos, conductas, en fin, las decisiones más suyas, basadas en la infinita posibilidad de lo real, en lugar del reducido acervo de bienes y opciones disponibles –materiales y conceptuales– que ofrece la ideología.

¿Acaso no es uno de los fines más altos del legítimo Estado el asegurar las libertades de sus ciudadanos?

Continuará…

Comentarios