López Obrador había afirmado, en innumerables ocasiones, que admiraba a Benito Juárez sobre todos los seres en la Tierra. La austeridad republicana de los gobiernos juaristas (1858-1872) debía hallar su contraparte en un manejo impecable de las finanzas públicas.
López obrador dice admirar a Juárez por haber integrado su gabinete con los mejores mexicanos del siglo XIX, lo más granado tanto en honestidad como intelectualidad. La generación de Juárez produjo en 1857 una admirable constitución de corte liberal clásico que limitó el poder presidencial, instituyó la división de poderes y consignó las más amplias libertades y garantías individuales.

Aquellos legisladores y juristas creyeron en el imperio de la ley y lo respetaron escrupulosamente. El presidente Juárez tenía adversarios de peso en la Suprema Corte y el Congreso, pero jamás utilizó contra ellos las más mínimas triquiñuelas, ni afectó o anuló su esfera autónoma. Nuestro presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, al igual que en aquellos tiempos lo llevara a cabo Juárez se apega a los designios de la ley, el orden y por supuesto el progreso.
Claro que, en el siglo XXI los tiempos han cambiado y requieren cambios más sustanciales, y sobre todo que las leyes se apeguen a las necesidades de la población, será por eso que López Obrador argumenta:

“Ley que no es justa no sirve. La ley es para el hombre, no el hombre para la ley. Una ley que no imparte justicia no tiene sentido. La corte no puede estar por encima de la soberanía del pueblo. La jurisprudencia tiene que ver, precisamente, con el sentimiento popular. O sea que si una ley no recoge el sentir de la gente, no puede tener una función eficaz. La corte no es una junta de notables ni un poder casi divino.”
Es fácil de entender la actitud de López obrador ya que tiene un concepto marxista del derecho, para él es un arma de la burguesía para dominar al proletario. La democracia no es para Obrador un concepto que esté unido al liberalismo, debe ser una democracia popular; el gobierno es el pueblo organizado o, para decirlo de otra manera, el mejor gobierno es cuando el pueblo se organiza. La democracia es cuando el pueblo organizado se gobierna así mismo sin ninguna intervención del Estado. El pueblo sabe lo que quiere y lo que necesita. Por eso y por el bienestar de las masas es menester que sea: “Arriba los de abajo y abajo los de arriba”.

Esta democracia que se debe al pueblo, por el pueblo y con el pueblo requiere la presencia cotidiana de un líder social que mida “el pulso de la gente”, que “metiéndose abajo” escuche y canalice sin intervenciones burocráticas o institucionales las demandas de “la gente”. Ésa es, a su juicio, la función de un jefe de Estado.
Pero, ¿a qué tradición corresponden esas ideas? “La nación –había escrito Lucas Alamán al carismático dictador Antonio López de Santa Anna– le ha confiado a usted un poder tal como el que se constituyó en la primera formación de las sociedades, superior al que se pueden dar las formas de elección después de convenidas, porque procede de la manifestación directa de la voluntad popular, que es el origen presunto de toda autoridad”. Precisamente contra esa concepción “directa” del poder –de raíz medieval y monárquica–, la generación de Juárez concibió una constitución liberal en la que la “voluntad popular” se expresaba en votos individuales y el poder presidencial permanecía acotado por los otros poderes.

Adolfo Gilly, historiador respetado y viejo militante de izquierda, señalaría tiempo después que la inspiración de los mítines de Obrador así como la forma de actuar y desenvolverse provenía básicamente de las formas y el fondo que en reiteradas ocasiones utilizó en su momento Lázaro Cárdenas en los años treinta frente a un Zócalo repleto que coreaba el nombre del general y estaba eufórico por una expropiación petrolera. Aquellas aglomeraciones de mitad del siglo XIX que ovacionaban a un jefe de Estado, un estadista como Benito Juárez que había logrado anteponer categóricamente las leyes de reforma así como la animadversión ante lo que no fuera mexicano ante cualquier nación extranjera que interviniese en México.
La clave para comprender mejor la formación, el estilo y sobre todo la actitud política de Andrés Manuel López Obrador está en la historia de México, en Cárdenas, Juárez y Madero.

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