A menudo cuando los índices de crecimiento son bajos es porque no hay crecimiento, ni desarrollo, ni inversión; y lo que crece es el desempleo y el empleo informal.
Las cifras no mienten. Cuando se arrojan bajas tasas de crecimiento con bajos avances en materia económica en diversos rubros, como la generación de empleos formales, productividad, pobreza laboral, informalidad y desigualdad laboral que colocan a nuestra entidad en semáforo rojo, según la organización México ¿Cómo Vamos?, que evalúa a los estados para construir indicadores como semáforos estatales. Va más allá de un error conceptual, porque lo que se esperaría son avances sostenidos con visión de largo plazo, donde lo importante es establecer hacia dónde nos dirigimos.
Porque no basta con solo aspirar al desarrollo económico, se requiere mucho trabajo para establecer las posibilidades reales para alcanzarlo, porque una cosa es el voluntarismo con la actitud de querer alcanzar objetivos, confiando más en previsiones que en las posibilidades reales, y otra el montaje escenográfico sin previsión cuando es demasiado tarde.
Que quizá nos recuerden a Más allá del bien y del mal, que es el título de una obra escrita por Nietzsche en la que mencionó: “¡Qué pena, siempre la misma historia! Cuando hemos acabado de construirnos una casa, nos damos cuenta de que, mientras la edificábamos, hemos aprendido algo insospechado, algo que habíamos tenido que saber necesariamente antes de empezar la obra. ¡Ese eterno y fastidioso ‘demasiado tarde’!, esa melancolía de todo lo acabado…”.
En efecto, pareciera que en nuestro país la política económica se expande cada vez más hacia esa bruma melancólica con el fastidioso “demasiado tarde”; así, la práctica de incentivar inversiones privadas en primera instancia y adecuar la regulación después se considera una inconsistencia intertemporal.
Quizá, las medidas económicas aplicadas en nuestro país la representan más de reacción apresurada que preventivas, y quizá lo único implementado con mucha antelación es el aumento de impuestos a empresas y trabajadores; aunque tal aumento de impuestos no ha sido necesariamente incentivo de crecimiento, al contrario, el impuesto aplicado, por ejemplo, a la minería, fue demoledor en el sector y en lugar de establecer un mecanismo de estabilización de precios de adecuada operación en el corto plazo y que sea sustentable en el largo plazo, no se consiguió en muchos rubros y el crecimiento diferencial económico con aumento de algunos picos no representa un efectivo crecimiento, al contrario, más bien son hechos aislados.
Por ello, para alcanzar la meta del desarrollo socioeconómico se requiere que provean similares oportunidades, que se otorguen herramientas públicas con instituciones e infraestructura adecuada y de vanguardia; por eso requiere generar riqueza, por eso no basta con tener recursos naturales abundantes como sería el caso de la energía solar, para lo que se requiere transformarla y mucho trabajo, tanto de ciencia, de desarrollo tecnológico, de innovación, de asumir riesgos y habilidad comercial para darles valor agregado, y es en todos esos procesos donde el papel de las universidades cobra la mayor relevancia. En efecto, todo ello deberá ser acompañado de un enfoque de vanguardia de cara al siglo XXI, teniendo como pilar fundamental una sociedad del conocimiento con universidades fuertes.

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