El Inventario de atlas de riesgos en México (2017), elaborado por la Academia de Ingeniería México, presentó hace unos años un informe por demás interesante. En sus páginas nos encontramos una síntesis de los riegos ocurridos en México desde 1900 al 2017. Entre los datos más significativos de ese estudio tenemos que las tormentas ciclónicas han significado en ese periodo un porcentaje del 34 por ciento; los movimientos de terreno, 13; las inundaciones ribereñas, un 11; las inundaciones, ocho puntos porcentuales; las olas de frío, seis; deslizamientos de laderas, inundaciones repentinas, un 5 por ciento cada una; tormentas, caída de ceniza, 4; sequías, 3; inundaciones costeras, 2; olas de calor, incendios forestales, incendios naturales enfermedades virales y tormentas severas, un 1 por ciento.

Como puede observarse en este estudio, la información que se presenta es para México y no se trata de un informe mundial el cual puede cambiar de región a región o de país a país y de microrregión a microrregión. Pero en ella se puede apreciar un hecho que realmente deja “la piel chinita” porque se puede deducir que algunas de las variables de ese estudio, muy bien pude referirse a un fenómeno mundial. Según esos datos en México hasta 2017 el riesgo provenía de fenómenos relacionados con temas hidrológicos ya sea por meteoros o por fenómenos provenientes del agua que se encuentra en el mar, lagos y ríos principalmente. También habla de otros fenómenos como el relacionado con los movimientos telúricos que representan la segunda variable. Pero lo más importante es que las enfermedades virales representaron un uno por ciento del total de los riesgos que se han vivido en México en poco más de un siglo y que ahora eso cambió dramáticamente a una velocidad que llama la atención.

Como se puede apreciar hasta aquí en esos estudios el riesgo está asociado a fenómenos vinculados a la naturaleza y no incluimos el riesgo social como poder como es la creación de reactores nucleares y bombas atómicas, etcétera. Estamos haciendo abstracción de ello. Bueno, entonces lo que esos datos refieren es que las enfermedades virales representaron en cien años un uno por ciento del total del riesgo en México. Como se deduce, en unos cuantos años, el riesgo ha cambiado de ruta y se ha trasladado de los fenómenos vinculados al agua a fenómenos relacionados con las enfermedades virales. Lo cual no quiere decir que se hayan eliminado los riesgos que ya de por sí existen. Significa que el riesgo que veníamos padeciendo ahora coexiste con un riesgo que ha tomado una vitalidad que antiguamente no tenía, y cuyo anuncio más reciente había sido la pandemia del A H1N1, en 2009. El ambiente de riesgo, incluida la exclusión del riesgo social mundial del que nos hemos por un momento abstraído, parece extremadamente complejo y eliminado del debate social.

Como ya lo indicamos, la situación se ha complejizado, porque aparece el Covid-19 en un contexto en el que los fenómenos relacionados con el agua también tienden a agudizarse: “… a partir de 1980 y 2006, la base desInventar (www.online.desInventar.org), registra 7 mil 57 eventos en todo el país, asociado a fenómenos hidrometereológicos y geológicos. Del total de eventos registrados, más de la mitad (58.1 por ciento), ocurrieron entre 1988 y 2006; es decir, en tan solo nueve de los 27 años considerados” (ver: Diagnóstico nacional de los asentamientos humanos ante el riesgo de desastre, editado por la SEDESOL, en 2010). Y agrega: “Por otra parte se observa del total de eventos registrados entre 1980 y 2006, el 75 por ciento están asociados a inundaciones representa el mayor número de registros con 54 por ciento de los eventos totales registrados”. En otras palabras, según este documento, el 90 por ciento de la población vive en condiciones de riesgo, todavía sin contar con el Covid-19.

El problema que existe es que al analizarse la actual pandemia aislada del fenómeno del riesgo que hemos vivido históricamente, se nos impide contextualizarla adecuadamente con respecto al fenómeno del riesgo en general, que es ámbito en el que debe inscribirse cualquier análisis. Al aislar el estudio del Covid-19 del fenómeno del riesgo, y verlo como un fenómeno aislado y descontextualizado del riesgo, de igual manera no valoramos adecuadamente las herramientas con que contamos o hemos contado con respecto al riesgo y las implicaciones que esto tiene, en materia de seguridad. Lo que se puede apreciar es que el tema del riesgo en México que se ha transformado dramáticamente a partir del Covid-19. El riesgo relacionado con el agua y otros fenómenos que eran imperantes en el pasado ha cambiado sustancialmente. Esos fenómenos no han sido sustituidos sino superados por los fenómenos relacionados con el virus. El cambio se puede medir no por el número de ocurrencias sino por el impacto que ha tenido con unas cuantas apariciones. El riesgo que representan los virus como fenómeno no se había vivido con ningún otro riesgo del pasado a pesar de sus múltiples apariciones a lo largo de cien años, como muestra el estudio.

El riesgo se entiende aquí como la existencia de una potencial amenaza natural pero que también puede ser creado socialmente. La causa principal de los fenómenos naturales se ha trasladado a los actos humanos como causa principal, sin que se niegue la potencia que posee la naturaleza por sí misma. Pero cuando los humanos invadimos una loma para construir vivienda o la pendiente de un cerro o una montaña con el mismo fin, poniéndose en riesgo quienes por necesidad ocupan ese espacio ante la naturaleza, está claro que se trata de un riesgo social socialmente creado. Y aquí la gran responsabilidad la tiene esa visión de desarrollo que acompaña a la sociedad industrial. Los políticos quieren sacar del atraso a las ciudades creando desarrollo, entendiendo el desarrollo como el incremento de bienes materiales llevando cemento, varillas y ladrillos a lugares en donde no se puede construir. El resultado es que en lugar de resolver de fondo el problema ofertando vivienda en áreas seguras, les gana la disputa por el voto de la población, creando una situación de auténtico riesgo social. Por eso dice Juan José Gutiérrez Chaparro, que el urbanismo va por un lado el fenómeno urbano por otro.


Ante la existencia de una serie de riesgos creados socialmente se ha fomentado una falsa cultura del riesgo y de la protección civil y ahora de salud pública, porque se trata de una cultura que actúa, reactivamente, no se dirige a resolver de fondo el problema del riesgo social creado por los gobiernos posrevolucionarios y neoliberales, y por la crisis del modelo occidental de sociedad a nivel mundial. Durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz se empezó a crear dicha cultura, dando lugar al surgimiento de instituciones relacionadas con la protección de la población con respecto a potenciales amenazas provenientes del ambiente. Aunque la ley relativa al riesgo surgió en 1982, fue en aquel gobierno en el que se inició el surgimiento de una cultura del riesgo, en 1966. Esta cultura tiene el defecto de ser reactiva y hasta el momento esto no ha cambiado…

Comentarios