Cuenta la anécdota que ya cuando se había instalado como uno de los catedráticos de renombre en la academia británica y sus aportaciones a la ciencia eran incuestionables, Stephen Hawking tuvo a bien incursionar en el mundo editorial bajo la tutela de un editor, con la propuesta de desarrollar y exponer, en un solo libro y dirigido al público, su teoría sobre los agujeros negros y el Big Bang.
Una vez el original estuvo en manos del editor, quien además lo recibió con el agrado e importancia que merecía el material, pidió el tiempo correspondiente e inició la revisión editorial que a su juicio serviría para asignar las labores por decidir.

El editor citó al físico y la primera reacción de Hawking cuando escuchó las propuestas que le dio el profesional fue de sorpresa y humillación ante la serie de disparates que según él mejorarían la presentación del libro, pero se reservó el derecho a ver un dummie del ejemplar del que le habló. Una vez listo, para sorpresa del mismo Hawking y con su aprobación, nació La breve historia del tiempo.
Antes de Hawking, la idea predominante sobre los agujeros negros trataba de manifestaciones cósmicas con la clave para viajar más allá del tiempo y las dimensiones, pero durante sus estudios, justo a punto de decidir entre la física cuántica y la astronomía, dos disciplinas divorciadas en sus postulados, el científico apostó por la segunda, que al menos tenía la posibilidad de observar los cuerpos celestes.

Fue hasta la caída de la célebre taza de café que Hawking se preguntó hacia dónde iba el calor, considerado un fenómeno que según la entropía en las leyes de la termodinámica, en algún momento dejará de estar activa, pero resultado de energía en movimiento, ¿adónde iría esa energía?

A medida que desarrolló su teoría, descubrió que los agujeros negros no eran tan oscuros como se había considerado en algún momento. En el horizonte de acontecimientos, la periferia que constituye el tránsito donde la gravedad es tal que ni siquiera la luz escapa, la naturaleza dual de la energía, por una parte ondulatoria y por la otra constante, toda la energía residual que no es atrapada por la gravedad, se mantiene en la frontera y, a muy largo plazo, su concentración conduciría a un Big Bang.

Cuando el libro salió a la venta, se convirtió en un inverosímil best seller como las ciencias no habían dado desde La evolución de las especies de Darwin. En dos años también fue uno de los libros más traducidos en el mundo y revivió el interés en todas las teorías de la física que, gracias a Hawking, se habían reunido en un mismo punto común, que contribuiría al posterior apoyo internacional del gran colisionador de hadrones.
Como todo buen libro que se convierte en un éxito de ventas, también recibió su merecida adaptación al cine, aunque por la mano del célebre y genial Errol Morris, quien ya había desarrollado documentales sobre enigmas históricos y policiacos en sus trabajos previos.
Así, la versión de Morris de La breve historia del tiempo no solo se enfocó en el planteamiento de las peculiaridades que definen el cuerpo teórico de Hawking, sino sus dilemas familiares y fisiológicos; en otras palabras una biopic en la que se detalla cómo progresó el trabajo del investigador desde su niñez hasta la aparición de los primeros síntomas de la enfermedad que lo aquejó hasta el último de sus días.
Para ello, Morris recurrió a otro autor no tan famoso, pero ya reconocido en el círculo de los compositores contemporáneos: Philip Glass. Llevado de la mano de Morris, Glass retomó buena parte de sus óperas y sinfonías para imprimir el sello estilístico que lo definía ya desde sus primeras obras, pero con arreglos adaptados a una paradoja: convertir en aventura el trabajo intelectual de un físico apenas capaz de moverse.

Por si fuera poco, la intención era imprimir un tono humano a las referencias hiperabstractas, genuinos quebraderos de cabeza en la teoría física, en simples rompecabezas armados con el talento visual de Morris. De más está decir que tanto por el talento de Morris como Philip Glass, si Hawking ya era una celebridad digna de respeto, alcanzó una importancia por lo que su reciente deceso no sucedió en el anonimato.

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