Tuve mi primer encuentro con la bicicleta cuando tenía ocho o nueve años. Fui feliz cuando adiviné la silueta de una bicicleta debajo del árbol de Navidad que adornaba mi casa. Apenas comenzaba a clarear cuando supe que esa bici me acompañaría en mis andanzas de la última parte de mi infancia.

El parque Hidalgo fue el escenario que vio mis primeros pedaleos. Tanto mi papá como mi mamá se encargaron de empujarme, casi cada domingo, para que yo aprendiera a equilibrar mi cuerpo con la máquina que funcionaba impulsada por mis piernas.

Fueron varios los intentos hasta que un día me di cuenta de que ni mi papá ni mi mamá, nadie seguía empujándome, era yo quien había logrado mantener el equilibrio e impulsarme hacia adelante.

No podría olvidar la sensación de saber que era yo quien daba dirección al manubrio y que mis piernas podían llevarme tan rápido como quisiera. Fue cuando me di cuenta que andar en bici era lo más cercano a lo que yo entendía como libertad. A donde mi voluntad quería, hacia allá iba yo con mi bicicleta roja.

Fueron muchos los domingos y sábados que pedaleé en el parque Hidalgo. Ahí gasté esas ruedas que, con el Sol y el uso, tornaron de rojas a rosas. Y en algún momento, cuando el niño dio paso al adolescente, la vieja bici roja quedó rebasada. Fue tiempo de ir por una bicicleta de mayor rodada.

Afortunadamente mi familia materna administraba una juguetería en cuyo catálogo no podían faltar las bicicletas. Había para todas las edades, pero en aquel tiempo mi tío Edgar Navarro decidió apostarle al segmento de las bicicletas de montaña.

Los clientes de ese segmento no eran como los de cualquier otra mercancía. Quienes andan en bicicleta de montaña tienden a construir comunidad. No es solo comprar la bicicleta y despedirse del vendedor. En el caso de los mountain bikers se establece una especie de compromiso nupcial.

Quien sale a la montaña sobre ruedas sabe que pronto tiene que regresar a comprar refacciones. El uso rudo, el andar sobre caminos rocosos, cruzando el río, escalando las montañas, precisan que regreses para darle mantenimiento a tu “caballo de acero”. Cambiar la cadena, ajustar los frenos, engrasar los pedales, comprar un asiento más cómodo o quizá un velocímetro que te ayude a cronometrar tus andanzas. Para eso tienes que regresar. O simplemente porque las bicicleterías se convierten en punto de reunión para la excursión en turno.

Cuando me uní a los Chivo’s Bike, ellos ya tenían tiempo de salir cada fin de semana. Había dos grupos: el de los “picudos” y el de principiantes. Los primeros eran quienes tenían ya una larga trayectoria y cuya destreza y técnica les permitían separarse y encabezar el grupo.

Eran quienes llegaban incluso media hora antes que el pelotón principal. Era un reto llegar a disputar el primer lugar con los “picudos”. Nunca alcancé su habilidad, fui de la media tabla. Eso sí, nunca fui de los que abandonaran la misión.

Siempre llegué a la meta, aunque fuera tarde, y no obstante que mis piernas ya casi no respondieran. Recuerdo una ruta especialmente difícil: de Pachuca a la cabecera de Mineral del Chico, a través de un camino conocido como El Contadero. Aquella vez salimos muy temprano, quizá poco después de las 7 horas, y llegamos al Chico cuando el Sol comenzaba a ocultarse. La ruta del Chico a Pachuca tuvimos que hacerla pidiendo aventón a camionetas que circulaban por la carretera. Pero fue un día de esos que nunca se van: todavía recuerdo cruzando ríos con fondo rocoso y patinando sobre pendientes lodosas.

Mi temporada de Chivo Bike terminó, quizá por las obligaciones escolares. Tampoco ayudó mucho que un día robaran mi bicicleta, que mantenía guardada debajo de una escalera del edificio de departamentos en el que vivía entonces con mis papás.

Años después, volví a comprar una, que usé poco debido a que vivía en un fraccionamiento construido sobre una colina. Un par de hernias discales tampoco ayudaron a que regresara a cabalgar mi bicicleta con regularidad. Apenas tuve oportunidad de venderla, lo hice: no quería que se oxidara por falta de uso.

Hoy he decidido comprar una bicicleta cuanto antes. No solo porque estoy convencido de sus efectos liberadores y terapéuticos, sino porque es un transporte alternativo que me permitiría desplazarme en mis rutas cotidianas.

Por la distancia de mi trabajo a mi casa, que ronda los 20 kilómetros, si decidiera usar la bicicleta para desplazarme, necesitaría de infraestructura que me permitiera hacer trasbordos. Eso significaría la posibilidad de poder contar con un carril reservado para bicicletas y tener acceso a un área de estacionamiento para ellas en la estación de autobús o al menos cerca de ella. De esa manera, podría dejar mi vehículo con emisión cero mientras hago el traslado más largo en un camión urbano.

El contar con esa infraestructura es responsabilidad de los gobiernos municipales y estatales. Son ellos quienes deben tener una política urbana que favorezca el uso de transporte sustentable y que al mismo tiempo desincentive la utilización de vehículos con base en combustibles fósiles.

Esta, además, es la única salida en ciudades cuyas vialidades se encuentran hoy colapsadas por la saturación de vehículos motorizados. El tener una ciudad libre de emisiones empieza por políticas que ofrezcan alternativas de movilidad no motorizada. Que la gente se traslade en vehículos de gran capacidad y no en los vehículos para cuatro personas que saturan las vialidades.

No necesitamos que los gobiernos sigan construyendo grandes distribuidores viales o segundos pisos que solucionen la saturación vehicular de manera efímera.

Lo que requieren nuestras ciudades son ciclopistas y biciestacionamientos, autobuses de gran capacidad con carril confinado, trenes interurbanos, senderos para que la gente camine. De esa manera tendremos ciudades más seguras y un entorno que, al final, provocará la felicidad de sus habitantes.

[email protected]

Comentarios

Artículo anteriorPresentación de gala de México, Aires de Tradición
Artículo siguienteEl gato lector y Baldomero
Avatar
Periodista desde hace más de una década y director del diario Libre por convicción Independiente de Hidalgo. Es licenciado en comercio exterior por la UAEH y licenciado en lengua y literaturas hispánicas por la UNAM. Colabora como articulista en el diario que dirige y también en el portal SDPnoticias.com. Fue reportero en el semanario Aljibe y Síntesis Hidalgo. Trabajó para los periodistas Ricardo Alemán y Estela Livera en un programa de investigación. En 2007 ingresó a trabajar a Bermellón, Edición e Imagen, despacho donde se desempeñó como jefe de redacción hasta 2009. Es colaborador de la editorial Elementum desde 2010.