Este 31 de octubre se cumplirán 501 años de que el fraile agustino Martín Luder (conocido como Martín Lutero) clavó en la iglesia del poblado de Wittenberg, en el noreste del Sacro Imperio Romano Germánico, un documento con 95 tesis en contra de la venta de indulgencias por parte de la Iglesia católica.

Las indulgencias eran básicamente perdones que la Iglesia ofrecía a cambio de dinero. Se trataba de un negocio redondo para la Institución católica, a costa de ir en contra, como argumentaría Lutero, de una serie de principios en los que se basaba el cristianismo. Ese conflicto mostraba los grandes vicios y dificultades que enfrentaba una institución que se había construido en la filosofía de una nueva moralidad.

Cinco siglos después continuamos preguntándonos cómo enfrentar ese fenómeno de la corrupción, que se encuentra anidado en las fibras más sensibles de la sociedad. Octavio Paz ofrece una ruta de navegación que es sensato entender y atender: “La razón debe ser nuestra guía. No la razón absoluta, totalizadora, de un Platón, sino la razón crítica de un Emmanuel Kant, la razón que es capaz de criticarse a sí misma. Creo que el instante puede ser un punto de partida para este pensamiento nuevo. En el instante, la pluralidad puede reconciliarse con la unidad y lo particular puede ser lo universal. De los escombros de las grandes visiones de nuestra civilización –el cristianismo y sus dos hijos: el socialismo y el liberalismo– nacerá esta nueva moralidad”. En esta perspectiva optimista, alentadora, la(s) razón(es) (Spinoza: “la libertad es razón”), el diálogo, la civilidad, la disposición a escuchar, el respeto genuino por la crítica, el rechazo a todas las expresiones de violencia, pueden ser la ruta hacia ese “camino a Dinamarca”.

Después del primero de julio, el país parece abrir un impase a la desesperanza y la decepción que lo han definido durante las últimas tres décadas. La agenda nacional reclama un diagnóstico sobre la necesidad de un cambio profundo en México, a partir del primero de diciembre debe hablarse del México posible, no de su pasado. En estos días turbios, la tarea es compleja, difícil; lo primero y más ambicioso es reconciliar al país, pero esa reconciliación es imposible sin la crítica, la autocrítica, ellas son su primer paso. “Una nación sin crítica es una nación ciega” (Octavio Paz).

Hoy es necesario reconocer la legitimidad de la indignación y temer por sus consecuencias. La sociedad mexicana está agraviada por la corrupción, porque esta carcome lo elemental; “por su indiferencia, por su egoísmo, por sus vicios, la clase que entonces gobernaba se volvió indigna e incapaz de gobernar” (Alexis de Tocqueville).

La corrupción es el secuestro de lo público, la degradación de la ética. La clase gobernante se comporta como dueña de una industria, donde el país es una inmensa empresa de la que hay que obtener el máximo beneficio; “el gobierno trabaja como un comité al servicio de sus propios intereses, estamos durmiendo sobre un volcán” (Alexis de Tocqueville).

La dolida y agraviada sociedad mexicana espera respuestas y soluciones prontas; en esta abultada lista de pendientes que debe resolver el nuevo gobierno, la corrupción es un tema de urgente atención. En un breve y rápido recorrido por las catatumbas de este submundo habría que enlistar algunos agravios: México cayó 28 posiciones entre 2016 y 2017 en el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, pasando del lugar 95 al 123 de 176 países. La aprehensión de cinco exgobernadores (Javier Duarte, Roberto Borge, Flavino Ríos, Tomás Yarrington, Eugenio Hernández) y uno reclamado por la justicia de Chihuahua (César Duarte), todos ellos acusados, entre otras cosas, de corrupción…

Odebrecht, que otorgó sobornos a funcionarios de Pemex por 10.5 millones de dólares… La “Estafa maestra”, en la que se hallan involucradas universidades del gobierno federal… La lista es interminable, el dolor también.

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