La estabilidad del billete*

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La amaba desde el primer malabar que hizo: tan grácil, elegante, con esos ojos grandes como carpas, sus caderas y pechos de amplitud inusual (con evidente relleno, pero él sabía que debajo existían unas amplías caderas y abundantes pechos), el corazón carmesí que coronaba el borde de sus labios con la misma magnificencia que Venus adorna a la Luna cuando las posiciones astrales son caprichosas.
Tiró los pinos cuando la vio llegar; no recibió ninguna moneda. Los recogió de la calle antes de la luz verde y fue a increparla, a exigirle que se retirara de su esquina, pero entonces el corazón carmesí silenció su boca y ojos de carpa cubrieron su pecho.
—Hola, soy Luciérnaga. ¿Me permites el siguiente alto?
No. No, no y no, esta esquina la he peleado y no la comparto con nadie.
—Sí… sí, por supuesto- la culpa fue de su sonrisa.
Titiló el ámbar y ella bajó la infantil mochila de sus hombros, sacó cinco bolas de hule-espuma cromadas con múltiples colores, llegó el rojo y ella se apoderó de la esquina. Sus manos activaron un circuito acompasado y compacto de bolas ahora libertinas de la gravedad, ahora sentenciadas a ella. Aceleró el ritmo, el circuito multicolor también aumentó en complejidad, transmutando en una espiral doble como el ADN de un arcoíris. Entonces se enamoró de ella.
Culminó la secuencia con una atrevida suerte de captura a la espalda, caminó hacia los conductores en solicitud de tesoros, de reliquias, de oro, pensó él, pero solo obtuvo monedas fraccionarias. Verde.
—Vaya, no está tan mal este lugar— dijo Luciérnaga, toda sonrisa y corazón carmesí cuando se acercó a él.
—No… no tan mal… a veces…
— ¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Eres tartamudo por nacimiento o por profesión? ¿Cómo te llamas?
—Soy… Bombocha— y esta esquina es solo mía, pensó una parte de él—. Bienvenida. Podemos turnarnos una luz y una luz.
—Perfecto Bombocha, en ese caso es tu turno de mostrarme lo que sabes.
Quiso mostrarle el cambio de luces que había encendido en su pecho, en lugar de eso tomó los pinos e inició su acto, tan descolorido después del arcoíris que Luciérnaga recién creó; Bombocha dominó tanto sus nervios que apenas y tiró tres veces los pinos; solo tres monedas.
Hubo cambio de luces, un nuevo arcoíris, muchas monedas, rojo, pinos rodando, dos monedas, cambio de luces, espirales vivas multicolores, más monedas, un día, pinos en el aire y algunos en el suelo, nervios, luces, corazón carmesí, monedas, rojo, propuesta de matrimonio, jajaja que buena broma, cambio de luces, monedas, rojo, pinos rechazados, nada, cambio de luces, hule-espuma multicolor, monedas, rojo, entonces seamos novios, rechazo, pinos si ímpetu, nada, otro día, corazón carmesí necesita estabilidad, muchas monedas, rojo, payasadas con pinos sin malabares, una moneda, un día, cambio de luces, los domingos por la tarde no trabajo, únicamente espirales vespertinas, dos billetes…

*****

— ¡¿A que no sabes qué pasó ayer Bombocha?!
— ¿Una nueva propuesta de matrimonio?
— ¡Mejor! Debo estar perfeccionando mi técnica, porque ayer me dieron un billetote. ¡Sí! Y que no trabajas los domingos por la tarde porque es horario bajo. ¡Bah! Ya te enseñaré yo lo que es horario bajo.
*****

Otro domingo.
Sin maquillaje, Bombocha estacionó el auto en la cochera de su primo. Sin tocar entró a la casa, entregó las llaves y agradeció el préstamo, rechazó la propuesta de cena, ¿hasta el próximo domingo?, esperemos que sí, y ya te dije que no te preocupes por la gasolina, gracias.

*****

— ¡Otra vez!
— ¿En verdad?
— ¡Sí! Empiezo a sospechar que no es nada más por mi acto, de seguro ese hombre de los billetotes está enamorado de mí.
— Y quién no.
— Ya, déjalo ser. Entre compañeros no hay que mezclar el amor, nunca resulta. Te lo digo yo.
— Seguro. Y este hombre… ¿cómo es?
—Muuuy apuesto, de seguro me invitará un domingo de estos a pasear en su coche, por supuesto le diré que sí, y después, ya veremos. ¿Por qué te ríes?
— Nada, deseo de todo corazón que salga exacto como lo planeaste.
Y Bombocha en verdad lo deseaba de todo corazón.

*****

Tres domingos.
Un Bombocha más flaco estacionó el auto en la cochera de su primo. Entró a la casa sin tocar y, como no había nadie, dejó las llaves en el comedor, a la vista; suspiró al pensar que ya no necesitaría más la ayuda de su primo. Volvió a casa a pie. En su habitación, antes de dormir, se obligó a desembolsar el billete de 20 que guardaba en su pantalón y que en esta ocasión no utilizó, lo guardó en el frasco menguado de monedas que escondía tras sus ropas, suspiró, y se dejó caer en el colchón como una chuza silenciosa.

*****

— Oye mi amor, ¿podrías hacer algo por mí?
— Por ti haría lo que fuera.
— ¿Vez a ese payaso? Entrégale un billete como los que me dabas a mí.
— ¡Jaja! Claro cariño, cualquier cosa que quieras.
El hombre tocó la bocina antes que cambiaran las luces, bajó la ventanilla y entregó al payaso lo que le pidió su mujer.
Atónito, el payaso estuvo a punto de ser atropellado cuando los automóviles comenzaron a rodar. Sorteando vehículos, recogió los pinos y acudió a la seguridad de la acera. Ahí, vio el billete y rió, de una manera triste e histérica. Claro, pensó cuando la razón volvió, uno de 500 jamás podría compararse con uno de 20, ni siquiera valía la pena contar que tuvieras uno tan pequeño, a pesar del esfuerzo que significa conseguirlo.
Estabilidad, pensó, mientras una parte de Bombocha se descoloraba para siempre.

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Este cuento fue
publicado por primera vez el 13 de marzo del año anterior, por amable e irrechazable solicitud de un lector (¡!) me permito compartirlo de nuevo. Gracias ^_^

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