Mi conciencia me decía que el tema de la inseguridad ocurría en el norte, en Tijuana, Ciudad Juárez, Monterrey, pero no aquí, no cerca de mí. Algunas notas en la prensa local me habían alertado acerca de la detención de miembros de grupos llamados delincuenciales, del crimen organizado, narcotraficantes, etcétera. Era lo único de lo que tenía conocimiento, pero no lo dimensioné. De ello no se hablaba y cuando en la prensa local y en los medios electrónicos esas notas se incrustaban con un sentido de que “todo estaba bajo control”. Lo extraordinario era minimizado, mientras la cosa iba creciendo sin darnos cuenta. Eran hechos aislados, que anunciaban algo, pero eran presentados como parte de un tipo de inseguridad cotidiana ya inexistente.

Lo conocía porque vendía tortillas que cargaba en una motocicleta. Eso me dio cierta confianza para responderle a la pregunta que me hacía: “¿Cuánto te costó el coche?” Le respondí una cantidad aproximada casi precisa. Así pasaron algunos días y semanas. Después de llevar a la escuela a la familia pequeña, recibí una llamada mientras desayunaba: “Sí sabes quienes son los zetas”. Respondí un no (aunque sí lo sabía). Respuesta: “Soy el jefe de la plaza y todos los vecinos van a cooperar con 10 mil dólares para su protección. Tengo gente parapetada vigilándote y te dejé un recado en el patio de tu casa. Si no quieres que le pase algo a tu familia es mejor que colabores”. Colgué. En el patio no había nada. La cifra coincidía con la que unas semanas anteriormente había comunicado al de las tortillas.

Llamé, pregunté, indagué, cuestioné, pedí asesoría. Llamé a la Policía municipal. La respuesta fue algo así como que llame al tal teléfono para que su solicitud sea atendida por organismos policiacos de otro nivel. Desde aquella llamada (la primera) empecé a sentir por algunos momentos, partes del día, un día o una semana lo más de una semana, como si mi cuerpo estuviera poseído por una incertidumbre que me hacía sentir sin la potencia habitual, como enfermo de resfriado pero sin resfriado. La segunda me dio a entender que era necesario comprender lo que ocurría y que el norte como una ola había llegado a mi vida y existencia. Cada vez que leía la información me empecé a dar cuenta que nada estaba bajo control, que la inseguridad se había mutado en un fenómeno que de ser ocasional y aislado se había transformado en uno sin control y ante el cual nos encontrábamos indefensos.

Abrí bien los ojos (algunos de estos hechos pueden ser producto de la alternación emocional). Adolescentes vigilando mis llegadas a casa, podría decir que ni siquiera de manera discreta. Un hombre parado en la esquina, con tipo diferente a la fisonomía de los del lugar: alto, moreno de la costa, con ropa de vestir, pelo corto y con la mirada clavada en dirección del lugar en el que yo estaba. Autos que seguían la misma ruta que yo recorría por la mañana. Algún vecino o vecina parado en la esquina, junto con otro desconocido, igual mirando hacia el interior del automóvil. Conocidos que hablan conmigo y por teléfono comunicaban a otros que andaban caminando con un “amigo”. Una vecina (de Hidalgo) que fugazmente llega a vivir y dice que tiene familiares detenidos en otro país por traficar con droga. Su hijo juega con el mío, pero el niño lo abandonan sin comer días enteros. Que me invitan a una fiesta en un determinado lugar y me aseguran que pasan por mí en algún sitio conocido. Hechos desconectados en el tiempo pero colocados linealmente.

Mientras todo eso ocurría, debí cambiar rutas, hábitos y costumbres. Dejé de andar solo, de salir a caminar e ir a las cachas. Un día ya no me gustó ver a un conocido parado observando el regreso después de jugar básquet. En algún recorrido alguien seguía mis pasos y, una cuadra antes de llegar a un determinado destino, daba media vuelta y se alejaba. Durante los recorridos por nuevas rutas me encontré a adolescentes vigilando la entrada y salida de pueblos, se les llama halcones después lo supe. Son parte de la estructura de vigilancia territorial. En otra etapa, un taxi me seguía, en su interior dos hombres adelante contando al conductor y dos atrás. Tuve que hacer un regreso fingido en una avenida principal para deshacerme de ellos. Me seguían porque al dar vuelta ellos lo hicieron antes que yo, y se estacionaron para esperar que yo pasara, luego se arrancaron otra vez y ahí los perdí porque di otra vuelta en dirección de la ruta original.

En esa época llegan grupos religiosos con el fin de llevar a cabo su labor de encontrar almas extraviadas o ¿asustadas? Se lee en la prensa la influencia de líderes de los grupos criminales en minorías religiosas. Algunos de ellos adoptan figuras que simbolizan esas creencias: “Los templarios”, una escisión de “La familia michoacana”. Muy insistentes, miran hacia el interior de las casas. Se combinan las visitas del santo del lugar a las casas con el fin de que sea recibido durante algunos días como manda la tradición. Me niego. Pasan los días y voy a explicarle al padre de uno de los que me visitó para recibir al santo del lugar. Que comprenda que no tengo dinero ni empleo. Sus ojos, cuando le dije eso, parece que se agrandaron y sentí como si supiera lo que ocurría. Uno de sus hijos había estado en prisión por robo. Al salir se contrató como policía. Me di cuenta que era parte de uno de los grupos que estuvo a punto de ejecutar lo que pudo haber terminado en un secuestro.


Salí de la universidad equis y me paré en la banqueta. Frente a mí estaba una calle muy transitada por vehículos pero un poco menos por personas. Eran aproximadamente las seis de la tarde. A esa hora pocos peatones porque además habían construido un puente subterráneo y uno peatonal para cruzar la avenida. Tres personas estaban en la baqueta a mi izquierda. Uno sentado sobre el muro y la valla de acero, otro dos parados en la guarnición. De tal manera que si yo pasaban por ahí, uno me podía tomar de un brazo y el otro de la otra, y uno más de los pies. A unos metros, a mi derecha, estaba un taxi. Los grupos delincuenciales llegaron a los municipios y sometieron a quienes se dedicaban al robo a casa habitación y los incorporaron a su estructura altamente delictiva. Me salvó tal vez que justo en ese momento pasó un autobús de alguna ruta que por ahí pasaba. Le hice la parada y me subí de inmediato…
Me bajé del autobús a unos metros, entré a otro espacio de la universidad, me subí al coche que había dejado estacionado y salí del lugar. Me dirigí a una tienda comercial de esas en las que se vende todo a un precio. Ahí llegaron, cerca de mí el “hijo de” quien se acercó a pagar algo igual que yo a la caja. Apenas le dirigí la mirada y sin saludar, tenía miedo. Terminé de pagar y salí a toda velocidad con rumbo en donde me perdiera de vista y así ocurrió. Al caso de unos meses el subdirector de la policía municipal huyó y fue detenido y acusado de asociación delictuosa. Empezaron a sacar cuerpos de una fosa muy cerca de una institución educativa. El gobernador, creo que al quinto cuerpo, detuvo la operación, quería ser presidente y lo fue…

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