La ética de la responsabilidad

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Ariel Vite

Idealmente las campañas políticas deberían ser un ejercicio de diálogo y proposición ética, desde la perspectiva deontológica de la democracia, donde las campañas electorales son su nutriente democrático; la articulan la libertad, el liberalismo, el diálogo, el pluralismo, los valores socializantes, estos que Sartori señaló que “son indudablemente infundidos por los procesos educativos”. Entonces, la democracia como las campañas electorales deben quedar inscritas en la dimensión ética. Max Weber formuló la distinción fundamental entre ética de la intención y ética de la responsabilidad. La primera persigue el bien y no tiene en cuenta las consecuencias. La ética de la responsabilidad, en cambio, tiene en cuenta las consecuencias de las acciones. Si las consecuencias son perjudiciales, debemos abstenernos de actuar.
Si nuestra democracia tuviera la madurez suficiente, sin duda, las (pre) campañas electorales, que están en marcha, actuarían y tomarían decisiones a partir de la ética de la responsabilidad, evidentemente, no es el caso, el proceso electoral está contaminado de principio a fin por la calumnia, el infundio y la descalificación; es decir, lo que prevalecerá hasta el primero de julio serán las campañas negras, no existe adversario sino enemigo, no hay disensos ni crítica, lo que existe es la unanimidad, el populismo de izquierda o derecha, que buscan devaluar la calidad de la democracia. En ese marasmo de absurdos se permite todo tipo de acciones y afirmaciones, así tenemos candidatos asegurando que en seis años van a terminar con la pobreza, los hay más audaces, solo tres años les bastará para devolver al país la gobernabilidad y el bienestar. Más grave aún resulta que al menos un (pre) candidato ha sido señalado (documentándose) por enriquecimiento a su paso por distintas responsabilidades administrativas y políticas. Pareciera entonces que el proceso electoral es la carrera hacia ningún lugar (ésta última expresión corresponde al título de uno de los últimos textos de Giovanni Sartori).
Sería un error considerar que la democracia mexicana se encuentra instalada en una ruta ascendente, y que ya nada la puede descarrilar, nada más falso, las instituciones democráticas están en riesgo, el arribo al poder de un populismo, sea este de izquierda o derecha, dañaría la frágil y aún inestable democracia. Por consiguiente es crucial comprender, asumir y actuar en consecuencia, que, con la democracia moderna hemos de encarar una nueva forma política de sociedad, esta que queda articulada a partir de dos visiones diferentes: por un lado la tradición liberal constituida por el imperio de la ley, la defensa de los derechos humanos y el respeto a la libertad, por otro, la tradición democrática, cuyas ideas principales son las de igualdad, identidad entre gobernantes y gobernados, así como la soberanía popular. Es a través de esta relación que el liberalismo se democratiza y la democracia se liberaliza.
Volviendo a la realidad mexicana, esta anuncia como los riesgos democráticos, ponen en peligro a la sociedad, por lo que la demagogia y el engaño son un discurso cotidiano, frente a él está otra estética, la que defiende George Orwell, quien afirmaba que la ética de la expresión es también valentía. Un excelente y reivindicador esfuerzo de esa ética de la responsabilidad y dignidad, es nuestra comunidad universitaria, quien partiendo de la expresión orwelliana, defiende con valentía y honestidad intelectual su (nuestra) autonomía, discurso que también ha hecho suyo la sociedad civil, porque a partir de ella la sociedad encara los abusos y el autoritarismo gubernamental. La legitimidad y calidad académica de la que está envestida la Autónoma de Hidalgo, permite una simbiosis virtuosa en la que la defensa de la autonomía es también la defensa de la democracia.

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