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En junio bien vale la pena recordar al general Felipe de Jesús Ángeles Ramírez, orgullosamente originario de Hidalgo, en particular del municipio de Zacualtipán. ¿Y por qué recordar a tan augusto personaje justo en este mes? Bueno, pues por ser un día 13 de junio pero de 1868 cuando nació.
Es una de las figuras más nobles y generosas de la historia mexicana. Representa lo mejor de nuestro pueblo y lo más puro del sentimiento patrio. Su trayectoria como militar profesional fue impecable: distinguido alumno del Colegio Militar, preparado oficial de artillería, notable matemático, respetado profesor y, finalmente, uno de los más recordados y apreciados directores del heroico plantel de Chapultepec.
Ángeles, además, se convirtió en sinónimo de lealtad al apoyar hasta el final al presidente Madero y luego, para no ser cómplice del huertismo, se unió a la Revolución, donde alcanzó la gloria al dirigir la artillería de la división del norte de Pancho Villa, librando épicos combates como el de Zacatecas, triunfo obtenido gracias a Felipe Ángeles.

Más tarde, Ángeles quiso dar vida a sus ideales de redención social, pero los propios revolucionarios lo impidieron; fue fusilado por creer que la patria era algo más que los rufianes que la gobernaban.
Durante la Revolución mexicana, la división del norte era conocida por la efectividad de sus tropas a caballo, por su velocidad y audacia en sus ataques. El general Felipe Ángeles se unió a este ejército en 1914; tenía la amistad de Pancho Villa y de Madero, era respetado por Zapata, a pesar de haber luchado en su contra cuando fue mandado por Francisco I Madero a combatirlo. Pero su ética y humanismo no dejó una huella llena de tropelías como en su momento sí marco Juvencio Robles y el propio Victoriano Huerta en Cuernavaca contra los zapatistas.
La grandeza de Ángeles llegó a tal punto que era coherente con sus ideas y actos, estos se reflejaban en los más mínimos detalles, como es el caso de sus caballos; Napoleón tenía a Marengo; Alejandro Magno a Bucéfalo; Simón Bolívar a Palomo; Zapata a su As de oros y Villa al Siete Leguas, que cabe destacar en realidad era una yegua, según lo marca el libro de Paco Ignacio II Pancho Villa una biografía narrativa. Los grandes personajes siempre tuvieron a su lado a un caballo que los acompañaba y ayudaba a salir –en muchas ocasiones– victoriosos en sus batallas.

El general Ángeles, encima de todo, amaba a sus caballos. A todos los bautizaba con el nombre de sus ideales. Tuvo a Woodrow Wilson, en honor al presidente de Estados Unidos; a Alejandro Magno, por el gran conquistador; durante la batalla de Zacatecas en 1914, sus corceles hacían referencia a Napoleón: Ney, mariscal de este fusilado en 1815, y Curély, general de la caballería ligera de Napoleón en Rusia. Tenía también a Pancho Villa, que le presentó a Pancho Villa personalmente, quien quedó fascinado por la belleza del animal.
Turena fue el mejor mariscal que tuvo Francia bajo el reinado de Luis XIII y Luis XIV, Ángeles tomó el nombre para bautizar a uno de sus caballos predilectos. En junio de 1915 partió a Washington en una misión encomendada por Villa y después se quedó en el exilio. Por ello, a Villa le heredó en vida a Turena. Y “cabalgaba Pancho Villa por la sierra de Chihuahua en enero de 1916, después disuelta por él mismo la división del norte el 19 de diciembre de 1915”, narra Paco Ignacio II. “Sobre Turena seguía cabalgando a mediados de marzo de ese año por la región de Galeana, después del ataque a Columbus, eludiendo la persecución de la Expedición Punitiva”, relata José María Jaurrieta.

En diciembre de 1918, Felipe Ángeles regresó a México para unirse a lo que quedaba del ejército del Centauro del Norte, montado en John Brown, su último caballo. Con ese nombre, Ángeles no exaltó la grandeza y poder de los personajes anteriores, sino la igualdad y la justicia, pues John Brown fue el jefe y portavoz de la revuelta por la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Ángeles siempre procuró defender las causas justas y evitar los actos de barbarie y como reflejo de su ideología y recto temperamento, bautizó como John Brown a su último compañero.
Lamentablemente la sombra de la falta de valores nos persigue a diario; políticos, funcionarios, docentes, vecinos de colonia, en fin, hasta nuestros familiares, en absoluto llevan a cabo la máxima de ser coherentes con sus ideales y sus actos ya que “dicen una cosa y hacen otra”. Sin embargo, argumentan que lo son. ¿Tú lo crees?… Yo tampoco.

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