Es posible que una de las mejores novelas escritas por Umberto Eco sea El nombre de la rosa, extraordinario texto que se articula a partir de dos ejes: un libro escrito por Aristóteles, perdido en el tiempo y una biblioteca intemporal, que vive en un espacio y lugar muy próximo al dilema borgiano en el Aleph. Para la comunidad ICSHu, más allá del lugar común, es oportuno preguntarnos que es una biblioteca, más aún, cuando seremos el nuevo Apolonio de Rodas (quien fuera director de la biblioteca de Alejandría). De acuerdo con Eugène Ionesco, la biblioteca es un arte que “nos hunde en el corazón de lo inefable, el arte el único sistema de vida y de expresión que nos dice casi aquello que no puede decirse, es decir lo indecible”. La biblioteca es un ser vivo, por eso es un arte, es como un pintor que se retrata a sí mismo, que debe desacostumbrarse a las mismas formas, realizar un ejercicio de peregrinación, desde él hacia la eternidad, hasta la imperturbabilidad, desde ese espacio es posible disectar objetos vivos, muertos o en tránsito; junto a Goethe podemos perfilar una posibilidad “cada nuevo objeto bien contemplado abre un nuevo órgano en nosotros”. En una biblioteca las coordenadas del tiempo se distienden, como un barco tras la bruma, para que en ella puedan habitar los conocimientos probables y contrastados, las categorías, pues antes de ser obra el pensamiento es trayecto.
Desde la biblioteca también defendemos nuestra autonomía, con nuestro carácter de libres pensadores, laicos, enfrentamos y enfrentaremos, como lo anticipa brillantemente Michelangelo Bovero, cada vez más a quienes “desde el poder político y religioso pretender negar la autonomía y con ello la autodeterminación. Quienes comulgamos con valores como libertad, autonomía justicia y ética laica debemos impedir que el mundo de hoy semeje en el futuro una inhóspita realidad”. La filosofía del siglo XXI debe ser la filosofía de la razón, esta que empodera la autonomía, la libertad y la laicidad que crece y se alimenta a partir del disenso. La laicidad que viven los libros nos es narrada vívidamente desde el destello que reluce la biblioteca, que cobra plasticidad y multiubicuidad, que siempre se encuentra dentro de todos nosotros, porque esa es su meta verdadera, ser todo lo que anhela el corazón del hombre.
Nuestra nueva biblioteca, desde donde exploraremos la civilización moderna, exige mucho más que un esfuerzo presupuestal, demanda también una voluntad que se funda en una visión de grandeza, ese esfuerzo, que nació desde la rectoría, el Patronato Universitario y la sociedad de alumnos, se propone mirarse en la biblioteca de Al-Karauin, la más antigua del mundo, lugar donde se conservan las traducciones más antiguas de Aristóteles al árabe, hechas por Averroes, de igual manera, con serena majestuosidad también busca fundar al universitario del futuro. El término preciso que merece ese, nuestro espacio pensante, es el de dignidad en sus dos acepciones: del adjetivo latino dignus, dignitas, tener valor o mérito, de ahí pasa a significar grandeza, autoridad. Desde la perspectiva de la historia de la filosofía, la dignidad permite construir el concepto kantiano. Para ese filósofo, el uso de la razón práctica y la capacidad para la autonomía moral es lo que caracteriza al ser humano y constituye el fundamento de la dignidad humana. Nuestra biblioteca como espacio de dignidad viviente, pensante, es nuestra memoria, desde donde se explica el ayer, se discute el hoy y se problematiza el futuro posible. La biblioteca es nuestra interioridad, nuestra masa espiritual, el silencio profundo que entusiasma y transforma la conciencia para vivir la libertad creativa.

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