Jorge Anaya*

Desde el balcón de la posada Silva sigo los preparativos del mitin. Pocos pueblos pueden presumir una perspectiva tan grandiosa como Molango, la tierra de mis padres: la plaza en declive, el quiosco, el infaltable busto de Juárez, las casas blancas con sus techos pintados de rojo y, más al fondo, la Sierra imponente y el brillo lejano de la laguna Atezca.

El templete recibe los últimos toques, el equipo de sonido está a punto, hay pendones en los postes y grandes mantas en las fachadas. Apenas pasa del mediodía y ya la gente empieza a juntarse en los portales para protegerse de la resolana. Parece que nos salvaremos de una de esas horribles lluvias serranas que hacen “chiclosa” la tierra colorada y causan deslaves
en los caminos.

El candidato debe llegar a las tres de la tarde para comer con los notables locales. Para mí, aparte de la emoción de que mi líder visite este lugar tan entrañable, está el ingrediente adicional de revivir, si tengo suerte, un romance de juventud.

La bandera ondea plácidamente, como el día en que vi a Arminda por primera vez, pronunciando un mensaje de fin de cursos en la secundaria del pueblo. Era hija de una amiga de mi madre, y esa tarde me la presentaron en la fiesta que siguió a la ceremonia. Pronto, tuvimos uno de esos idilios de vacaciones, con sus escapadas a lugares ocultos. Una tarde, cerca de la cascada, por poco vivimos nuestra primera experiencia sexual, pero una cabra desencaminada la frustró. Por un tiempo nos comunicamos por Messenger, luego cada quien se enredó en otras cosas. Según sé, tiene un hijo, fruto de un amorío con un taxista borracho y agresivo llamado Alfonso, de quien logró zafarse, pero que la sigue acosando.

Todos estos chismes me los ha pasado mi madre, que con frecuencia habla por teléfono con su amiga. Por eso Arminda supo que venía con la campaña y me mandó recado, junto con el número de su celular. Tengo curiosidad y, para ser franco, no descarto la posibilidad de completar lo que aquella vez quedó trunco. Sería una buena despedida de soltero.

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La plaza casi está llena, qué diferencia de antes cuando apenas unas decenas se congregaban para oír a nuestro líder en estos poblados, donde el caciquismo serrano parecía invencible. En el salón de cabildos, donde se realiza la reunión de notables, esto también se percibe, porque el líder dice lo que viene diciendo desde hace años, pero ahora muchos asienten y algunos hasta sonríen. Desde la mesa principal, Esteban, mi antiguo jefe en el gobierno de la capital y el que me jaló al equipo del candidato, me hace la señal del pulgar arriba. Aunque algunos todavía temen una jugarreta de los poderosos y no falta quién presagie un atentado, él y yo confiamos en que los signos de un futuro diferente son claros, incluso en estos rincones antes tan reacios.

Un tumulto en la puerta hace que todos volvamos la mirada. Gente airada forcejea con los guardias y exige hablar con el candidato. Los guardias empujan; desde su lugar, él levanta la voz y pide que los dejen pasar. Miradas hostiles siguen al pequeño grupo de manifestantes al acercarse a la mesa principal. Me sorprende ver que Arminda viene a la cabeza. Su oratoria ha madurado; con voz clara y enérgica exige justicia por el asesinato de un docente rural llamado Honorio, quien al parecer abanderaba la lucha contra una minera transnacional que contamina tierras comunales en contubernio con caciques.

El candidato expresa solidaridad y compromete a las autoridades locales a encontrar a los culpables. Los activistas se dirigen a la salida con la cabeza erguida, desdeñando la expresión de quienes parecen decirles “se van a arrepentir”. Arminda pasa a mi lado sin mirarme, pero minutos más tarde una vibración me avisa de su mensaje: “Te espero en el cementerio en un cuarto de hora”.

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Bajando las escaleras, me encuentro con Salcedo, el encargado de la seguridad.

No es santo de mi devoción, sobre todo porque me cuida como si yo fuera la mascota del grupo, supongo que por recomendación de Esteban.

Sin embargo, al verlo se me ocurre una idea.

–Oye, ¿podría usar la camper un rato?

–¿La camper? ¿Para qué, carnal?

–Un asuntito, le hago un guiño. –Ni siquiera la moveré. Sonríe.

–Ah… okey. Pero si ensucias algo, lo limpias. –Se ríe de su gracia.

Rodeo la plaza por las calles laterales y subo por la escalera de la monumental espadaña de piedra hasta el cementerio, como llaman aquí a la pequeña alameda frente al templo agustino del siglo XVII, que es el orgullo de Molango. Al rato veo a Arminda pasar junto a la doble escalinata del teatro Nigromante hasta donde la espero. Me pregunto cómo convencerla de ir a la camper cuando dice:

–Vamos adonde no nos vean.

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Como ya me temía, su deseo de reunirnos no tiene tintes románticos.

Quiere que abogue con el candidato para que se haga justicia al maestro.

–¿Era algo tuyo?

–Desde niños fuimos como hermanos. Tú no lo conociste porque en aquel tiempo él estaba estudiando en El Mexe. De allá se trajo esas ideas de luchar por los pobres y contra la injusticia. Y ya ves en qué paró.

–¿Sospechas de alguien?

–Aquí todos saben que fueron policías pagados por la minera. Pero este gobierno no va a hacer nada, aunque se lo hayan prometido al candidato.

–¿Quién sabe? De seguro él estará presionando.

–Pues a ver, pero por si las dudas, ahí te tengo a ti para que se lo recuerdes.

Por lo que veo, mi madre ha exagerado mi cercanía con el líder.

–Bueno. Haré lo que pueda.

Entonces la miro y sonrío.

–¿Y para mí no hay nada?

Sonríe también y se acerca a darme un beso. Con rapidez volteo hacia su boca; ella vacila un poco, pero al final cede y hasta colabora, pero cuando le meto la lengua y llevo mi mano a su pecho, se retira.

–No hay tiempo. A lo mejor el papá de mi hijo anda rondando por allí y no quiero un mal encuentro. A ver si otro día.

Y se baja de un salto.

*Chilango, hijo de hidalguenses molangueños. Fue editor de La Jornada hasta jubilarse. En la década de 1990 publicó la novela Barrio viejo: Balada de Elsinor la trebolera. Fuera de eso, se ha dedicado más a remendar textos ajenos que a escribir propios.

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