Rolando Cordera, junto a Carlos Tello, mira y diagnostica de manera crítica e incisiva el nuevo liberalismo económico, sus recetas, dogmas y planteamientos monocromáticos. Con énfasis visionario nos advierten que ese liberalismo abandonó su sentido crítico cuando se miró complacientemente al espejo, dejó de reflexionar, de aplicar la sospecha de sí mismo, subordinando sus interpretaciones a verdades dogmáticas. El modelo monetarista se extravió cuando se volvió oculto, velando la realidad con un lenguaje oscuro, “el gran enemigo del lenguaje claro es la insinceridad” (George Orwell). Esa propuesta ideológica-económica busca al mismo tiempo desregulación y control, sin embargo, rechaza la planeación. Busca privatizar cada empresa pública, pero valora las sociedades público-privadas que infunden potencial ético y responsabilidad social al mercado. La cara oculta de esa propuesta es, sin duda, la tecnocracia, esa que se opone a un modelo democrático liberal. Desde el mirador tecnocrático: “hay una sola solución racional para cada problema, esto implica que todo aquel que no esté de acuerdo con esa solución es irracional” (Jan Werner Muller). La tecnocracia y el populismo son términos gemelos, pues el populismo afirma que solo hay una auténtica voluntad popular, todo aquel que no esté de acuerdo es un traidor al pueblo. Una expresión viva de ese discurso lo expresa un personaje que se autoproclama revolucionario de izquierda, el señor Daniel Ortega, que hoy llama asesinos a los jóvenes de su país que reivindican la lucha por la democracia.

Cordera y Tello inician su recorrido por lo más obvio, pero no por ello menos necesario de explicación, la manera más inmediata de entender el neoliberalismo: como un ensamblaje de políticas económicas que coinciden en su principio original de afirmar libres mercados.

Esos incluyen la desregulación de las industrias y de los flujos de capital; la reducción radical de las provisiones del estado de bienestar y de sus protecciones para quienes son vulnerables; la privatización y subcontratación de bienes públicos, que van desde la educación, las carreteras, los ferrocarriles, la comunicación área, las telecomunicaciones; el reemplazo de esquemas hacendarios y de aranceles progresivos por regresivos; el fin de la redistribución de la riqueza como una política económica o sociopolítica. Esa opción no trajo consigo “los resultados que de ella se esperaban: ni en términos de crecimiento económico, ni de empleo formal, ni de bienestar de la población” frente a esa perspectiva se encontraba la visión nacionalista que postulaba “la necesidad de realizar un vasto programa de reformas económicas y sociales para lograr, lo más rápidamente posible, una efectiva integración económica nacional, una disminución sustancial de la desigualdad y la marginalidad prevalecientes, así como espacios más amplios para la democracia, la justicia y la libertad. Frente a las manos invisibles del mercado, resultaban necesarias las manos visibles del Estado”. Dos visiones confrontadas polarizadas, excluyentes, dialécticamente ambas con dosis de verdad y razón. Por una parte, el neoliberalismo (también conocido como corriente monetarista, por provenir de la escuela Monetarista de Chicago) apuesta al mercado y su estabilidad monetaria y financiera, para ese modelo un eje rector es mantener bajo control el nivel de los precios (inflación), para ello, debe valerse de la política cambiaria, del equilibrio fiscal, de la balanza comercial y de otras variables más para lograr su propósito. Desde el lado del modelo nacionalista está la obligación de un Estado social con rostro humano, que impulse una política fiscal progresiva, con un gasto público focalizado en educación, salud, y acceso a servicios básicos en infraestructura; desde ese estado de bienestar se debe impulsar también una política salarial y laboral que fortalezca el nivel de compra del salario mínimo y empleos formales de calidad.

La disputa por la nación continúa siendo una asignatura pendiente, pospuesta y en las circunstancias actuales de pobreza y violencia de urgente solución. Partiendo de esa perspectiva, el intelectual y analista Héctor Aguilar Camín, plantea que la elección de 2018 fue un referéndum sobre los “dos proyectos que Cordera y Tello describieron en su libro.

Primero, el proyecto que llamaron neoliberal, este traería consigo una acelerada integración global con la sociedad norteamericana, cuya implementación requería un periodo de ajuste con mayor marginalidad y polarización, sin menoscabo de que, al mismo tiempo, se produjera un mayor consumo y un crecimiento económico relativamente rápido. El segundo proyecto denominado nacionalista implicaría una reactualización del proyecto cardenista de la década de 1930: un vasto programa de reformas económicas y sociales destinado a lograr una efectiva integración económica nacional y una disminución sustancial de la desigualdad y la marginación prevalecientes”.

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