Se había aquerenciado de tal manera del centro del mineral de argento, que conocía desde mínimos detalles de la fundación de la añeja plaza Mayor, de Mercaderes, Principal, Constitución. La abuela, en la sexta década del siglo XX, insistía en que “¡la identidad y raíz es como el cuero, el pellejo, la piel, la llevamos a la vista, es parte de la naturaleza de cada prójimo como habitante de una población!” y repetía “la persona debe ser el más limpio y trascendente significado en la vida de la villa, como miembro diligente con compromisos verdaderos y honestos siempre en cuanto a sus orígenes y a sus raíces”. Nunca aportará cosa de valor lo dicho como historia, la versión construida a pedido oficial, copiando hasta el título, adaptada y hasta inventada para complacer autoridades y altos estratos sociales, para sumarse a esa farsa y engaño, al tiempo que los trapecistas y oportunistas alagan y participan de la usurpación de la real historia.
Refirió sin miedos ni temores sobre los vicios del alcohol y prostitución avivados en las faldas del cerro de Las Coronas, “¡allá arriba!” ocupando esa parte del centro de Pachuca, delante de las autoridades aparentando no ver, no oír, ni saber. La viejilla sin ser mocha siempre citaba lo consignado en el primer libro del “Pentateuco” de La Biblia escrito por Moisés, del texto de la creación contaba de cuando el patriarca Abraham fue a Egipto con su hermosa esposa Saray-Sara a la que pidió mintiera diciendo que era su hermana para que lo trataran bien y “viviera gracias a Sara”, cuando Faraón en su palacio la tomó como mujer, recibió Abraham a cambio de su esposa burros, vacas, camellos, ciervos… “¡hecho que trajo el mal oficio!” ultimó la anciana.
La abuela debido a su amplio criterio, pero más por curiosidad, conoció el teje y maneje de cantinas, tugurios, cabarets, enborrachaderos, desplumaderos, y prostitutas a las que mentaba por nombre y apodo. Hasta alardeaba tener amistad con acreditadísima suripanta, una güila de edad avanzada más amenos contemporánea de la viejilla, que llegó a la villa desde Oaxaca a trabajar y vivir, pocos supieron su nombre completo, la anciana la llamaba con respeto Bartola, mujer muy morena, de tipo y rasgos indígenas con larga cabellera y de trenzas recogidas en la parte superior de la cabeza, con vistosos y coloridos estambres y listones, luciendo grandes y relumbrantes peinetas, presumía elegantemente más arrugas que una ciruela pasa, de labios pintados en rojo intenso, mejillas polveadas y resaltadas en bermellón, mantilla negra, naguas estampadas con grandes flores “teca”, zapatos bajos, medias de popotillo que alardeaba al caminar.
De esa mujer resaltaba su porte al andar por la plaza del jardín Constitución a finales de 1967, lucía enormes aretes, esclavas y collares con cobrizas monedas, anillos brillando piedras de colores, la población confundía su origen llamándola de “gitana”. Popularmente toda una dama, figura del centro histórico del viejo mineral, inspiradora de leyendas incluso fuera de los prostíbulos de “allá arriba”. Conocido es que el costo por utilizar sus servicios en las diferentes maneras de complacer era el más barato, lo que le permitió gozar de incontables marchantes de todos los tipos desde policías, albañiles, empulcados, estudiantes, teporochos, mariguanos, individuos embrutecidos completamente por el alcohol, soldados, aguadores, cargadores y uno que otro desquiciado mental.
Es memorable el apodo de Bartola la Charrita, pues fue bien conocida por la población, la mujer de más de 80 años alguna vez confesó a la viejecilla “si Sara mujer de Abraham tuvo hijos a los 90 años ¿yo por qué no tendría que ganarme la vida de p…prostituta a mi edad?”. En ese alto razonamiento andaba Bartolita cuando tristemente murió masacrada a golpes, muchos dijeron que fue para robarle sus incontables baratijas que utilizaba como joyas, algún otro aseguró que fue muerta por un cotidiano marchante que gozó de sus placeres, aquel que al despertar en los degradantes aposentos y en brazos de la anciana y notada prostituta, en arranque de su realidad, terminó de una vez y para siempre con la causante de sus filias y fantasías, la histórica y académica Charrita.
Los aposentos o cuartos de ellas, como en el que se consumió y sucumbió Bartola, fueron pequeñas mazmorras a las que invitaban a pasar a entrar “ven chato, no vas a pasar”, “güero vamos al cuarto”, “pasa te trato bien”, siempre hubo un buen arreglo, un trato para ingresar a la minúscula habitación a un intercambio breve de fluidos. Ahí había un pequeño camastro, un foco que disimulaba la penumbra, a la izquierda una mesita de madera con algunos frascos y cajitas, el imprescindible espejo, un peine, en una repisa fija sobre la pared de revocado rústico que presumía la imperfección de su manufactura guardando pequeñas muestras de fino polvo, colgada de un clavo y enmarcada la figura del Sagrado Corazón de Jesús, una estampa de San Martín Caballero, todo precedido de una pequeña mata de zabila con raíz, algunos escapularios, un ojo de venado en cada estreno de la repisa sobre el espejo y en desvencijadas cajas de cartón se asomaban tímidos ropajes.
Luego de haber revisado, manipulado y lavado con agua caliente y jabón Jardines de California en un lebrillo de peltre estampado en finos motivos florales “lo más principal del cliente”, al pequeño camastro se accedía sorteando dos sillas bucólicas. En la pared sobre el lado de la ausente cabecera lucía un enorme cromo de calendario con marco de madera de la Virgen del Tepeyac, de la Guadalupana, a la que se encomendaba en su cotidiana y extenuante labor la mujer. Una veladora de la Cruz Perpetua daba vida espiritual al espacio de “recogimiento”.

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