Una vez promulgada la nueva reforma educativa, el pasado 15 de mayo, entró en vigor el llamado “nuevo marco legal para la enseñanza”, que a partir de las modificaciones principalmente del artículo tercero constitucional y el artículo 31 y 73 de la Constitución, se restituyen las condiciones laborales de los maestros del país, bajo el silencio cómplice del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y la vigilancia activa de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), ambas organizaciones y todos los maestros, principalmente, recuperaron el sistema de carrera magisterial, que es básicamente un sistema de estímulo docente, que a través de la acumulación de puntos se logra una compensación económica a su salario, por el trabajo y actividades reunidas durante un periodo de tiempo, se elimina también cualquier forma de evaluación al desempeño docente, esta forma, la estructura, solo permite sumar, no restar ni eliminar ninguna condición precedente, fija la estabilidad de las plazas perennes y, además, aunque concediendo el beneficio de la duda, los sindicatos podrían tener un gran peso en la forma de incorporación al magisterio, en el proceso de selección, lo que depende de la futura ley secundaria, todavía en discusión.

En pocas palabras, esta reforma establece como piso del sistema educativo a los millones de maestros que cuentan con una plaza y se desempeñan en la impartición de alguna asignatura en las escuelas a lo largo y ancho del país. Nadie se atreve a hablar más allá, de las garantías y derechos otorgados a los mexicanos respecto a la educación, de las condiciones de enseñanza a que son sometidos a diario los jóvenes, niños y niñas de México que van desde lo teórico y lo conceptual, hasta lo técnico y didáctico, o por lo menos, por 190 días (un poco más del 50 por ciento de los 365 días que contempla un año), por periodo escolar. De esta forma, la calidad educativa no pasa por el maestro, pasa por las condiciones estructurales en las cuales realiza su arduo trabajo, la infraestructura, la desigualdad social, las condiciones alimenticias de los estudiantes y sus familias, todas situaciones que el Estado debe solucionar si quiere un sistema educativo de calidad. Desde esta confortable estructura laboral no se establece ninguna responsabilidad directa de los maestros sobre el aprendizaje de los jóvenes, niños y niñas del país, y nada mejor se puede hacer si las condiciones estructurales perduran.

Se apuesta por preservar un sistema educativo obsoleto soportado en millones de maestros que solo buscan transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones para que puedan insertarse exitosamente en la sociedad y la puedan transformar, para el bien de todos. No es magia, los contextos cambiaron, los jóvenes, niños y niñas del país ya nacieron distintos y los maestros no arriesgan profesionalmente para que se construya el país que necesitamos para el siglo XXI, necesitamos de los mejores para tener el mejor sistema educativo. Los procesos de cambio no son magia, estos se planifican y se imagina un futuro y se va tras él, con lo que se tenga que hacer. Los problemas educativos de la región y del país no son administrativos, son de concepción, de ideas y del país que queremos. La base del sistema educativo nacional deben ser los jóvenes, niños y niñas, desarrollar en ellos nuevas formas de hacer, nuevos aprendizajes.

Los desafíos inmediatos son enormes, ya estamos enfrentados a la inteligencia artificial en la educación y nuevos modelos pedagógicos y nuestro país está rezagado, no hemos invertido y al parecer no lo haremos en el futuro inmediato, en la transformación del sistema educativo. El tiempo dirá si es otra reforma más al artículo tercero constitucional o es la reforma que cambie y transforme la educación en México; el salto de una escuela tradicional y obsoleta a la escuela del siglo XXI se nos hace cada vez más largo.

Comentarios