Continuando sobre la premisa de si ¿acaso no es uno de los fines más altos del legítimo Estado el asegurar las libertades de sus ciudadanos? Alcanzamos entonces, al mismo tiempo, dos puntos y una conclusión: 1) que la autonomía del pensamiento es fundamental para asegurar la vida, 2) que esa autonomía debe pertenecer a las universidades –o a cualquier institución pública avocada al pensamiento– y, por ende, en tanto que es responsabilidad del Estado el proteger la vida y las libertades de los ciudadanos; 3) que es legítimo y además obligatorio que el Estado brinde los recursos y el apoyo material necesario a las universidades/IES públicas autónomas para bien de sus administraciones.

Eso explica, además, por qué en México algunas de las mejores universidades en la actualidad son públicas y autónomas, a pesar de encontrarse en las entidades más pobres –o empobrecidas–, como Veracruz o Hidalgo. La autonomía también ha dado paso a la creación de nuevos modelos y estrategias financieras que les han permitido a las universidades subsanar el retraso de las entidades federativas de las cuales dependen, así como las crisis políticas que ha atravesado el país a causa de sus prospectivas ideológico-económicas desde la década de 1980.

Ahora bien, respecto a lo anterior, es preciso hacer otra distinción: que aquello que legitima al Estado no es a priori su ley, sino su gente –lo que quiere decir, la condición humana.

Cuando alguna disposición legal pone en riesgo la vida o la libertad de sus ciudadanos, el Estado debe recular a ejecutarlas por el bien de las personas, antes que por el bien de sus proyectos político-ideológicos, aun cuando estos lleven el arbitrario nombre de “desarrollo” o “crecimiento económico”, “control”, “seguridad”, “estabilidad”, etcétera. Toda proyección de mejores circunstancias, desde lo ideológico, es una especulación, apuestas en muchas casos infundadas, o reducidas, insisto, a las proyecciones del paradigma hegemónico.

Cuando se actúa en detrimento de la vida por una causa suprema, nos encontramos en un entramado de control autoritario y utopista, en el sentido más mediocre del término. Busquemos causas comunes, no supremas, he ahí la unión de las diversidades.

El Estado, por ese orden de legitimidad que ha puesto en segundo término a la ley, debe a la vez dejar abierta la democrática posibilidad de su oposición y sus antagonismos.

En el contexto ideológico unilateral, deviene una peligrosa circunstancia de control construida alrededor de lo ilusorio. Me explico: como dice Žižek, creemos que somos libres porque carecemos del lenguaje y las palabras para pronunciar nuestra falta de libertad. Es la fase más pervertida del autoritarismo: nos es imposible imaginar las alternativas, el Estado se vuelve una especie de religión/ética.

En el Sublime objeto de la ideología dice Žižek: Ideológico es una realidad social cuya existencia implica el desconocimiento de quienes participan de ella, de cuánto atañe a su propia esencia, es decir, la efectividad social, cuya reproducción implica que los individuos “no saben lo que están haciendo”.

Es una forma de esclavitud con cara humanitaria. Ellos creerán en verdad, precisamente como una religión y un edificio moral, que el detrimento y empobrecimiento consecuente a las acciones gubernamentales por una causa suprema son resultados “coyunturales” que deben suceder, entiéndase literalmente: por nuestro bien. Cuando no hay espacio a la alternativa, estamos obligados a aceptar esa perversa circunstancia.

Por eso, allí donde se geste el pensamiento, es decir, en donde se concentre la interacción dialéctica de la contradicción pronunciada, el diálogo y el democrático oficio del antagonismo, la libertad y la autonomía deben ser fundamento inalienable.

Lo que se hace evidente cuando hablamos de autonomía universitaria ante la condición humana, es que toda afrenta que se presente en su contra resulta siempre de una posición ideológica, de un interés político-económico. Bajo la propaganda de apoyo y respaldo a la educación, sin autonomía, se concreta y reafirma más bien la tendencia hacia el control y censura de la ciudadanía, sistemática, a través de la reducción a una sola opción de pensamiento, una sola forma de existencia, una que, además, hay que decirlo una y otra vez, ha mostrado ya su propio fracaso y fraude, desde hace décadas.

Nótese la paradoja: el Estado, al pretender cuidar el bien supremo y las causas supremas comportándose de manera hegemónica-unilateral, destruye los propios fines que lo legitiman: la vida y libertad de las personas: es un perro ladrándole a su sombra.

En una elocución a Aristóteles: Dondequiera que la educación pública y autónoma ha sido desatendida y amenazada, el Estado ha recibido un golpe funesto.

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