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Nadia Quiroz Jiménez

Nutrióloga

La evolución del ser humano siempre ha ido de la mano con las expresiones socioculturales que se desarrollan en cada población del mundo, por lo que la cultura se convierte en uno de los principales factores por los que se han modificado los hábitos alimenticios de los individuos. Estas modificaciones en los alimentos que consumimos día con día –los cuales conforman nuestra dieta habitual– dan pie a la incorporación de nuevas opciones e incluso al cambio en el patrón de consumo de los diferentes grupos de alimentos (cereales y tubérculos, alimentos de origen animal, frutas, verduras, leguminosas, aceites y grasas). Estamos acostumbrados a consumir platillos que son una combinación de cereales (tortilla, pan, sopa de pasta), algún tipo de proteína animal (pollo, pescado, res o puerco) y leguminosas (frijoles, habas, garbanzos). Sin embargo, hoy en día, uno de los mayores problemas que competen la parte nutricional, así como la defensa de los derechos animales, es que si bien las proteínas son macronutrientes básicos que se han de incorporar a la dieta, la sociedad actual abusa de ellas, particularmente las de origen animal, dejando de lado las proteínas de origen vegetal que se encuentran en leguminosas, cereales y semillas.
La falta de un consenso entre el consumo y el no consumo de alimentos de origen animal cobra relevancia desde el punto de vista social, ya que en nuestro país la alimentación se convierte en una manera de expresar nuestras raíces, así como festejo a lo que nos acontece en la vida, las cuales son razones de peso para elegir sabiamente y dar el valor adecuado a los alimentos que consumimos.
Desde el enfoque de los derechos animales, gran parte de los alimentos de origen animal que consumimos difícilmente estarán exentos de crueldad animal. La falta de regulación de los rastros o granjas de animales pone en duda que exista un buen trato a los animales no humanos que se encuentran en ellas. Por otro lado, en las distintas sociedades hay alimentos de origen animal que se han colocado en la esfera de lo sagrado y que, en otras partes del mundo, se desdeñan.
Es entonces donde surgen las preguntas: ¿qué hace diferente a un perro o gato de una res? ¿Cómo es que determinamos qué animal no humano sí podemos comer y cuál no? Estas cuestiones vuelven a tener un origen cultural que se torna complejo. Lo cierto es que sí podemos exigir mejores condiciones de vida para aquellos animales destinados al consumo humano o incluso empezar por adoptar movimientos que invitan a disminuir el consumo de alimentos de origen animal, como el de Lunes sin carne (Meat free monday).
La implementación de estos cambios puede ofrecernos ciertas ventajas desde el punto de vista de la salud. Diversos estudios soportan que la disminución en el consumo de alimentos de origen animal y sus derivados es un aspecto positivo para aquellas personas que padecen enfermedades cardiovasculares, obesidad y síndrome metabólico, lo que a su vez disminuye el riesgo a padecer dichas enfermedades.
Si bien la lucha por los derechos animales conlleva cambios en nuestra forma de vida, lo más importante es que estos cambios involucren una mayor conciencia al consumir carnes rojas y blancas, derivados lácteos y embutidos, sin olvidar que el respeto a todas las formas de vida es fundamental para nuestro desarrollo personal, cultural y social. El punto central es que el acto consciente de alimentarnos correctamente sea un acto de amor hacia nosotros mismos que nos llene de placer a la vez que nos provea de salud.

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