(Segunda y última parte)

Jorge Anaya*

Camino por Ortiz de Letona para llegar a la plaza por el otro costado, pero cuando doy la vuelta en Juárez veo bajar corriendo por la calle empinada a un tipo moreno y bigotón.

–¡Pérese ahí tantito, cabrón! Me grita, llevándose la mano a la cintura.

Me quedo paralizado. Cuando está a pocos metros, de algún lado sale Salcedo con un guarura y lo sujetan.

–Usté venga para acá, le dicen, y pese a sus protestas y forcejeo se lo llevan hacia el cementerio.

Todavía sudando frío y tras un rato de indecisión, opto por bajar a la plaza y abrirme paso hasta el templete. Un compañero me reconoce y, haciendo un gesto como de dónde andabas metido, me ayuda a subir. El candidato está a la mitad de su discurso y los “vivas” y aplausos lo interrumpen a cada momento. Me dejo llevar por la euforia y cuando entonamos el Himno Nacional elevo la mirada a la bandera. Sus colores brillan a la luz del ocaso, como compartiendo la emoción.

Terminado el acto, todo son gritos y carreras porque esta noche el candidato cena con el gobernador en Pachuca y nos esperan más de dos horas de curvas entre pavorosos despeñaderos. Esteban me ordena subir a una camioneta que va de avanzada. Busco con la mirada a Salcedo, pero ha desaparecido.

6 Los días siguientes son una locura de mítines, entrevistas y encuentros con demandantes, simpatizantes y los buscachambas de siempre. El lugar de Salcedo ha sido tomado por un tipo que es su reverso: sombrío y hermético, pero al menos no anda todo el tiempo detrás de mí, aunque no puedo negar que ese cuidado me salvó de un mal rato. Quiero saber en qué acabó el numerito; me inquieta que el borracho haya descargado su coraje en Arminda, pero tanto el celular de ella como el de Salcedo me mandan a buzón todo el tiempo.

De regreso a la ciudad, me dan unos días de asueto. El lunes me apuro para llegar temprano a la casa de campaña y en la puerta me encuentro a Salcedo, recargado en el muro mientras el Güero Emilio le lustra los zapatos.

–¿Qué pasó, mi donjuán? Saluda con sonrisa y guiño cómplice.

–Pues aquí, mira, respondo. –Oye, quiero comentarte algo.

–Claro. Nomás termino de darme bola, le pago al Güero y te alcanzo en mi cubículo. Está abierto.

Por fortuna la espera es corta. Cuando Salcedo entra, suena el teléfono; contesta con dos o tres monosílabos y cuelga.

–Tú dirás, me dice, con cara de todo oídos.

–Pues… quería agradecerte el paro que me hiciste el otro día en Molango.

Vuelve la sonrisa maliciosa.

–¡Ah, eso! Nada, nada, para eso estamos. –Supongo que te fue bien, ¿no? Lo malo es que el galán de la doña se dio cuenta.

–El Alfonso es papá de su hijo, pero ya no tienen nada que ver. Bueno, eso dice ella. Por cierto, ¿qué fue de él? Salcedo titubea.

–¡Ah! Pues mira, allí fue donde sin querer me ayudaste tú a mí.

Vuelvo a sentarme.

–No entiendo. ¿Dónde está Alfonso? –Bien guardadito en la cárcel del estado.

–Pero… ¿por qué? No era para tanto.

–Oye, tampoco te creas tan importante.

Sonríe, conciliador.

–Es broma, hombre. Lo que pasa… bueno, al fin tú eres de confianza.

La verdad es que el buen Ponchito cayó como anillo al dedo para cargarle el bulto del maestro asesinado.

–¿Qué? –¡Ni mandado a hacer, mano! Resulta que el maestro Honorio andaba muy pegado con la chava esa que habló con el candidato, la que te metiste a la cámper. Y tú mismo viste cómo era de celoso y violento el cabrón.

Salcedo mira su reloj y se pone de pie.

–Y ahora disculpa, carnal, pero voy a ver al jefe. Esto queda entre tú y yo, ¿eh? Ahí en el frigobar hay jugos, tómate uno, te ves un poco palidón.

7 –¿Cómo crees que voy a molestar ahorita al candidato con ese tema?, me dice Esteban. –Estamos a una semana del cierre de campaña, vienen las elecciones y no necesito decirte todo lo que está en juego.

–Pero Alfonso no fue… –¿Tú cómo sabes? ¿Nomás por lo que te dijo la vieja esa? No seas ingenuo, mi chavo. Está muy rara esa relación de ella con los dos. Mejor ni te enredes. Es más, nunca te he hablado así, pero como jefe te ordeno que dejes el asunto en paz.

Al ver que quiero protestar, añade: –Además, el candidato ya le tuiteó una felicitación al gobierno local por la premura con la que resolvió el caso.

No vamos a hacer que se desdiga ahora, ¿verdad? –No, claro.

–Mira, pasada la elección y ya que estemos dentro, veremos lo que se puede hacer. Mientras, ni una palabra.

Me palmea la espada.

–¿Y cómo van los preparativos de la boda? 8 Entro a mi cubículo y me dejo caer en el sillón. Cuando empiezo a revisar pendientes, vibra el celular. Mi novia quiere saber si no he olvidado que por la tarde tenemos cita con la jefa de eventos del hotel donde será la recepción de la boda.


Alzo la mirada a la foto del candidato, su sonrisa limpia y franca, y detrás de él, la bandera ondeando victoriosa. Sonrío. A fin de año estaré estrenando hogar, empleo y nación. ¿Qué más se puede pedir?

*Chilango, hijo de hidalguenses molangueños. Fue editor de La Jornada hasta jubilarse. En la década de 1990 publicó la novela Barrio viejo: Balada de Elsinor la trebolera. Fuera de eso, se ha dedicado más a remendar textos ajenos que a escribir propios.

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