La conjuración de los brujos

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El viento ondeaba la enorme carpa que cubría la plaza central de Chäcapuú y los cabellos de los aldeanos reunidos alrededor; aunque vigoroso, el mismo viento no lograba apagar las estrellas que titilaban claras en el infinito. De la noche descendió un globo aerostático para posarse, lento, entre exclamaciones de asombro, en un claro de antorchas dispuestas para el aterrizaje, un lacayo se apresuró a abrir la puertecilla de la canasta del globo para dar paso a la entrada triunfal del líder de los aldeanos: el mago Rojo.
Un pelotón de caballeros envestidos en armadura, espadas y lanzas en ristre salieron debajo de la carpa para resguardar de la población el discurso del gran mago Rojo, quien habló con voz magnificada mientras su barba oscilaba a la dubitativa luz de las antorchas fluctuantes de viento: “aldeanos, os he convocado a este vuestro corazón citadino para mostrarles el monumento que habrá de perpetuar a Chäcapuú en la historia, el que será, y es, un orgullo para todos y cada uno de ustedes, de nosotros, y aunque demoramos en su edificación, el resultado habrá de glorificarnos. Sin más preámbulos ¡observad!”
Rojo alzó su cayado, que fue la señal para que su guardia retirara la lona y descubriera, ante la expectativa y el aliento contenido de los aldeanos, una enorme estatua de bronce del propio Rojo, sobre un empedrado y… nada más. El pelotón chocó sus armas contra el suelo a modo de ovación, el fuego de las antorchas dudó, los aldeanos quedaron callados y comenzaron a murmuran.
Esto lo previó Rojo. Ahora, murmuró un hechizo, entrecerró los ojos a modo de concentración, su cayado impactó el empedrado y gritó a la noche. Fuegos multicolores brotaron del cayado hacia la negrura, espirales de hielo azul iluminaron a los aldeanos, chispas naranjas bailaron con el viento, moradas constelaciones originaron aclamación de la población, bombas escarlatas de estrellas artificiales se expandieron para implotar y estallar de nuevo y desaparecieron… como las dudas alrededor.
El globo aerostático partió hacia el cielo nocturno con Rojo adentro, hacia el castillo del gran mago, la población aplaudió y, con comentarios festivos, regresaron a sus chozas por caminos de tierra. La guardia quedó al pie de la estatua, renovando durante la noche las antorchas que se extinguían.

*****

“¿Y qué podemos hacer? Solamente somos un montón de aldeanos”, “tiene razón. En cambio él, él tiene la magia de su lado”, “¿es que no están cansados? Quítenle las estrellas artificiales y el espectáculo de la plaza fue un fraude”, “cierto, como ocurrió con la presa que hizo al pie de su castillo”, “y no olviden el camino real, ese tan bien empedrado que prohibió el uso de carretas porque fueran a gastarlo y sólo puede usarlo su guardia”, “¡y los impuestos! No lo olviden los impuestos, ya vendo mis legumbres únicamente para pagarle y hacer sus horribles estatuas”, “¡pero nada más somos aldeanos!”, “pero antes teníamos magia, control de los elementos, antes que él apareciera, como dicen los abuelos”, “ya es suficiente, debemos ir por él, acabar con él”, “pero sólo somos un montón de…”
La reunión llegó a su cúspide de ánimos, los reclamos continuaron, salieron de la choza donde estaban congregados, rumbo al castillo del gran mago Rojo. En el camino los aldeanos se armaron con hoces, palas, piedras, tridentes, cualquier cosa que pudiera ser arrojada o clavada. Muchos más se unieron a la multitud, otros más atrancaron sus puertas, “¿cuánto tiempo lleva vivo ese méndigo mago embustero?”, el sol llegó al cenit, “tiene casi un siglo”, “pues llegó la hora que vaya a conseguir otro pueblo que pague lo que él pide”.
Desde su castillo, el mago Rojo vio el arribo de casi toda la población de Chäcapuú. “Vaya, después de lo que he hecho por ellos”, se dijo el mago y de inmediato desplegó el total de su guardia.
Los caballeros marcharon en busca de la confrontación, desenvainaron espadas y apuntaron lanzas, los escudos formaron una falange; los aldeanos no se amedrentaron, exaltados por casi 100 años de abusos: voló una primera piedra. Las armaduras embistieron, una hoz se rompió contra un casco, el escudo de un guardia paró un tridente y la espada atravesó ropas y piel, hubo gritos y órdenes, tierra levantada… Rojo veía el choque desde su balcón.
Un aldeano herido en un hombro alcanzó por completo la cólera, su sangre hirvió, la memoria se removió desde sus antepasados, “fu… fuego” dijo, una pequeña llama salió expulsada de las yemas de sus dedos directo a los ojos de un guardia, cegándolo. Se produjo un inesperado silencio en su rededor, “¿¡has visto eso!?”, “ma… magia”, “¡hielo!”, pronunció otro aldeano, y de su mano brotó escarcha hacia un escudo, inhabilitándolo. Lo caballeros dudaron, “¡imposible!”, estalló Rojo en su balcón: la población había recuperado la magia, su magia.
Todos los aldeanos se contaminaron de brujería y sortilegios, de hechizos y encantamientos. Una muchacha levantó ambas mano e invocó el viento para hacer volar a un guardia, un agujero en la tierra fue llamado por niño, los caballeros menguaron entre hielo y fuego, y pronto no quedó nadie que salvaguardara el catillo pero… antes de entrar en busca de Rojo, vieron como éste escapaba en su globo.
Hubo vítores, abrazos, libertad…
Tras la batalla, cuando pasó la exaltación, los habitantes de Chäpacuú se miraron, “y ahora qué”, dijo uno. “Ahora… ahora regresemos y busquemos a un nuevo mago que nos dirija”, hubo silencio.
“pero… pero… todos los somos. Tal vez es momento que nos gobernemos a nosotros mismos…”

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