Durante milenios, en las sociedades precapitalistas se producían bienes destinados al consumo de los productores, no para venderlos en el mercado (recuérdese que una mercancía es un producto que se intercambia por dinero; de hecho, en un sentido estricto, mercancía y dinero vienen al mundo tomados de la mano). Se producía para cubrir necesidades. Con el correr del tiempo, y desde antes, incluso que con los fenicios, comenzaron a aparecer relaciones comerciales, aunque todavía marginales, pues solo una pequeña parte de la producción se destinaba al mercado. Mucho tiempo después, en feudos o haciendas, se generaban todos, o casi todos, los productos que ahí se consumían, y solo se compraba lo que llegase a faltar. Eran unidades de carácter autárquico, que consumían todo lo que producían y producían todo lo que consumían. Ciertamente, no era una autarquía absoluta: poco, pero algo se compraba, y aunque solo fuesen los sobrantes, pero algo se vendía. En esas circunstancias el mercado y la competencia, a él asociada, no fueron la relación social dominante. El riguroso cálculo de los costos, y su obsesivo abatimiento, no se imponían como criterios fundamentales para producir.
Con el advenimiento del capitalismo, la producción se destinó en medida creciente al mercado y, al final, toda ella; mientas, la necesidad de vender se tornó condición vital para el éxito y la existencia misma de las unidades productivas; a partir de entonces la divisa fue: o vender o morir. Y en esas circunstancias, la competencia se convirtió en el factor decisivo, cual terrible espada de Damocles, pendiendo siempre sobre el cuello de todo empresario. Vino a imperar en las relaciones sociales; con ella se impuso la preocupación por producir más y más barato y elevar la competitividad, por vender y realizar la ganancia, como una relación social objetiva, no voluntaria, a la que había que someterse.
Sin duda produjo efectos benéficos, como acicate económico, obligando a desarrollar la capacidad productiva, reducir costos, introducir innovaciones tecnológicas, fomentar el desarrollo de la ciencia como fuerza productiva y mejorar la organización de la producción. Ganar el mercado llevó a una mejora del sistema productivo a niveles hasta entonces inalcanzados. La competencia se convirtió en un formidable mecanismo de presión, que con la fuerza de la selección natural, eliminaba a los menos adaptados.
Cuando se la ha cancelado, el sistema productivo se estanca. Sin la presión de un competidor, las empresas no se modernizan. Así ocurrió en México, sobre todo a finales del modelo de sustitución de importaciones, que libró a las empresas nacionales de amenazas externas, otorgándoles poder de monopolio en un mercado interno cautivo, donde no importaban los costos, la calidad de los productos, ni la competitividad. Todo el éxito comercial dependía de la protección gubernamental. Así operó también la economía soviética, colapsada a la postre, víctima de su propia ineficiencia. La competencia tiene también sus fundamentalistas, que la elevan a la categoría de poder absoluto, casi místico, por encima de los seres humanos y sus relaciones; ven en ella la relación social ideal e imprescindible para estimular la producción, llena de bondades, que ciertamente tiene, pero sin defectos. Sin embargo, la experiencia secular del capitalismo ha mostrado claramente que la competencia no tiene solo aspectos positivos, sino consecuencias socialmente desastrosas. Entre ellas, ha destruido a las pequeñas empresas y creado estructuras de oligopolio y monopolio que dominan al mundo. Paradójico, así es, pero el monopolio es hijo de la competencia, aunque, ciertamente, termina suprimiéndola.
La competencia entre naciones ha arruinado muchos sectores económicos en los países pobres, como la agricultura, reforzando la subyugación. En otras, ha sido perversamente manejada, haciendo que los trabajadores, con bajos salarios, hambre y pobreza, paguen por la competitividad. El desempleo y la violencia también son resultado de ese imperio absoluto, pues obliga a las empresas a despedir a los trabajadores considerados “sobrantes”, para reducir el pago de salarios; en la encarnizada competencia, buena parte del personal se vuelve una gravosa carga que daña la competitividad y afecta las utilidades. También, en el afán de ser competitivos, los empresarios atentan contra el medio ambiente, transfiriéndole muchos de los costos: se destruyen bosques, suelos y cuerpos de agua y se contamina el aire. Finalmente, la competencia lleva, necesariamente, a la guerra, para abrir mercados, como vemos hoy en Libia, Irak y Afganistán.
En resumen, mientras predomine la economía de mercado, la competencia presidirá las relaciones económicas y la organización de la producción, y ninguna empresa sobrevivirá si no se somete a tiránicas exigencias; sustraerse a ella sería una utopía, y todas deberán encontrar la forma de vencer en ese ambiente de guerra despiadada, de todos contra todos. Pero si bien no puede suprimirse mientras exista el mercado, por su propio bienestar, la sociedad requiere acotar ese imperio. Algún día, la humanidad alcanzará formas superiores de organización que le permitan moderar la competencia y organizar racional y científicamente la producción, atendiendo no a los requerimientos del mercado, sino a las necesidades sociales, en un sistema donde impere la cooperación entre naciones, individuos y grupos sociales. Mientras tanto, atendiendo a nuestra realidad, es forzoso que los pueblos aprendan a manejar la competencia de forma tal que obtengan de ella lo positivo, pero protegiéndose de los efectos socialmente dañinos; no pueden vivir subordinados incondicionalmente a sus exigencias. Deben manejarla como un instrumento, útil, sí, pero también peligroso si no se le sabe usar, y, peor aún, si se la vuelve emperatriz del mundo.

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