La Cartilla moral, como se ha explicado y se corrobora con la lectura de este mismo texto, fue escrita por Alfonso Reyes, ensayista y diplomático.

Como escritor, Reyes es calificado como uno de los más talentosos que haya dado la patria, lo de diplomático es algo más bien circunstancial en el caso de los literatos. En algunas épocas, los gobiernos mexicanos hacen de los poetas o escritores su “rostro” ante el mundo. Con ellos se envía un mensaje cifrado a otras naciones: el poder hace política con ellos.

El padre de Reyes (Bernardo) fue gobernador de Nuevo León. Participó en el golpe de Estado junto con Victoriano Huerta contra Madero. Alfonso fue parte del Ateneo de la Juventud, un grupo de jóvenes intelectuales (José Vasconcelos, Pedro Enríquez Ureña, Gómez Morín, entre otros), que marcarían culturalmente al país, provenientes de la clase media, característica del grupo que emergió de la Revolución y dominó políticamente al país durante el siglo XX.

Después de la muerte de su padre, se exilió en España. Tras sus éxitos, el gobierno posrevolucionario lo regresó y participó en la diplomacia. La Cartilla moral, escrita en 1944, recoge ya una visión de un ensayista maduro en sus concepciones literarias y con una amplia cultura de hombre cosmopolita por excelencia. Independientemente de la cuna que lo vio nacer, tiene contacto en España con intelectuales republicanos. Se fundó el Colegio de México, para acoger a los exiliados españoles y él ocupó el cargo de director.

Aunque la cartilla original fue retocada en algunos aspectos, conserva en lo fundamental su condición del espíritu del autor. Versa sobre seis aspectos centrales: el individuo, la familia, la sociedad, las leyes, la patria, la especie humana y la naturaleza.

Ese documento es una visión del mundo de Alfonso Reyes, en la que recupera su origen y su amplia cultura, de la que no se puede dudar. El hilo conductor que enlaza a los seis temas que trata es precisamente el tema de la “moral”, que es vista como una herramienta de perfección humana.

La cartilla recupera un concepto de moral griego de corte platónico, cuyo eje es aquello que es bueno y lo que no lo es, es decir, que es malo. Se trata de una manera de ordenar la conducta humana hacia un tipo de perfección del género humano. Como sabemos, para Platón en su visión idealista del mundo, las ideas tenían una preexistencia a la existencia humana y, por tanto, la existencia estaba determinada por la necesidad de un esfuerzo humano orientado a seguir una ruta en la búsqueda de esas ideas preexistentes.

En su contexto, esa filosofía de corte platónico fue parte de una disputa con los antiguos filósofos presocráticos que sostenían una visión en absoluto discordante con la filosofía platónica. Con ellos, Platón trató de ajustar cuentas, en el entendido de que la sociedad griega aparte de ser la más culta de todas, como diría Arendt, no dejó por ello de ser una sociedad plena de contradicciones sociales, en la que prevalecía un tipo de esclavitud (cuando los europeos eran esclavos, que se les olvida).

Bajo esa lógica, el tema del bien y del mal fue interpretado como una moral de los “dominadores”.

Pero el tema de la moral no escapa a una visión de una corriente de la filosofía crítica, que ha dejado de ver a este campo del saber a un simple espacio de la reflexión sin contacto con la realidad. Para el “maldito” de Nietzsche, la filosofía moral de Platón no es otra cosa que una manera de valorar a la sociedad desde una postura de quienes ejercían el poder en las antiguas ciudades helénicas. Y valorarla no es otra cosa que nominarla y crear valores o juicios para ordenar y hacer que la sociedad se sujete a los valores de quienes ocupan la parte más alta de la jerarquía social.

Los juicios de la Cartilla moral de Reyes sobre el bien y el mal es parte de la filosofía de la moral platónica, cuyos principios fueron construidos (digo no con malas intenciones, eso es lo de menos pues finalmente lo importante es el efecto de esas visiones), pero sí desde una posición de poder que ocupaban los filósofos.

Refleja en la manera de pensar y de crear “ideas”. El pensamiento griego trascendió su tiempo y se acopló a la sociedad occidental-industrial de corte cristiano, donde el bien y el mal son un medio de “control”.

No es extraño que, por la biografía de Alfonso Reyes, haya adoptado y reproducido aquella visión moral como parte de una conceptualización de un hombre que, más allá de sus virtudes como ensayista, representó a un orden social que fue liquidado por la Revolución mexicana y que, con el tiempo, fue adoptado por los gobiernos posrevolucionarios.

Moralizar a la sociedad mexicana, en 1944, no creo que haya sido visto con malos ojos, en pleno auge de las corrientes conservadoras que surgieron y se hicieron del aparato de Estado para debilitar y cerrarle el paso a corrientes descendientes del cardenismo.

La moral es un dispositivo de poder del tipo “panóptico”. El panóptico es un término divulgado por Foucault. Es una torre dentro de una prisión. A través de ella, en lo más alto, está un guardián que vigila a los presos. Todos ellos se sienten vigilados, por lo que nadie intenta huir precisamente porque saben que alguien los vigila desde lo más alto, no obstante que ellos mismos no pueden ver al vigía.

Bajo esa lógica, el dispositivo del panóptico se convierte en una forma de auto-regulación de la conducta del preso.

La moral es una manera de regular la conducta humana bajo determinados límites, en condiciones de opresión y explotación. El gran problema de este dispositivo es descubrir su trasfondo, porque el poder se presenta como un artista a la sociedad, como una acción de “amor”.

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