El mundo moderno, postmoderno, postneoliberal, ultraglobalizado… y todos los conceptos creados por los pensadores contemporáneos para explicar la actualidad solo nos reitera a los desposeídos que ya ni el lenguaje ni sus significados son nuestros. Porque además de arrebatar los medios de subsistencia y el usufructo de nuestra fuerza de trabajo, también nos han robado la utopía.

En el campo científico, a menudo los académicos se ufanan de emplear metodologías importadas y poseedoras de altísimos grados de sofisticación, porque contienen significados “bien dichos”; contrario a la ciencia de los nadie, de los pobres, de los tercermundistas, los del sur, esos que solo usan una lengua mal dicha y hacen intentos para emular la ciencia del norte.

Los nadie no pueden aspirar a hacer arte, solo artesanías, porque sus manos no se disciplinaron en la academia; su canto son alabanzas y fanatismos porque no son diestros en las notas y las partituras, por ello no pueden aspirar a interpretarse en los recintos del glamur y del arte de los doctos.

De igual forma, la ciencia desde el sur es una utopía porque el mercado decanta y estandariza todo, incluyendo la forma en que construimos, aplicamos y vendemos conocimiento. De hecho, no hay ciencia del sur porque los científicos escriben y legitiman su existencia al escribir en las mejores revistas y plataformas editoriales, esas que le llaman de alto factor de impacto; las que legitiman lo bien dicho, esas que leen los del grupo selecto de los bien escritos, que pueden modelar, predecir, cuantificar la pobreza y analizar a los pobres, pero jamás han sentido empatía por ellos. La ciencia burguesa también existe y es predatoria con la misma lógica de la razón de mercado.

Por ello, para recuperar el habla, la utopía y construir la ciencia desde el sur, como diría Mario Benedetti, nos hace falta repensar la participación política de los desposeídos y reinterpretar la resistencia. De hecho, hay varios caminos para resistir: sonando las cacerolas en las calles, haciendo barricadas, empuñando pañuelos verdes, poniéndose chalecos amarillos, desnudos y desnudas o hasta usando un pasamontañas. Hay miles de formas para resistir y decir basta, porque todas las luchas son dignas y respetables, pero ¿serán suficientes frente a la embestida de este capitalismo tan inteligente?

El enemigo se ha transformado, se ha introducido en todos los espacios de la vida económica, política, social y cultural de toda la sociedad en su conjunto. El mercado y sus seductores mecanismos nos engañan y nos ofrecen falsas esperanzas, por lo que fragmenta las luchas y confronta a los que resisten. Pero, si un día las inconformidades se aglutinaran en una sola lucha, es decir, que las resistencias se globalizaran, quizá solo así el mundo verdaderamente se transformaría.

¿Qué sucedería si a lado del pañuelo verde también resistiera el obrero, la trabajadora del hogar, los campesinos, los estudiantes, los indígenas, los de pasamontañas, los docentes, los gays y las lesbianas, hombres y mujeres excluidos?
Quizá nuestras luchas fueran más certeras si todas las dignidades que resisten se fusionaran en una sola, quizá solo así podremos construir la utopía del mundo que hoy más que nunca es necesario construir, no como un sueño poético sino como una necesidad de sobrevivencia.

Desde esta trinchera de palabras, unas veces bien dichas y otras mal dichas, hago mías las rabias y las luchas de los que resisten, porque donde se defienda la dignidad humana, seguramente esta pluma estará acompañándoles. Porque también resistir no solo es derribar puertas, sino también buscar las llaves para abrirlas.

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