Arístides Luis

La reciente distribución del texto alfonsino Cartilla moral, escrito en 1944 a petición del entonces secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet, ha provocado una polémica confusa y ambigua. La evocación que el texto propone a muchos por su nombre, ha colocado en posición de guardia a una parte de la población.

Es su defensa hay que decir, a priori, que su autor Alfonso Reyes es y será siempre un hombre digno del panteón intelectual mexicano. Sea cual sea el tesón político al que estemos inscritos, la lectura de Reyes debe ser imprescindible en nuestro país. Segundo, la versión distribuida por AMLO es una adaptación que data de 1992. Es fácil imaginar lo mucho que ha cambiado la dinámica del país y la del mundo desde aquellos días. Dicho esto, la consigna es: léase con cuidado, pero léase.

Una vez puntualizado lo anterior, es pertinente abordar lo que esa simple acción de gobierno ha levantado. Hay que poner el ojo sobre la serie de controversias y enfados que provocó, no el contenido, sino su distribución. Hay un enojo desaforado y torrencial que parece abrevar esas acciones para alimentar su impulso impasible de reclamo.

Adoctrinamiento, fascismo, autoritarismo y dictadura; con ese tono, tan grave y peligroso, en el seno de la opinión (redes sociales, prensa, televisión, radio etcétera) se han armado de una postura quienes, apenas en los albores del gobierno de AMLO, parecen haber elegido el camino de la oposición.

Aquí es en donde me detengo. ¿Es eso en verdad una oposición política?
En efecto, la democracia se sostiene a partir de las posturas contrapuestas, o en desacuerdo, si bien no siempre de manera absoluta y radical. No obstante, solemos asociar esa confrontación como una forma crasa de disentimiento que suele demarcarse por bandos: izquierda-derecha, demócratas-republicanos, y de vez en cuando algunas aberraciones como el centro-izquierda o la derecha moderada.

Sea cual sea el caso, debemos aceptar que sin tensión entre antagónicos, ni el sufragio ni la participación ciudadana, ni la representatividad, tienen sentido. Cuando “todos están de acuerdo”, algo anda mal, alguien está mintiendo.

La estructura que subyace a la democracia es el diálogo, la interlocución y el consenso. Alguien dice que no y otros que sí. Por esa razón, cada postura debe quedar bien establecida y clarificada, en sus fundamentos y principios ha de ser transparente y procurar no obstaculizar el intercambio con trucos del lenguaje, retórica y desinformación/información manipulada. Es preciso que en la dinámica democrática nos cuidemos de no sucumbir a los fantasmas ideológicos no identificados.

En ese sentido, la distribución de una cartilla, es decir, una base conceptual, un manuscrito que contiene los elementos primordiales para encaminarse hacia algún saber, en este caso moral, simboliza la declaratoria de un gobierno dispuesto a ser exigido. Aceptemos eso como un desafío.

Analizado a través de la polémica débil, es decir, como una acción de adoctrinamiento o un proto-fascismo, estamos excluyendo la posibilidad más importante que se abre con esa simple acción: la de volver a entablar un democrático diálogo en torno a las preguntas fundamentales.

Es momento de reconocer que nuestra conducta, específicamente en México, la que se ha hecho visible casi a plenitud durante la segunda mitad de 2018, el racismo ignorado, la división de clases y las distancias culturales que han abierto ciertos regímenes políticos y económicos, los predicamentos fundamentales de la educación y la agonía de las humanidades, aspectos que parecían haber desaparecido durante décadas, en realidad yacían ocultos por un fantasma de la ideología. Es momento de reconocer que hemos vivido bajo el velo de una paz relativa, una paz que en realidad solo es menos guerra.

Debe ser dicho preliminarmente: ese espectro, que dormía plácidamente bajo las sábanas de una ilusión común y anónima, se conforma de ciertos conceptos e ideas, organizadas de modos específicos a través de una larga historia epistemológica. Ese sistema de conceptos mayores, que determinan nuestra conducta, la forma en que nos organizamos como sociedad, la manera en que concebimos el mundo y a nosotros mismos en y con él, constituye un paradigma:
El carácter a la vez semántico, lógico e ideológico del paradigma es generativo y organizacional: determina la inteligibilidad y da sentido, determina las operaciones lógicas rectoras y es el principio de asociación, eliminación, selección, que determina las condiciones de organización de las ideas.

Así, el paradigma “orienta, gobierna, controla la organización de los razonamientos individuales y los sistemas de ideas que le obedecen”.

Aceptemos de una vez por todas que a este nivel ha iniciado la transformación, y a este nivel debe comenzar a alimentarse tal metamorfosis si es que un cambio como el que se propone ha de ser verdaderamente auténtico.

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