Es común cuestionarnos ¿hacia dónde vamos en estos tiempos?, ¿cómo empatamos nuestros ideales de vida dentro de una nación herida, corrompida y explotada por donde se pueda?, ¿cómo podemos aspirar al progreso y a la evolución de la conciencia?, cuando estamos preocupados por subsistir en una economía que suministra a lo rentable (consumismo / capitalismo) y no a la cultura, a lo verdaderamente humanista, o la historia o a los valores, que lejos de ser un servicio o bien material, con el tiempo se vuelven parte de la idiosincrasia, con los cuales cada individuo conforma su sentido de identidad.
Como creador artístico me he cuestionado muchas veces mi lugar en una nación tercermundista, la cual actualmente tiene (a nivel mundial) el puesto número siete en ignorancia, según el Ipsos MORI Social Research Institute.
En esta ocasión recibiremos el año evocando a la figura del poeta maldito Jean Genet, pues “La caja de Pandora” remueve de los confines del tiempo la biografía de tan intrigante figura, quien muy particularmente se relaciona con el momento histórico que actualmente vivimos los artistas en México y el mundo.
No cabe duda que el desconocimiento de la propia realidad es un mal que adormece a nuestras sociedades, no solo actualmente, ya que este tipo de oscurantismo ha existido desde siempre. El cuestionamiento somero o profundo es un destello que libera de la matrix. Pero la ignorancia no es un mal para nuestros gobiernos, es un arma letal en contra de su pueblo.
Jean nació en París en 1910. Fue un hombre homosexual acechado desde toda su vida por “la justicia”, pues desde los ocho años fue perseguido por robo, el cual formaba parte de su estilo de vida, pues su mentor le fomentó ese comportamiento como manera de subsistencia.
Cabe mencionar que nuestra “diva criminal” siempre destacó en sus notas con brillantez, a pesar de que el hombre vivió la mayor parte de su juventud en la cárcel.
El carácter de Jean siempre fue sumamente pasional, repudiado y exiliado del Ejército por sus “actos impúdicos” ejecutados con sus compañeros. Sin embargo, ¿no es en la milicia y el sacerdocio en dónde se dan los “verdaderos hombres”?
Encarcelado más de cinco veces, alcanzó cadena perpetua, pero fue liberado gracias a las suplicas e influencia de sus colegas escritores, Jean Paul-Sartre y Jean Cocteau, hacia el presidente de la República.
En el ámbito teatral y literario agradeceremos siempre su sentido crítico, irreverente y objetivo hacia una realidad bastante vergonzosa (La Francia del siglo XX). Sus contribuciones creativas surgen de su fuego interno, desde su cachondearía hasta su activismo político, pues en sus confesiones encontramos que el origen de tan inspiradoras letras se debía al encierro y al deseo de masturbarse con sus fantasías eróticas plasmadas en papel.
En su repertorio tenemos obras como: Las criadas, El balcón y Severa vigilancia, cuyo contenido mostraba la sátira más punzante y verosímil que cualquier lector podía encontrar coherente ante su contexto.
Jean Genet fue capaz de mitificar al delincuente como un héroe y jugar con la idea del bien y el mal; con las provocaciones morales; con la belleza y la fealdad; con lo ficticio y lo real a partir del retrato de la miseria del ser humano, pero dentro de todo el amor y la ternura siempre reflejan un halo de esperanza por medio de la compasión.
Todo lo anterior fue impulsado por sus recuerdos de los últimos momentos de la ocupación nazi dentro de su país, el maltrato hacia los inmigrantes, las consecuencias de que uno de sus amantes formara parte de la resistencia, su experiencia con los refugiados palestinos, el retrato de la guerra civil y el movimiento estudiantil de 1960, que de cierta forma también movilizó a los estudiantes de nuestro país en 1968.
¿Quién gobierna a quién? ¿El poder lo otorgan las instituciones o estas tienen el poder que nosotros les hemos encomendado –como lo establece una verdadera democracia–? ¿Al final gana el más fuerte? ¿Quién yace en el encierro? ¿Cómo alcanzar la libertad? Preguntas que Jean y sus colegas pensadores nos insertan cual semilla creciente para nuestro beneficio, pero ruina del autoritarismo.
En los tiempos de Genet y en los nuestros, el arte no puede ser prioridad, pues hace pensar, cuestionar, inquieta y surge como la peste de Artaud y eso no conviene a la comodidad y engaño de las masas.

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