Democracia y liberalismo son conceptos solitarios que muchas veces no desean dialogar a pesar de esa resistencia, el uno involucra al otro, es su naturaleza, se requieren, su relación expone las ilusiones, la fragilidad, la perfección de lo utópico, también la necesidad de proponer soluciones efectivas. Los conceptos democracia-liberalismo suelen balcanizarse, tener partidarios contrarios, extremos. ¿Dónde pueden convergir?, el liberalismo como la democracia deben ser promotores activos del debate, la discusión informada, de la deliberación civilizada entre personas con ideas y criterios diferentes. La tradición liberal sostiene una imagen de dignidad que se expresa en la noción de los derechos. “Un derecho marca un valor intrínseco e inalienable, el reconocimiento de que uno es el tipo de ser cuya naturaleza misma exige un trato respetuoso y mesurado. Es la protección más fundamental contra los caprichos del poder. La doctrina de los derechos es un ideal de toda la vida humana, una visión de cómo los seres pensantes y sensibles pueden vivir con justicia y concordia” (León Wieseltier).

Para John Gray, el proyecto del liberalismo es un proyecto de coexistencia, de mutua tolerancia, sin embargo, el liberalismo “está en un periodo en que rechaza reconocer su complicidad para crear las condiciones, al no escuchar a la gente que estaba descontenta por la globalización”, el resultado: un liberalismo iliberal, es decir, un liberalismo impasible ante cualquier crítica, no escuchan, no ven, no oyen. En ese estado de conflicto y tensión se encuentra hoy la relación liberalismo-democracia cuando se discuten las voces de liberalismo y populismo, los primeros identifican al populismo como el abandono de los ideales democráticos, el rechazo de las instituciones, la visión reformista como entrega incondicional, por su parte, el populismo los mira como obsecuentes defensores de la globalización per se, responsables de los déficit democráticos, cerrados e incapaces de mirar una alternativa distinta a su modelo.

Esa confrontación polarizante y paralizante conduce solamente a un callejón ciego, el simplismo, el reduccionismo, son responsables de esa contraposición. Es necesario que ambas doctrinas reconozcan la diversidad de su propia tradición y encarar los saldos negativos que ambas corrientes han provocado. En la ciencia política como en la praxis existen muchos tipos de populismo, el de Getúlio Vargas, en Brasil, o de Juán Domingo Perón, en Argentina, el populismo clásico de Lázaro Cárdenas, el populismo de la nueva derecha estadunidense, el populismo neoliberal de Fernando Collor de Melo, de Carlos Saúl Menem o Alberto Fujimori. Frente a esa diáspora ideológica existe un balance de la transición mexicana iniciada en el 2000, donde los niveles de pobreza, exclusión, violencia, desigualdad, discriminación, corrupción, impunidad que engendró, toleró promovió y aceptó “minaron un orden liberal mínimamente funcional” (Carlos Bravo, Juan Espíndola).

Entre liberalismo-democracia-populismo es posible, y hoy necesario, tender vasos comunicantes, a pesar de las tensiones ese eclecticismo está frente a nosotros, cuál es el núcleo de ideas que esas visiones pueden compartir: qué propongan una distribución de libertades y de recursos que se ajuste a la premisa fundamental de que todas las personas merecen consideración, respeto, igualdad de oportunidades, cancelando la cultura del privilegio para poner en el centro la cultura de la igualdad. Esa ruta exige superar la democracia iliberal producida por los liberales que no cambian su forma de pensar o sus políticas, responsablemente no se puede ofrecer ilusiones ni visiones totalitarias, sí liberalismo democrático e igualdad.

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