Hace casi ya dos décadas que Lea y Street (1998) hicieron una contribución importante al área de “academic literacies” (la traducción literal es alfabetización académica. Sin embargo, esta connotación es muy tradicionalista y reducida, por lo que se optó por usar el término en inglés) al identificar tres modelos de escritura: habilidad, socialización y academic literacies.
Estos tres énfoques fueron el resultado del estudio que los autores realizaron con estudiantes universitarios en el Reino Unido al descubrir que la escritura se sigue concibiendo como la destreza de poner palabras en papel, que es transferible de un contexto a otro, la escritura como habilidad.
Por otra parte, la socialización se da cuando los estudiantes se adentran en la disciplina que estudian y aprenden a escribir al identificar las convenciones de su área del conocimiento. Es decir, este proceso es de socialización o enculturación, como le llaman algunos otros autores (Prior y Bilbro, 2012). Finalmente, el de academic literacies considera a la escritura como una práctica social que es influida por el contexto en la que esta tiene lugar, así como con cuestiones de identidad y poder (cf. Lea y Street, 1998, pp. 158-159).
Práctica social es un término que no es ajeno para muchos de los lectores porque se escucha repetidamente en los discursos políticos y en el ámbito educativo ya que está asociado al constructivismo. ¿Pero qué significa esto en relación a la redacción? Es dejar de considerar a la escritura como un proceso descontextualizado, como algo negativo, como una dificultad que los estudiantes no saben hacer.
Implica establecer un diálogo con el escritor (estudiante) para entender porque escribe de esa forma, orientar cuando es necesario, ofrecer cambios, negociar, entre otras cosas. Este último énfoque es el ideal o por lo menos al que debería aspirarse, pero no excluye a los otros dos, como Lea y Street (2006) señalan y debe buscarse que los tres modelos se interconecten.
Es innegable que muchos docentes universitarios lamentan que sus estudiantes no saben escribir y no les gusta leer, dos procesos aparentemente centrales de la educación superior. Si el nuevo modelo educativo demanda formar estudiantes críticos, analíticos y reflexivos, una forma de comenzar a perfilarnos hacia esta dirección es adoptar lo que Lillis (2001) denomina talk around the text. Esta metodología va en línea con esta perspectiva de academic literacies, ya que considera que el estudiante es capaz de escribir correctamente si se establece un diálogo y se le acompaña durante ese proceso.
El objetivo es comprender la función del escrito y no centrarse en la forma. El diálogo se da alrededor del texto ‑de ahí el nombre de este método‑ pero también es importante conocer el punto de vista del escritor porque desde una perspectiva de academic literacies es imperante el proceso de escritura, pero también la opinión de los que escriben sobre lo que escriben (Clark e Ivanič, 1997).
¿Por qué no intentar adoptar esta metodología en nuestro quehacer diario como docentes y dejar de quejarnos de la pobre escritura de nuestros estudiantes? Tal vez sea necesario tener un espacio para que este diálogo se lleve a cabo. Una forma de hacerlo es a través de los Centros de Escritura (Writing Centers) en donde los estudiantes reciben ayuda con su escritura. Quizá es momento de modificar esta práctica, que inició en Estados Unidos y que recientemente se ha implementado en el Reino Unido, e incorporar una perspectiva de academic literacies en dichos centros.

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