México, sus gobernantes y los migrantes mexicanos tiemblan con el triunfo presidencial de Donald Trump. El tema, por el lado que se mire, es económico. Los acuerdos de comercio, las exportaciones e importaciones, las remesas, el precio del petróleo… O sea que si Estados Unidos se lo propone podríamos descender a uno más de los infiernos de Dante Alighieri, porque hace tiempo hemos comenzado el camino sin retorno.
En general nadie da crédito, nadie se explica cómo se venció a una contendiente de la talla de Hillary Rodham Clinton, mujer política de amplia experiencia política y propuestas clave para su sociedad. No fueron suficientes los esfuerzos por buscar y ofrecer nuevas fórmulas políticas que devuelvan al imperio americano a su resplandor y liderazgo en el concierto mundial. Ya desde 2008 en el mundo se probaron alternativas de nuevos actores, como las mujeres, para garantizar mejores gobiernos. Hace ocho años llegó Cristina Fernández de Kirchner a la presidencia de Argentina; Michelle Bachelet a la de Chile y Portia Simpson-Miller al primer ministerio de Jamaica. Su experiencia es digna de análisis. En Estados Unidos se promovió a Hillary como posible candidata a la presidencia por el Partido Demócrata. Barack Obama, un hombre de raza negra, fue su contendiente.
Desde esas elecciones la democracia estadunidense nos reveló el justo medio en que se percibe y evalúa a las mujeres en la política. Los reveses a su candidatura pasaron por su cuerpo, por el ser mujer y no por su capacidad y su trayectoria política. Algunos analistas denunciaron esas reglas diferenciadas. En las entrevistas cotidianas se le cuestionaba de forma diferente y diferenciada a su opositor, Barack Obama; a ella se le atacó y criticó como a ningún otro candidato en la historia de ese país, sobre todo cuando en una ocasión lloró y se le acusó de querer explotar su condición de mujer. En las recientes pasadas elecciones Hillary Rodham se desmayó y de inmediato cuestionaron su edad y su fortaleza en caso de llegar a la presidencia. Esto sin considerar que Donald Trump es mayor que ella. Él 70 y ella 69 años.
En este contexto sigue vigente el señalamiento insistente y pertinente de Kate Michelman, activista política de Estados Unidos y copresidenta de WomenVotePa, respecto a que la condición de mujer de Rodham ha sido el centro de análisis y no su desempeño y experiencia política.
¿Fue entonces su género razón de su derrota?
En cierto sentido, es innegable. El núcleo duro de los poderes fácticos y democráticos de Estados Unidos nos revelan que incluso apostaron a un hombre de raza negra antes que a una mujer y hoy lo confirman al favorecer a un empresario, antes que político, desatinado y sin idea de lo que es el papel de Estados Unidos en el mundo.
Sin duda, este país pagará con creces esa miopía. Lo sabemos la ciudadanía mexicana que en el 2000, esperanzados en la alternancia política y cautivados por la verborrea de Vicente Fox Quesada, lo elegimos por sobre el candidato Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Fue un sexenio oscuro en muchos sentidos. Un retroceso no solo social sino político y, sobre todo, económico. Hoy la factura la seguimos pagando.
Muchos factores se alían y aliaron para esta cruda realidad pero la diferencia es que hoy el mundo entero verá y padecerá la nueva presidencia de un hombre que definirá la historia. A las mujeres, en Estados Unidos y en México, se les seguirá cancelando la oportunidad de probar su don de mando y la poca o mucha diferencia que puedan hacer.

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