Ciertamente no es lo mismo el discurso de candidato que el actuar de gobernante, pero por las insistentes amenazas de Donald Trump debemos asumir que cumplirá y, en consecuencia, prepararnos para el peor escenario. Claro que no le será fácil deportar a 3 millones e imponer aranceles a las exportaciones mexicanas y americanas desde este lado de la frontera; y habría que ver hasta dónde los grandes empresarios aceptan medidas que reduzcan las ganancias que les dejan los indocumentados, en las maquilas o el ensamblado de coches, o cómo reaccionarán los agricultores, por ejemplo de California, ante la pretensión de privarles de la mano de obra barata migrante, clave de su competitividad.
Pero vamos por partes. En cuanto a la política global, el discurso de Trump da la apariencia de ser menos belicista en comparación con la dupla Obama-Clinton, que viene empujando al mundo a la guerra, creando y armando al Estado Islámico y a los pretendidos grupos “moderados” en Siria. Invadieron Libia y asesinaron a su presidente, llevaron al poder a los nazis en Ucrania; organizaron golpes de Estado contra los gobernantes legítimos de Paraguay, Honduras y Brasil, tienen al borde de la guerra civil a Venezuela y militarizan el mar del Sur de China. Obligaron a Europa a imponer sanciones a Rusia por el conflicto con Ucrania, y cercan con misiles a Rusia. En contraste, pareciera haber una cierta base de entendimiento entre Trump y el presidente ruso, no así con China, competidor más peligroso por la hegemonía comercial. Nada seguro, salvo discursos de voluntad de negociación, diciendo que solo Rusia, Siria e Irán combaten al Estado Islámico; y sobre la OTAN, que Estados Unidos paga lo principal de sus gastos y es mejor retirarse o renegociar.
En economía, Clinton y Obama representan al neoliberalismo; Trump es proteccionista, reacción natural a una crisis que no tiene visos de terminar: propone cerrar fronteras, abandonar el TLCAN, dejar el TPP e imponer aranceles a importaciones de México y China. Expresa así la frustración social ante el debilitamiento económico, con desempleo y pobreza mayores que en 2007. Trump no es un loco, solo expresa una necesidad del capital, y lo hace abriendo paso a una época de economía cerrada. Su receta es evitar la salida de capitales y frenar las importaciones, en un enfoque simplista que ignora el carácter estructural del fenómeno y la naturaleza misma del capital, que exige libre movimiento de inversiones y mercancías. Es de lo más trivial diagnosticar que los mexicanos se traen los empleos, o compiten por ellos allá; en realidad opera ahí el desarrollo tecnológico constante, que desplaza al trabajo, y la necesidad del capital de emigrar hacia sectores, regiones o países donde haya mayor rentabilidad en menos tiempo y con el menor riesgo, como ocurre con las inversiones offshore, en otros países, como México, sin duda más rentables que si los capitales permanecieran anclados en territorio norteamericano; nada de esto puede suprimir Trump con sus recetas facilonas mientras haya capitalismo; tendría que implantar una economía planificada, atentando contra los fundamentos del sistema. Con un muro o con deportaciones no se superarán males como el raquítico crecimiento, déficit fiscal y comercial, deuda de más del 100 por ciento del PIB, desempleo estructural, pobreza y desigualdad (el uno por ciento de la población se apropia el 52 por ciento del aumento en la riqueza). Tampoco con costosas guerras donde solo van a morir los pobres. Los problemas son de fondo: la pérdida de competitividad provoca el déficit comercial, por ejemplo con China, y obliga a imponer aranceles al acero de ese país y de Brasil.
Los aranceles que pretende imponer a México tendrán efectos severos sobre nuestra economía: frenarán el crecimiento y el empleo, y reducirán la entrada de dólares por exportaciones, remesas e inversión extranjera, y ello generará devaluación. Si construye su muro y cierra el acceso de migrantes, tradicional válvula de escape de nuestra economía, y deporta a los 3 millones, el modelo mexicano actual perderá el oxígeno de las remesas y el desfogue de buena parte de su fuerza laboral, y se enconarán muchas tensiones sociales hasta ahora atenuadas. El problema de los migrantes es una consecuencia del modelo: los habitantes de países empobrecidos por el saqueo buscan sustento en países ricos; con esto solo podría terminarse permitiendo el desarrollo de los países atrasados, o sea, otra vez, rompiendo con el modelo. En fin, de las crisis, propias del capitalismo, no puede acusarse, como chivo expiatorio, a los trabajadores mexicanos, que se ven empujados a emigrar por su pobreza, provocada por el modelo.
Ni con su muro ni con aranceles, Trump podrá revertir la tendencia decadente del imperio; más bien ahondará su crisis: ahora mismo propone reducir impuestos para incentivar la inversión, pero con ese esquema fiscal regresivo solo aumentará la desigualdad; para hacerlo progresivo tendría que atentar contra el capital y su acumulación. Él mismo es un empresario y no lo hará. Hay que insistir: el debilitamiento actual del ciclo de economías abiertas y el ascenso del proteccionismo y la xenofobia no se deben a las locuras de una persona, sino al estancamiento del capitalismo mundial; Trump encarna una tendencia constituida por el Brexit y los triunfos recientes de los partidos xenófobos en Alemania, Holanda, Inglaterra e Italia. A todo esto, contemplando esta ola de proteccionismo viene a la mente la interrogante: ¿dónde quedó toda aquella teoría de la libre movilidad de los factores de la producción?
La implantación de las medidas proteccionistas de Trump, aun considerando los enormes daños y peligros que entrañan, puede dar lugar a un cambio, si sabemos operarlo: acelerarán el agotamiento del modelo exportador actual, permitiéndonos mayor margen de libertad para diversificar exportaciones (hoy más de 80 por ciento van a Estados Unidos), destacadamente hacia Latinoamérica, China y Rusia, y sobre todo constituye una oportunidad para fortalecer nuestro mercado interno, atender las necesidades sociales y reducir nuestra dependencia de las exportaciones. Habría necesidad y más posibilidades de aplicar una política nacionalista, por parte de un gobierno respaldado por una sociedad civil fuerte, organizada y consciente, capaz de obligarle a actuar dignamente en defensa de nuestros trabajadores, apoyándolo si actúa o, en su defecto, empujándolo. Trump no ha perdido la cordura: se muestra cauteloso y dispuesto a negociar con países que sabe fuertes e independientes, mientras que a nosotros nos ve débiles y nos trata como colonia; por eso necesitamos, y debemos conquistar más soberanía económica y política, desarrollar nuestra tecnología y capacidad de inversión, crear empleos suficientes y bien pagados y distribuir la riqueza para alcanzar un alto nivel de bienestar social de modo que nuestros hermanos no se vean en la dolorosa necesidad de emigrar en busca de sustento; debemos dejar de ser país maquilador y exportador de mano de obra barata. Convirtamos la amenaza en oportunidad de cambio profundo.

Comentarios