Por lo general, la alimentación de las familias está regulada por ciertas creencias que tienen como sustento el consumo de determinados alimentos, mismos que poseen ciertas características alimenticias. Aunque el seguimiento estricto de una cierta dieta depende de los ingresos familiares, por lo general en cada época existe una cierta creencia acerca de qué alimentos se deben consumir y cuáles no.

Por ejemplo, la dieta de los judíos excluía el consumo de carne de cerdo. En la India, en general, las vacas son respetadas debido a creencias religiosas milenarias. En Asia, el consumo de carne de perro es una costumbre arraigada en mercados populares. En la cultura mesoamericana se consumía el corazón de los guerreros hechos prisioneros. Perros, gatos y caballos, en general, fueron excluidos de la dieta humana.

Los antropólogos (Marin Harris, por ejemplo) que han estudiado ese tipo de hechos llegan a la conclusión de que ciertas preferencias alimentarias no son una casualidad. Están asociadas a condiciones de relaciones jerárquicas al interior de la sociedad, así como a las posibilidades ecológicas de cada lugar y las condiciones de poder al interior de cada grupo social. Ni el rechazo al cerdo ni el culto a la vaca son una casualidad.

La sociedad industrial actual incorporó la dieta alimenticia tal y como la conocemos ahora. Tiene su origen en los siglos XVIII y XIX. La aparición de la dieta estuvo asociado al surgimiento del trabajo fabril. El tipo de alimentos que la cultura agrícola, así como los ritmos de consumo no se ajustaban a las nuevas normas y criterios industriales, por lo que tuvo que cambiar radicalmente el qué debería consumirse.

La dieta de un campesino que por la madrugada sale a cultivar la tierra con una comida en el estómago y que llega a su casa al ocultarse el Sol, en donde hace una segunda, era poco apropiada para el trabajo fabril. Este último implicaba originalmente un esfuerzo físico permanente al frente de máquinas que requerían, sobre todo, un importante esfuerzo físico y gasto de energías de manera inmediata y permanente.

Asociado a la ciencia médica y la biología, surgió el concepto de dieta alimenticia. Fue muy importante porque estuvo asociado a la aparición de una idea que hasta las etapas previas a la consolidación de la sociedad industrial no existía, el cuidado de la vida. No existía porque en la cultura de las sociedades preindustriales la vida estaba determinada tanto por Dios como por el monarca.

Como se trataba de condicionar la dieta alimenticia de la población que se asociaría a la naciente sociedad industrial hegemónica, la población debería consumir un tipo de dieta alimenticia diferenciada. No era lo mismo el personal administrativo del reino o la municipalidad que aquellos que se ocupaban en la actividad industrial o, en el último de los casos, de una persona que vivía algún tipo de enfermedad.

Para los que se ocupaban en el trabajo fabril, se incorporó la idea de una dieta con una elevada composición calórica. Se creía, como parte de una narrativa orientada a controlar la vida de quienes se ocupaban en la industria, que deberían consumir alimentos que contribuyeran a reponer las energías que gastarían durante el día, en cada esfuerzo físico que llevaban a cabo. Así, la modesta papa originaria de América se convirtió en la reina de la dieta de los pobres de Europa.

En América, la cosa no estuvo mejor. Los conquistadores que traían las mismas ideas de Europa, con el tiempo consideraban que el esclavo y el conquistado no eran otra cosa que máquinas a las que se les debería proporcionar ciertos alimentos (ñame, el árbol del pan, maíz) con los cuales sustituirían la energía que gastarían en la mina, las haciendas, las plantaciones de café, caña de azúcar, tabaco o el trabajo doméstico, entre otros.

Con el paso de los años, la dieta calórica se transformó en una dieta asociada a las vitaminas, los minerales y las proteínas. Se hicieron estudios acerca de la importancia de productos químicos, animales, productos agrícolas o naturales que poseían dichas propiedades con el fin de convertirlos en parte de la dieta alimenticia de la población. Infelizmente, animales como la vaca, las aves, el cerdo y otros más entraron como “manjares” de esa visión de la alimentación.

La importancia y la valorización de las vitaminas y las proteínas tuvo mucho que ver con la disputa de Occidente contra el comunismo. Se transmitía la idea del obrero consumiendo leche, carne y productos avícolas, “sanote”, generalmente de estatura mediana y con ciertos kilos de más. A los jóvenes europeos las revistas los presentaban consumiendo sándwiches. Y así empezaron en 1962 las campañas contra el hambre.

La dieta alimenticia cambia con respecto a cada época histórica debido a que, a final de cuentas, de lo que se trata es de establecer un cierto control sobre la población por medio de la inevitable necesidad de tener qué comer (el control del cuerpo, que es la biopolítica). La diferencia entre otras sociedades y la industrial consiste en que la segunda cuenta ahora con la capacidad tecnológica de trasladar los alimentos desde los países agrícolas a los desarrollados.

Y finalmente, al establecer un patrón de consumo (como ahora los alimentos asociados a la biotecnología) se sostiene un sólido aparato productivo mundial agrícola-biotecnológico-industrial, por medio del cual se controla el consumo de miles de millones de seres humanos y de una manera tan aparentemente sencilla, la dieta.

La dieta no es solamente dieta, también es una forma de poder.

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