¡En domingo gozosa en grado sumo silbando y tarareando brincando de alegría, superando a las parvadas que no paraban de trinar en las anidaciones del enorme y viejo árbol de piru del patio de la vecindad en esos fríos, airosos y soleados amaneceres de la sexta década del siglo XX, la anciana abuela llena de ilusiones para un porvenir mejor al haber “subido la onza Troy”; el precio internacional de la plata, los labradores mineros presumían del “premio de la plata” que recibían del “reparto” de un sobresueldo al esfuerzo por la magnífica producción de argento y sobre todo por la “esperanza” de tiempos de mejora.
Así fue el día a día, destacando el domingo Día del Señor, así lo decía la vieja abuela, en la mañana el desayuno-almuerzo-enchilón se volvía un relato familiar para terminando apresurarse a agarrar camino a los lugares antiguos del añejo mineral de Pachuca, sin olvidar las célebres audiciones de las músicas en artística pérgola de la plaza Constitución-plaza Mayor, ya destruida. En esa degustación, sentada toda la familia al filo de las hermosas sillas de madera rústicas de pino pintadas de colores chillantes artesanalmente tejidas de tule, en la mesa sobresalía el platón de barro con los aromáticos, tostados, crujientes y calientitos bolillos de la primitiva panadería La Esperanza, negocio situado hasta el día de hoy enfrente de la parte posterior de lo que fue la Catedral de los Cines del mineral, El Iracheta, en la calleja empedrada, torcida y chueca de Abasolo, esquina con Bravo, ahí de cara a lo que fue también la antigua y vieja arena de lucha libre.
Con bolillo en mano relleno de un aguacatito de cáscara delgada recolectado en la Barranca, bocado en boca recitaba de memoria: “La Esperanza, nuestra dulce amiga que con pan de dulce nuestras penas mitiga y convierte con teleras, burras y bolillos en vergel nuestro camino”. Esa decrépita mujer no fue mocha ni devota, pero las palabras llegaban a profundidad en ella, pues las entendía más allá del común; tenía a La Esperanza como una de las tres virtudes teologales junto con la Caridad y la Fe, y como hábito le gustaba ligar su plática con la historia del virreinato novohispano jalando aire para incitar la memoria.
Tomó la palabra alzando las manos y vocalizando expresó: “Esto es nada más para ilustrar, en los últimos años del siglo XVIII llegó a México el escultor y arquitecto valenciano Manuel Tolsá, quien asumió los trabajos de la catedral metropolitana en su última etapa después de casi 200 años de principiar su levantamiento. Encontró que el gran cuerpo de la edificación era ‘macizo’, sin embargo, con su pericia mitigó su aspecto pesado atendiendo a que por su hechura dominaba su conjunto. Las elevadas torres ocultan las maravillosas formas de la fachada y los cuatro contrafuertes, en parte las portadas de las ingeniosas naves centrales, decidiendo el escultor continuar la construcción sobre la fachada principal para lograr la unidad y un gran elemento que igualara la altura del desplante de las torres para aminorar el volumen, coronando con las magníficas, hermosas y artísticas estatuas de las virtudes teologales (Esperanza, Caridad y Fe) de tamaño monumental y de magistrales proporciones en armonía con la totalidad del conjunto que logró con el excelente y gran elemento del cubo del reloj”.
Luego de tanta iluminación, la viejilla volvió a las cosas de la villa de Pachuca recordando a don Gabriel, nieto del conocido revolucionario tlaxcalteca general Marcelino Pérez Telpalo. Supo que el general mandó a sus hijos Casimiro, Marcelino, Manuel y Macedonio a esta villa minera en los primeros años del siglo XX, en parte para protegerlos y alejarlos de los rescoldos de la guerra civil mexicana iniciada en 1910 y para desempeñarse en la región de los cuatro reales mineros en auge, con la fama de la explotación de plata que había trascendido a la zona centro de la nación mexicana.
La arrugada y anciana mujer, sin dejar de disfrutar de su bolillo de La Esperanza, pues masticaba y platicaba a la vez, contó que los hermanos Pérez Telpalo se instalaron en este real laborando en diferentes fundos mineros, de ahí se retiraron en unos años alejándose de los sombríos y aguosos tiros y socavones. Buscaron acomodo en la producción del “santo pan” gozando del suculento, aromático y delicioso producto de los amasijos, cocido en leña en los artesanales hornos de concha o cúpula, elaborado con la fina harina de trigo de los molinos de El Dorado de Pachuca.
La anciana, alzando la voz y señalando con la mano extendida, aseveró: “en la segunda mitad del siglo XX aprendieron el oficio de horneros sudando en una de las panaderías de mayor gusto de la villa minera, ubicada en el añejo camino real que llevó a la capital del virreinato español, hoy calle de Guerrero, en la conocida y buscadísima La Colorada, fincada a unas varas al norte de la antigua gran panadería La Princesa, establecida a finales del siglo XIX. A grito abierto, la vieja mujer soltó “La Colorada fue fundada por su propietario don Marcelino Villegas, siendo el encargado del amasijo y horno Don Luis Roldán, de su labor se desprendía el santo olor del pan, el de los aromáticos, sabrosos, olorosos cocoles rellenos de nata, arroz con leche o cajeta”.
El cascabel al gato. ¡Yo tenía un tuzoburro…! ese tan cabildeado y pregonado transporte “quesque del primer mundo, noble y amigable para los de a pie”, del que no queda ni 30 por ciento de lo alardeado por políticos ladrones del exgobierno de Pacorro, pues sin funcionar y desquiciando el tráfico de la ciudad, costó más de 2 mil millones de pesos ¡una burla! El metrobús de la línea Indios Verdes-Santa Fe, con camiones de Escocia de dos pisos e instalaciones de primera, no costará más de mil 300 millones de pesos. ¡Eh! ¡Ya nos robaron!

No votes yet.
Please wait...

Comentarios