Una mujer fue agredida a golpes por su expareja, ese es un asunto que sucede a mujeres todos los días, los siete días de la semana durante los 12 meses del año, solo que ese caso es visible para la opinión pública porque el agresor es conocido por ser militante y dirigente de un partido político. Ella también milita en ese partido, incluso está a cargo de la sección de mujeres, solo que en la defensa de las causas ella tiene desventaja por el simple hecho de ser mujer.

La noticia de la violencia ejercida por el dirigente estatal del partido fue circulada en los medios e inmediatamente los otros dirigentes del partido aseguraron que la noticia tenía un trasfondo político. Tal reacción corresponde a patrones culturales machistas que se expresan en complicidad y solidaridad para el varón, esa complicidad en un primer nivel involucra a otros hombres, luego a mujeres crecidas y creídas bajo esquemas machistas que justifican la violencia entre parejas como un asunto exclusivamente doméstico y privado.

La ley señala que la violencia contra las mujeres es “cualquier acción u omisión, que a través del uso o abuso del poder ejercido sobre la mujer y basada en su género, tiene por objeto, fin o resultado causar la muerte o un daño físico, psicológico, patrimonial o sexual en el ámbito público o privado” (LAMVLVEH, 2007).

Los golpes y lesiones visibles en el cuerpo de Flor Ibarra expresan solo un tipo de violencia, pero investigaciones al respecto demuestran que la violencia física tuvo que ser antecedida por violencia psicológica, entre otras violencias. Entonces, todas las mujeres que con su voz y cuerpo se reconocen y asumen como víctimas de violencia física, antes tuvieron violencia psicológica, patrimonial o sexual por parte de sus parejas, situación que puede sumar meses y/o años.

Es indispensable visibilizar que la violencia en contra de las mujeres también involucra a las personas que tienen bajo su cuidado, porque en el tipo de sociedad que vivimos, impone como mandato de género que las mujeres seamos cuidadoras de los niños y niñas, de los y las adultas mayores y de todas las personas con discapacidad o enfermedad, entonces, cuando una mujer es violentada también son testigos y afectados todas las personas bajo su cuidado.

En la violencia ejercida por el dirigente estatal en contra de su expareja, el primer rostro que se asoma es de una mujer adulta que requiere que se salvaguarde su derecho a una vida libre de violencia. Quizá para la dirigencia del Partido del Trabajo (PT) los derechos de Flor Ibarra como mujer y militante de ese partido no sean importantes ni defendibles, porque el orden patriarcal machista así lo dictaminan, entonces, hago visible el derecho de la hija de su dirigente de partido, porque en su calidad de niña tiene el derecho a una vida libre de violencia (Artículo seis, 13 de la LNNAEH, 2015).

Según los estatutos del Partido del Trabajo “todas las personas que militan en el PT se identifican con la ética revolucionaria y la toman como base en sus relaciones recíprocas y en su conducta hacia las mujeres y hombres sin distinción de raza, color, creencias o nacionalidad. Quien renuncie, en los hechos, a practicar los principios de nuestra ética, no será digno de ser petista”.

Me parece que la agresión en contra de Flor Ibarra por parte de su expareja, evidencia que hace tiempo el dirigente estatal del PT se separó de los principios éticos de su partido, pero resulta alarmante que ese alejamiento de principios haya sido atestiguado y protegido por otros petistas.

Ahora el asunto está en manos del gobierno del estado de Hidalgo, quien a través de sus instancias respectivas pueden hacer justicia para una mujer y una niña violentadas por un familiar directo, o en su defecto pueden dejar pasar el hecho porque la trascendencia y visibilidad del agresor impone intereses para los grupos de poder.

En ese caso de violencia de género, están involucradas directamente dos mujeres con edades distintas que son representativas de lo que viven miles de mujeres en nuestra entidad, Flor y su hija merecen ser respetadas en su derecho a una vida libre de violencia, las mujeres y los hombres solidarios esperamos de nuestras autoridades trasparencia y justicia que nos demuestre que la complicidad machista puede romperse en beneficio de mujeres y niñas que merecen ser respetadas en todos sus derechos.

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