La danza es una actividad que trasciende las culturas, los lugares y el tiempo. Existe desde tiempos remotos, quizá su surgimiento se halla esbozado junto con la existencia humana. No existen datos que nos permitan saber con certeza cómo fueron las primeras danzas, o más aún, qué fue lo que impulsó al ser humano para danzar.

Las preguntas son muchas, lo cierto es que la danza ha permanecido junto con la humanidad, se ha transformado de tal manera que en la actualidad existe una infinidad de manifestaciones (todas válidas, pues forman parte del desarrollo y manifestación de las culturas), algunas vinculadas al acto colectivo, a las prácticas culturales, ritos y festividades; otras ligadas a la experiencia del individuo, a su sentir, su pensar, su imaginar, a la capacidad para hacer y transformar su cuerpo, su mundo y su voluntad; algunas más orientadas por sentido terapéutico que lo que pretenden es reencontrar al individuo con sí mismo, redescubriendo su totalidad indisociable, para después liberarse en el momento en que entra en comunión consigo mismo y el mundo.

Dichas manifestaciones no son mutuamente excluyentes, pues el que danza en colectividad nunca está ajeno a su individualidad o a la catarsis casi terapéutica que puede encontrar en el mismo hecho del movimiento y así en cada una de sus manifestaciones se entrelazan inevitablemente.

Pero, ¿qué es la danza? No podría decir con absoluta certeza lo que es porque es algo que se “sabe” cuando se experimenta. La danza es muchas cosas, lo innegable es que es un cuerpo en movimiento, un ser manifestando lo que las palabras muchas veces no alcanzan a decir, es una manifestación que está en una sola persona pero es compartida. Es una forma de entender el mundo y la realidad, es una manifestación de vida y también de comunidad.

Sin importar quién la ejecute, provoca reacciones al interior (también al exterior) del ser, porque ocurre la unificación del individuo que podríamos comprender como experiencia estética o como estado de flujo, sucede cuando se está completamente inmerso en la actividad, decía el bailarín y coreógrafo Maurice Bejart: “La danza es una de las raras actividades humanas en las que el hombre se encuentra comprometido totalmente: cuerpo, corazón y espíritu”.

La danza como vivencia permite ser sensible a sí mismo, a los otros y al entorno, produce un empoderamiento del individuo, de su capacidad de acción y comunicación (no verbal) y como cualquier expresión artística abre un mundo alterno a la realidad cotidiana, en el que existe la posibilidad de suspender el agobio y el mundo “trágico” de la existencia humana (a la vez que puede contenerlo). Esa es una de las grandes aportaciones para el individuo que danza, se olvida por un momento de los “tormentos” de la vida cotidiana, para “entregarse” a sí mismo, a su totalidad y a su colectividad.

Martha Graham (ícono de la danza moderna), de acuerdo con su libro La memoria ancestral afirmaba: “Soy bailarina. Creo que se aprende practicando. Los principios son idénticos, tanto si se trata de aprender a bailar bailando como de aprender a vivir viviendo. En ambos casos, hay que realizar y representar una serie precisa y concreta de actos físicos e intelectuales que determinan la realización, la sensación de ser uno mismo, la satisfacción espiritual. Te conviertes en algún campo en atleta de dios”.

Más allá de los estereotipos (o las exigencias formativas en algunos tipos de danza escénica), la danza es una práctica multifacética y flexible. Merce Cunningham, que bailó hasta sus casi 90 años, afirmaba: “Yo bailo porque me produce un profundo placer el hacerlo, no solamente por las preguntas que surgen a través de la danza sino por la danza misma, no es indispensable que lo haga, pero no veo por qué los clichés debieran interferir con la exploración que aún deseo realizar. Esa gente que se escandaliza concibe a la danza de una forma muy restringida, mientras que yo en cambio la veo como una constante transformación de la vida misma”.

La danza, aunque puede ser una actividad altamente demandante, también es una práctica gratificante. A través de sus diferentes expresiones ha permitido que cualquier individuo pueda acercarse a ella, experimentarla o apreciarla, después de todo, como experiencia estética y de aprendizaje nos permite apreciar el mundo de manera distinta enriqueciendo nuestra existencia.

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