Grande es la esperanza que tiene K de situarse junto a la circunstancia que le dé fe. Una esperanza así es una dicha para él, lo sitúa frente a un ideal que lo hace mejor sin someterlo. Justo lo que él desea encontrar.
En ese estado, cuasi místico, observa cómo las aspas del ventilador, colgado en el techo de su cuarto de hotel, dan vueltas con un ritmo cadencioso, siempre igual. No las puede mirar mucho tiempo porque se marea.
En su posición horizontal, acostado de espaldas en la amplia cama, es inevitable que su mirada se dirija hacia arriba, donde están las aspas que lo marean. Prefiere, por tanto, mantener los ojos cerrados y recibir el aire sin verlo.
Las cortinas dejan filtrar una luz quemada que asfixia a las sombras del cuarto con su claridad desnuda. El sudor es pegajoso y salado, huele a leche puesta al baño maría. Sus cabellos humean y se incrustan en la frente.
Su ponencia será por la tarde. Hace rato que dejó de repasarla en su mente para burbujearla. Sus manos están ateridas por un frío repentino, producido más por la soledad que por el clima bochornoso que el ventilador apenas ayuda a soportar.
Siente alivio al poner el transistor y encontrar una canción conocida y querida en un dial extraño que señala el límite de las frecuencias. Un paraíso de iceberg en la mera puntita del Universo. Está a punto de convertirse en el hombre que escucha la música embelesado y desea que no acabe nunca.
Pero todo acaba y su melodía también lo hace. No le gusta la voz del límite del mundo ni ninguna otra. Apaga la radio y mira las cortinas verde oscuro que lo aíslan del achicharrante mundo de afuera. Ya no tiembla ni tampoco mira, con los ojos cerrados recuerda a M: ¡tan bella, tan querida!
K sonríe para sus adentros y se lleva esa sonrisa al fondo de su corazón para tenerla ahí cuando la necesite. Será agradable volverla a hacer presente en los momentos más tenebrosos de su existencia.
Siente placer en ese momento de recuerdo-memoria que no sabe muy bien como clasificar ni como priorizar, pero que le hace sentirse bien consigo mismo. Esperanzado, con una esperanza que tiene su origen en M.
Una mano imaginada apaga el ventilador y crea una brisa suave que se incrusta en su piel como un beso. La mano imaginada acaricia sus parpados y le susurra al oído palabras dulces. Se estremece por un sentimiento profundo que no nombra.
No tiene palabras y permanece en silencio. El sueño termina y despierta. Hace mucho frío y está oscuro. Su mujer, a su lado, duerme profundamente, tapada hasta las orejas con la cobija mullida y calentita de él. Es feliz.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.