Rosa María Valles Ruiz

Edith tenía 16 años cuando Joseph Mengele clavó en ella fijamente la mirada. La joven, enjuta, pálida, sintió un revuelo interno que sacudió su conciencia. Sabía que su vida pendía de un hilo, incluso de un gesto del personaje que estaba frente a ella. En segundos hizo un audaz movimiento con manos, piernas, dorso. Orgullosamente erguida, representó frente al Ángel de la Muerte un grand battement, pirueta de bailarina expresada al ritmo de la caricia del viento y la pasión por la danza.

Mengele era de gustos refinados y amante de las bellas artes. Recorría los barracones de los campos de exterminio nazi, entre ellos Auschwitz, en busca de presas que lo pudieran entretener. Allí estaba Edith. Había sido trasquilada y desnudada como todas las personas que llegaban. Las hicieron vestir unos trajes grises de lana, ásperos, feos. Sus compañeras sabían que estudiaba danza y la empujaron hacia adelante, cuando Mengele entró al barracón.

En su historia de vida, Edith Eger, sobreviviente de Auschwitz, sobreviviente del terror, sobreviviente del genocidio hitleriano, narra:

“Mengele me examina. No sé dónde poner los ojos. Miro fijamente hacia delante, a la puerta abierta. La orquesta está formada en el exterior. Están en silencio, esperando órdenes. Me siento como Eurídice en el inframundo, esperando a que Orfeo toque un acorde con su lira que pueda ablandar el corazón de Hades y liberarme. O soy Salomé, obligada a bailar para su padrastro, Herodes, quitándose velo tras velo para mostrar su carne. ¿La danza le da poder o lo priva de él?

–Pequeña bailarina, ordena el doctor Mengele, baila para mí.

Inicialmente Edith no reacciona. No atina a moverse.

–¡Baila! Ordena de nuevo Mengele. Y la joven comienza a moverse.

La orquesta toca “El danubio azul”. La mente de Edith surge poderosa. La música se escucha y se infiltra en su mundo. No deja de danzar, primero sutil, luego con firmeza e intensidad, atractiva la danza, el alma olvidando el peligro aunque advirtiendo que Mengele parece hablar con un oficial y elegir a las mujeres que enviará a la muerte. Ella considera: la danza la salvará.

“Puedo oir como aumenta el volumen de los violines. Mi corazón se acelera (…) El doctor Mengele, mis escuálidas compañeras de encierro, las rebeldes que sobrevivirán y las que pronto estarán muertas, incluso mi querida hermana Magda desaparecen, y el único mundo que existe es el que está en mi cabeza. “El danubio azul” se va apagando y ahora puedo oir Romeo y Julieta de Chaikovski. El suelo del barracón se convierte en el escenario de la Öpera de Budapest. Bailo para mis admiradores del público. Bailo bajo el destello de las luces. Bailo para mi amante, Romeo, mientras me levanta por encima del escenario. Bailo por amor. Bailo por la vida (…) cuando concluyo mi coreografía con un spagat final, rezo, pero no rezo por mí. Rezo por él para que no sienta la necesidad de matarme.”

Mengele la observa y se muestra impresionado a punto tal que le avienta una hogaza de pan que ella comparte con sus compañeras y su hermana, también presa.

A los 90 años de edad, Edith Eger relata su historia en el libro La bailarina de Auschwitz (Planeta, 2018). Comparte las heridas profundas que le dejó su experiencia en el lugar donde las duchas matutinas podían significar agua que limpiara las esqueléticas figuras de los recluidos o gas aniquilante. Narra como fue confundida con un cadáver y estuvo a punto de formar parte de los montones de muertos que encontraron los estadunidenses en Auschwitz. Comparte el trauma que cargó durante décadas al recordar que Mengele separaba a hombres y mujeres de menos de 40 años para trabajos forzados y a más de 40 para el exterminio. Al verla junto a su madre, le preguntó: ¿Qué es tuya? Aquella jovencita, sin visualizar la dimensión de la tragedia, exclamó ¡Mi madre! El Ángel de la muerte separó entonces a la hija de su madre y envió a esa a un camino sin retorno. Edith corrió tras ella aunque Mengele se lo impidió.

Los padres de Edith Eger murieron en campos de exterminio. Su hermana Magda y ella sobrevivieron. Otra hermana, Klara, pudo reencontrarse con ellas tras el final de la segunda Guerra Mundial.

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