Una de las muchas desgracias de este país consiste en que en cada estado de la República, en cada municipio y hasta en cada localidad se hayan entronizado familias y grupos reducidos que dominan el campo de la política y de la economía. Y esto se vuelve dramático, dado que, en Hidalgo es de sobra sabido que el negocio más lucrativo, ante el nulo crecimiento económico, así como por la discrecionalidad y opacidad con la que manejan los recursos, es la administración pública.
La clase dominante en Hidalgo, para algunos, no más de 10 familias, tiene en estos momentos severos problemas para su sostenimiento debido a sus excesivas corruptelas. Jesús Murillo las inicia robándose todo lo robable. Núñez Soto lo secunda y ayuda a consolidar el control de aquel que lo impuso. Osorio, gris e indiferente, continúa con la instrucción de embarrarse hasta donde su imaginación le alcance. Olvera sin sorpresa, cleptómano de nacimiento, cumple el cuarto de siglo de desgracia Estatal. Y llegamos a Fayad, sin ninguna esperanza de que se modifique la suerte de los Hidalguenses.
Sin compromiso social, sin visión ni vocación, este gobierno puede cerrar el ciclo de esta generación de degenerados. ¡Esa es la crisis de esos dominadores!
Resulta que aparece un fenómeno llamado AMLO, quien ante tanta insistencia nos empodera y nos quita el miedo y en esa vía llegaremos al primero de julio. Sin miedo, con memoria y abrazando la posibilidad de no solo terminar con décadas de dominio y saqueo inhumano, sino también con la callada posibilidad de hacer que devuelvan parte de lo que acumularon esos pillos. ¡Recuperar lo robado será la evidencia del cambio verdadero! No será sencillo. Pero sí es posible. La crisis de la hegemonía Hidalguense y en general, de todo México, la describe mejor Antonio Gramsci cuando nos dice: “Estamos en la dificultad de no ver morir aun lo que debe morir y tampoco ver nacer lo nuevo que debe nacer, ¡lo glorioso es que estamos!

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