Con las fuerzas que otorgan la desesperación, en un acto público internacional, una mujer gritó pidiendo ayuda al secretario de Gobernación. Primero el desconcierto del propio secretario y su comitiva, luego sonrisas nerviosas y la práctica acostumbrada de llevar a la quejosa a una oficina. Ella se mantuvo valiente y resuelta a ser escuchada así que usó el último recurso que le dieron las circunstancias, se arrodilló para suplicar apoyo en la búsqueda de su hija desaparecida hace algunos días en una colonia de Pachuca.
Una mujer cubierta con la dignidad que otorga el amor a los seres queridos pero suplicante ante un funcionario público para lograr su atención y respaldo en la búsqueda de su hija, es un acto que nos vulnera a todas y todos los que habitamos este país.
Ser vulnerable significa la posibilidad de recibir una herida o lesión física o moral, esto según el Diccionario de la Lengua Española, en una primera mirada, la ausencia obligada de una hija hiere física y moralmente a su familia, y también hiere al resto de nosotros, porque nos recuerda que el espacio público no es seguro, incluso estando a unos metros de la puerta de nuestra casa podemos ser despojados y despojadas de nuestros bienes y quizá de nuestra vida. Las calles, los parques, los espacios comerciales, entre otros, se perciben peligrosos, el riesgo incrementa cuando oscurece, ello roba nuestro derecho al libre tránsito al obligarnos a encerrarnos en nuestras casas, quien trasgrede el toque de queda se arriesga a ser robado, “levantado” o asesinado.
En búsqueda de ayuda, una madre realizó la denuncia para toparse con la inercia de la impunidad, la lentitud o simplemente la indiferencia que provoca la suma de casos; la acción u omisión de acciones y funciones de los servidores públicos también nos han vulnerado, pues recordemos las veces que hemos sido víctimas de un robo, de un asalto, incluso de extorsiones y nos hemos privado de hacer la denuncia porque tenemos una sola certeza, la impunidad, es decir, el no castigo.
La súplica directa de una madre al secretario de Gobernación evidenció la ineficiencia e indiferencia de varias instituciones judiciales, estatales y federales, pero también nos recordó la imposibilidad de respuesta inmediata por parte de las instituciones públicas, especialmente cuando se trata de justicia. Afortunadamente en el momento en que escribo estas líneas fue confirmada la recuperación con vida de la joven, ella fue devuelta a su madre y a su familia.
Es una lástima que la orden para llevar a cabo la búsqueda exitosa de una persona desaparecida haya sido emitida desde la Secretaría de Gobernación, la triunfante resolución de un caso no cambia el ambiente inseguro y violento que agrede a mujeres, niñas y niños, a jóvenes y todas aquellos ciudadanos de a pie que no tenemos acceso de comunicación directa con los tomadores de decisiones del nivel más alto de gobierno de nuestro país.
Tener miedo de salir a la calle, blindar nuestros hogares, tener la certeza de la prevalencia de la impunidad o la desaparición forzada de un ser querido, o una madre arrodillada suplicando ayuda, es una forma de tortura que vulnera nuestra condición de personas y de ciudadanos de un país que se presume incluyente y democrático. Un fantasma nos está cubriendo a todos, la costumbre y naturalización de la violencia, debemos actuar para no caer en esa inercia, las redes familiares o vecinales organizadas son una buena manera de empezar a actuar.

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